Debo suponer que quienes visitan este pobre intento de bitácora tienen, ademas de un cierto sentido común y una marcada inclinación por el escepticismo, un desarrollado sentido del humor. Es que hay veces en que no hay otra forma de no llorar que haciendo reir.

Lo que sigue es una anécdota que me pasó, hace mucho, mucho tiempo, en un lugar muy cercano a donde vivo en la actualidad. En aquella época yo ya me había declarado apóstata y ateo, y además de todo, mostraba un escepticismo recalcitrante para todo aquello que tuviera un tufillo a religión.

Estaba yo en una pachanga en casa de uno de los compañeros de la facultad, cuando todavía éramos estudiantes y le decíamos “posadas” a las excusas para jugarnos una juerga de padre y señor mío en las que llegué al extremo de no manejar porque ni siquiera recordaba dónde estaba mi troncomóvil. Por alguna extraña razón, que no recuerdo en este momento, de pronto en mi mesa se encontraba sentado un compañero que se había convertido a la religión de su novia. Yo pensé que lo hacía simplemente para casarse, mas tras escucharlo hablar me convencí de que en realidad le habían lavado el cerebro, y lo que es mas, lo habían exprimido, planchado y almidonado. Pobre hombre. Por alguna extraña razón el muchachón empezó a tratar de convencernos de que nos uniéramos a su particular secta de su particular iglesia de su particular religión. Yo, con unas copas de más y harto de que trataran de convertirme, terminé diciéndole “Bah, no importa, yo me quiero ir al infierno porque ahí no hay gente aburrida,” parafraseando a Mark Twain.

Mi compañero se quedó mirándome muy serio y con una mirada que me causó cierto miedo. Yo pensé que me iba a gritar “¡Blasfemia!” y que en cualquier momento iba a llegar la Santa Inquisición, mas lo único que se le ocurrió decir fue un “Ja, já, qué risa me das.” Tal vez porque en ese tiempo tampoco conocía la existencia de los Monty Python. La cosa es que de pronto me señaló con un dedo inquisidor pero sin el trajecito, y me dijo “No juegues con eso porque arderás eternamente en las llamas del infierno.” Uh, llamado a las armas. Yo, que usual, habitual y generalmente soy una persona fina y educada que no se mete con las creencias de los demás, supe que la batalla estaba a punto de comenzar y no estaba yo en posición de perderla. Así que ahí voy yo de cabrón.

“Perdóneme, compañero,” le dije, sereno, y dándole un largo trago a mi tequila (que creo esa vez lo preparé con agua mineral en lugar de refresco de toronja, como era mi costumbre), “pero no hay modo de que yo pueda arder en el infierno, primero que nada, porque el infierno está congelado.” Mi grupo de amigos, que ya sabían por dónde iban los tiros, sonrieron y se retiraron un poco para ver el espectáculo, cual público en Wimbledon.

Aquí debo decir que por ese tiempo estaba yo estudiando física, y era yo el único estúpido que podía resolver los problemas planteados sin necesidad de esforzarme mucho. Además, por aquel tiempo había leído una historia, seguramente falsa a menos que fuera una mentira, que involucraba un examen y la pregunta de si el infierno es endotérmico, esto es, absorbe calor, o exotérmico, esto es, emite calor. Los lectores más avejentados aventajados de seguro ya habrán leído la historia con sus variaciones. Mi compañero no sabía la historia, sin embargo.

“Allá tú si no me quieres creer, pero te lo puedo probar ahora mismo. Mira…” dije, y puse una servilleta en la mesa, saqué mi plumón, y me puse a escribir.

Primero que nada –dije mientras trazaba misteriosos signos matemáticos y lógicos en la servilleta–, hay que despejar las incógnitas del problema. No sabemos qué masa y volumen tiene el infierno, pero podemos inferirlo con base en el ritmo de crecimiento del infierno. Primero, ¿A qué ritmo crece la población en el infierno? Debemos suponer que no hay explosión demográfica que no sea proveniente de las almas de los muertos. ¿Cuántas almas entran al infierno y cuántas salen? Dado que el castigo es eterno, y quien entra al infierno no puede salir, supondremos que el infierno es un envase con una válvula de una sola dirección, o un envase cuyas paredes permiten ósmosis en una sola dirección. ¿A qué ritmo se acumulan las almas? Pues es necesario primero ver quién se va al infierno. La mayoría de las religiones indican que los no creyentes se van al infierno. Dado que sólo se puede tener una sola religión a la vez, y al ser la mayoría contradictorias entre sí, podemos decir que no importa qué religión profeses, al morir irás al infierno de cualquier otra religión. Tal vez el infierno sea un lugar común a todas las religiones o haya religiones con un infierno en particular, pero dado que el alma es única e indivisible, la hipótesis de múltiples infiernos se viene abajo. Tenemos un solo infierno, y todas las almas se dirigirán automáticamente a él al morir, sin importar la religión que profeses o la religión que no profeses. Con la tasa de nacimientos actual el infierno crecerá de forma exponencial, peor los cálculos no variarían mucho si el infierno creciera en forma regular.

Ahora bien. Sabemos que para existir todo debe tener una masa. Aún las partículas llamadas sin masa deben de tener una masa demasiado pequeña para ser medida, dado que la energía es simplemente la masa de una partícula multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado y ni la masa ni la energía se destruyen, sino que se transforman. Por tanto, un alma debe tener una masa en específico. Con la existencia de una masa aparece el concepto de la temperatura. ¿Es estable esta temperatura? Sabemos que el número de almas en el infierno crece de manera constante. ¿Qué presión se tiene en el infierno, producto de la constante acumulación de masas? Si nos atenemos a la ley de Boyle, la única forma de que la temperatura y la presión del infierno se mantengan estables, el volumen del continente debe expandirse en proporción a la entrada del contenido. Supondremos para efectos del cálculo que el infierno es esférico. De aquí podemos inferir dos grandes posibilidades.

Primera posibilidad: Si el infierno se mantiene estable o se expande a una velocidad menor que la de entrada de almas, la temperatura y la presión en el Infierno se incrementarán hasta que éste pierda su integridad estructural, o lo que es lo mismo, explote. En este caso podríamos decir que el infierno es exotérmico, pues emitiría calor.

Segunda posibilidad: Si el infierno se expande a una velocidad mayor que la de la entrada de almas, la temperatura y la presión disminuirán, acercando la temperatura interior al cero absoluto, hasta que el infierno se congele. El infierno, por tanto, sería endotérmico, pues absorbería calor.

¿Qué posibilidad es la más factible? Nos hace falta un dato para resolver el problema. Para fortuna de la ciencia, fue “Sara” quien dio con la respuesta.  Si aceptamos como cierto lo que dijo en la primer fiesta de grupo que tuvimos en la facultad, ÿ cito, “El infierno se congelará antes que acosarme con Grillermo,” y teniendo en cuenta que llevamos ya varias semanas dedicándonos en cuerpo y alma al movimiento pélvico vaivénico, la segunda posibilidad es la correcta. Doy por tanto como cierto que el Infierno es endotérmico y ya está congelado. El corolario de esta teoría es que, dado que el Infierno ya está congelado, ya no acepta más almas y está, por tanto, extinguido para todo efecto práctico. Una curiosa consecuencia de ésto es que deja abierta la posibilidad de que exista un Paraíso, habitado por un ser divino, y más aún, que ese ser divino soy yo, lo que explicaría por qué anoche “Sara” no paraba de gritar “¡Oh, Dios mío!”

Mi compañero se levantó de la mesa y se fue, enojado en nivel magna cum laude. Huelga decir que no volvió a hablarme excepto cuando era estrictamente indispensable hacerlo. Pero tampoco volvió a hablar de religión.

Saludos cordiales.

Quoth.



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