November (10)
| 10 / 11 / 2011 | Posted by El Inge Ese under Once, I dreamt |
Episodio diez; capítulos 21 y 22.
Capítulo 21
Idiota. ¿Cómo pude ser tan idiota? ¡Olvidé revisar el programa! No importa: de cualquier modo hubiéramos tenido que venir. Ver la adaptación del guión al teatro es diferente a lo que había pensado. Ahora el giro es completo. En la historia original se supone que una mujer pretende ser un hombre que pretende ser una mujer. Pero ahora va más allá: una vuelta de tuerca adicional: un hombre que pretende ser mujer interpreta a una mujer que pretende ser un hombre que pretende ser mujer. Pero la primera parte no es precisamente exacta: hace mucho que Renée no es precisamente un hombre.
Puedo ver la cara de Renée cuando ve a Río entre el público. Me imagino que es la misma cara que puso Río. Pero bien pronto ambas sonríen. Mi plan no se verá alterado por la sorpresa: me limito a esperar entre las sombras para actuar cuando termine la obra. Mientras tanto, analizo el lugar. Además de la entrada principal puedo trazar al menos tres otras salidas de emergencia y un par de rutas de escape más. Mi posición es ventajosa, hay una placa pulida frente a Río, bajo el escenario, que además de dar cuenta de las primeras 500 representaciones de «Víctor Victoria» está orientada a la puerta principal y me permite ver a quien entra. Todavía más: alcanzo a ver dos rejillas en el techo, de un tamaño adecuado, que pueden ser alcanzadas en caso de incendio. Hay un intrincado mecanismo de extracción de aire que permite fumar a los parroquianos sin que las autoridades puedan acusar al cabaret de violar la ley de salubridad. No es que fume, pero ¿por qué no dejar fumar a los que quieren? Al menos por fumar mucho tabaco no te entran unas inmensas ganas de volar como mariposa y lanzarte desde un quinto piso, o de pisar al fondo el acelerador y sentirte corredor automovilístico. Suponiendo que puedas desconectar el control de velocidad del auto.
Casi puedo creer que en cualquier momento van a entrar Al Capone y sus muchachos a rafaguearnos con sus Thompson. Pero no pasa nada. Mi teoría inicial de un complot orquestado no parece ser correcta, lo cual me alegra. Mientras yo veo constantemente la puerta, Río ve constantemente a Renée. Hasta que algo hace clic en mi cerebro. Observo a Renée. La forma de la cara. La altura. La complexión. La tez. El lenguaje corporal. La educación.
—Santa madre de Josafat… —exclamo por lo bajo.
—¿Qué? —pregunta Ross, que está sentado a mi izquierda.
—Ya sé quién es Renée.
—¿Quién?
—Dile a Bea que apunte este nombre para investigación posterior: Ash Belkys.
—Belkys… ¿por qué me suena ese nombre?
—Porque alguna vez trabajaste para el padre.
—No. Shit. Sherlock.
Frente a nosotros, actuando como si fuera 1933, está el hijo del capitán Jonathan Belkys, jefe de la división de homicidios: Ashton Belkys. O quizás, más apropiadamente ahora, Ashley.
Es el intermedio. Nos traen champaña por cortesía de Renée. Viene a nuestra mesa y me da un abrazo y me agradece haber venido.
—Te ves bien, Renée.
—Gracias, tú también.
—Te presento a mi hermana Bea y a su novio, Stephen.
—Wow, no sabía que tenías una hermana.
—Si he de decir verdad, hace una semana yo tampoco lo sabía.
—Tenemos mucho qué platicar, entonces.
—Demasiado.
—Debo regresar al camerino a cambiarme.
—Muy bien, amiga.
Le doy un abrazo y le digo en voz baja.
—¿Puedo ir a verte después de la obra, Ash?
Puedo notar que palideció un poco y que la sonrisa tembló un instante, pero sus tablas teatrales son impresionantes y se recupera enseguida.
—Me gustaría mucho.
Le guiño un ojo antes de continuar.
—No te preocupes, tu padre no sabrá nada que no quieras que sepa. Secreto profesional y todo eso.
Ella sonríe y se va contoneando las caderas. Se necesita un ojo muy avizor para darse cuenta del trabajo consciente que le cuesta mover la pelvis de manera femenina: no tiene el balance que se tiene cuando está presente un canal de parto. Puede engañar a alguien que no tenga el ojo entrenado, pero no a mí.
Termina la representación. Ha corrido vino a raudales en todas las mesas, incluso la mía, pero soy la persona más sobria en el teatro, con la probable excepción de los guardias de seguridad. Uno de ellos me acompaña al camerino de Renée LaForge, primera estrella. Para una representación de tan buena calidad el camerino es muy pequeño. De hecho, todo el cabaret es muy pequeño. Supongo que no ha querido salir al gran público por temor a su padre, al qué dirán. No importa ahora y dejo esa línea de investigación para después. Ahora voy a lo que me importa.
—Estuviste genial —digo apenas entrar.
—Gracias —dice, abrazándome. Puedo oler su perfume y su maquillaje.
—¿Qué hace una chica como tú en un lugar como éste?
—Lo mismo digo. Supongo que ya sabes; me escondo para no causarle un disgusto a mi padre. Aunque no sé para qué me molesto: no creo que le importe.
—Tu padre no te ha querido buscar para no abusar de su posición. Es un hombre bueno, decente y honrado, y está preocupado por ti. Nos ha pedido a muchos que tengamos bien abiertos los ojos.
—Me gustaría que no le dijeras nada.
—¿Que su hijo es ahora su hija? No creo que tu padre sea homofóbico, querida.
—Soy su único hijo. O hija. Ya he sido una decepción para él; desde que murió mamá en el parto, cuando estudié teatro en lugar de policía, y él siempre quiso tener nietos y a mí no me van las mujeres…
—Siempre hay maneras en estos tiempos de pansexualismo. Así, a botepronto, se me ocurren al menos cuatro.
Ash se rió.
—La verdad es que prefiero que las cosas sigan como están por un tiempo.
—Como quieras. Pero vengo a pedirte un favor.
—Dime…
—¿Conoces a alguno de ellos?
Le mostré cinco fotografías. Mis tres clientes y dos de mis muchachos, los desaparecidos. Inmediatamente noté que algo sabía. Me miró, y miró una vez más las fotos.
—Olvidaba que eres detective.
—Investigador. No es lo mismo, aunque se parece. ¿Y bien?
—A éstos dos no los conozco —dijo, señalando al industrial y al chico—, pero a él sí y a ellos creo reconocerlos.
—¿A él?
—Sí, claro. Es el novio de una de las bailarinas.
—Él —dije, señalando a la chica.
—Sí, Manuel.
—Manoella Brickell.
—¿Manoella? No, Manuel.
—Se suponía que debías tener una especie de gaydar funcionando.
—No…
—Sí. Wow. Éste es un día de sorpresas.
—No importa. Suponemos que ya inició el proceso de transición. ¿Qué me puedes decir de éstos dos?
—Los he visto un par de ocasiones, con Manuel.
—Con él.
—Me parece que sí. En la misma mesa. Había alguien más; las mesas son de cuatro y cuando tenemos mucha gente las completamos.
—Así que pudo haber sido fortuito el encuentro.
—No lo creo. Sí los he visto más de una vez y no me extrañaría que fuera con Manuel. Hubo un incidente en el cual Manuel se peleó con alguien… tal vez por eso los recuerdo. Puedes revisar las cámaras de seguridad.
—Supongo que no llegó la policía.
—Le rogué a Tex que no los llamara. Los muchachos se encargaron de todo.
—¿Podrías convencer a tu jefe que me permita ver las grabaciones?
—Por supuesto.
—Excelente. ¿No sabes entonces nada más de éstos?
—Nada. ¿Puedo preguntar por qué tanto interés?
—Es muy sencillo. Porque los cinco están desaparecidos. Curioso es que éste par trabajaban para mí y desaparecieron justo cuando hubo una «visita» en la oficina.
—¿Cómo supiste que tenías que venir aquí?
—Revisé los estados de cuenta de la tarjeta empresarial de mis muchachos. Hubo un consumo aquí hace unas semanas. Y entonces, cuando me hablaste en el bar, pensé que era una oportunidad perfecta para revisar qué hacían aquí.
—¿Entonces esto fue por trabajo?
—No suelo mezclar trabajo y diversión, pero en tu caso, haré una excepción.
Ambos sonreímos como idiotas durante unos segundos que deseaba no terminaran nunca. Entonces sucedió.
Nos besamos.
Capítulo 22.
Bea comenzó a reír cuando vio la expresión de Río al salir del edificio.
—Guau, de verdad, guau. Nunca hubiera creído que mi hermana resultara más efectiva que Mata Hari para obtener información.
—No fue nada. Cualquiera en mi lugar, con mi cara y con mi cuerpo, hubiera hecho lo mismo.
Aunque en mi fuero interno no estaba muy convencido de lo que acababa de pasar, la verdad es que las, digamos, «habilidades de convencimiento» de Río fueron esenciales para obtener todos los videos de vigilancia del último mes. Yo, en cambio, terminé con una cita con Ash. Había algo que me atraía, pero no podía decir qué, sobre Ash, y la única manera de averiguarlo era conociéndola personalmente. De cualquier manera había demasiado trabajo ahora pero ya teníamos más material para investigar.
Uno puede pensar que mientras más información hay disponible más difícil es una investigación, pero es precisamente lo opuesto. Es cuestión de descartar la información irrelevante, y ese trabajo pesado pueden hacerlo perfectamente las computadoras. Encontrar si los patrones formados tienen sentido es algo para lo que la intuición humana es mejor. Normalmente esta tarea lleva horas, pero si algo he aprendido por los años de trabajar como investigador privado es que unir esfuerzos de cerebros diferentes da mejores resultados. Y ahora estábamos tres cerebros diferentes: el mío, el de Bea y el de Ross. Terminé trazando en la pantalla varias líneas: la del industrial era, evidentemente, la que en mi sueño era arrastrada por varias líneas. Luego estaba la línea del chico, que permanecía, por ahora, aislada. A continuación la del chico FTM. Algo raro había ahí porque su nombre femenino y el masculino eran muy parecidos; en mi experiencia, los transexuales solían elegir nombres que les dieran una identidad diferente. Añadí dos líneas alrededor de esa: mis muchachos. Las torcí para dar a entender que estaban unidos, o por lo menos lo aparentaban. Decidí suspender toda investigación no urgente para concentrarnos en ellos. Además, la resolución de sus casos estaba ahora en sombra de duda. Añadí varias líneas, que nos representaban a Bea, a Ross, a Río y a mí. Añadí las líneas de todos mis empleados. Debíamos revisarnos cuidadosamente. Que dos de los míos hubieran podido pasarse al lado oscuro era algo que sonaba inconcebible.
—Tienen que ver esto… —dijo Babs, entrando por la puerta sin tocar.
Babs nunca se había saltado las cortesías antes: debía ser algo urgente. Y lo era. Se dirigió directo a mi consola y tecleó una dirección en el navegador: rápidamente la pantalla se llenó con una transmisión en vivo en la cual aparecía el industrial, flanqueado por varios hombres armados. No podía creer lo que estaba viendo: podía reconocer a varios de los presentes, por su pura postura y lenguaje corporal, a pesar de estar oscuro y de que todos vestían de negro. Pero me fije atentamente en dos de ellos. En especial del que parecía más nervioso, que cargaba un rifle de asalto. Parpadeaba de manera diferente… y el de su derecha parecía que le apuntaba con una pistola por la espalda, a juzgar por la posición de su mano.
—Están grabando esto, ¿verdad?
—Por supuesto.
—Ahí están Peters y Grass —dije, señalando a los de las orillas—. Pasaron al lado oscuro. Estoy seguro que ese es nuestro chico perdido —dije, señalando al más nervioso—. El líder es sin duda Manuel. A los otros cuatro no los conozco. El secuestrado se ve en buen estado… pero no es nuestro cliente. Hay algo más aquí…
Ross murmuraba algo por lo bajo, sin poner atención en la conversación. La transmisión terminó tras la exigencia de los secuestradores de dos mil millones antes de 10 días o el industrial sería ejecutado.
Fue Ross el que rompió el silencio.
—Get My New Book.
—¿Qué?
—Es lo que leí en morse en los parpadeos del tipo del rifle grande.
—¿Sabes morse?
—Aprendí para comunicarme con una chica que me gustaba en la primaria. Hice un radio casero y sólo podía transmitir morse porque hasta ahí llegaban mis habilidades con electrónicos. El de ella no tenía sonido sino luz.
—Babs, quiero esa grabación aquí pero YA.
—De inmediato. Con permiso.
—¿Leíste algo más?
—Sí. Números, sobre todo.
—El caso se complica… —dije, reclinándome en el sillón. Trazando algunas otras líneas y uniendo algunas de las que ya teníamos el caso iba tomando forma.
—¿Quién está detrás de cámara? —preguntó Bea, añadiendo una línea al diagrama.
El análisis completo del código morse resultó en una dirección IPv6, un puerto y el texto «getmynewbook». El chico conocía ese lugar. En la dirección IPv6 estaba montada la cámara de la transmisión original, permanentemente transmitiendo. Ese puerto transmitía siempre en vivo; el resto, barras cromáticas. A veces veíamos movimiento y escuchábamos algo, pero era difícil: parecía una bodega y el audio era francamente malo si no se acercaban al micrófono. Se me ocurrió que el texto getmynewbook se refería a un posible archivo en el servidor.
—Babs… entra al servidor vía FTP.
—Hay un archivo comprimido: MyNewBook.rar. Tiene contraseña.
—Debe ser alguna variante de MyNewBook.
—Listo: adentro hay otro archivo. Lair.kwz.
—¿Será posible? ¡Tenemos un topo dentro de la organización!
—¿Quién más se habrá dado cuenta?
—Bea, Ross, conmigo. Babs, llama al capitán Belkys y dile que vamos para allá. Dile que la abogada Río y dos más lo encontrarán en el lobby, y que iremos con Botones. Él entenderá.
—Inmediatamente.
Reed nos dio las llaves de su auto en la puerta mientras yo daba instrucciones. Detuvo a Río del brazo. Lo miré: sus ojos denotaban cierta preocupación.
—¿Y tu padre? —le preguntó.
—No te preocupes —respondió Río—, sabe lo que hace.
Es buen muchacho y se preocupa genuinamente por Río, aunque sabe que ella jamás le hará caso.
Nos vamos. Aun alcanzo a ver a Reed mientras Río cierra la puerta. Y aún con la ventana cerrada alcanzo a escuchar que dice:
—Ya escucharon: a trabajar.
つづく Parte 11.

Recent Comments