La leyenda cuenta que, si tiras una rana a una olla con agua hirviendo, la rana saltará inmediatamente para ponerse a salvo; pero si acomodas a la rana en una olla con agua tibia y la pones a calentar lentamente, la rana se quedará ahí muy tranquila, acostumbrándose al cambio de temperatura y muriendo hervida. La moraleja de la historia es que podemos reaccionar a los cambios bruscos e inesperados, pero no a los cambios graduales.

Bueno, no sé ustedes, pero a mí eso me huele a mierda. Y es que la lógica es la lógica, la ciencia es la ciencia, y lo aprendido es lo aprendido.

Veamos la primera parte del mito. Si tiras a una rana a una olla con agua hirviendo, la rana saltará inmediatamente para ponerse a salvo.  Si bien dudo que sean ustedes ranas, un ejemplo permitirá hacer la comparativa adecuada. ¿Alguna vez se han tirado encima una taza de café caliente? Si el café estaba lo suficientemente caliente se habrán ustedes parado, saltado hacia atrás, gritado y sacudido, lanzado alguna maldición y tratado de limpiar, no necesariamente en ese orden y no necesariamente todos los pasos. Si el café estaba hirviendo seguramente hasta se presentó algún cambio en la piel que recibió el baño de líquido, similar a un fuerte enrojecimiento de la piel con apariencia lustrosa por supura de líquido, con dolor, ampollas, sensibilidad al contacto y posible pérdida de las capas superiores cutáneas. A esto se le conoce también como quemadura.

Ahora imagínense ustedes que lanzan una rana a una olla con agua hirviendo. Si a ustedes una taza de café caliente les provoca quemaduras, y fue sólo en una parte del puerco cuerpo, ¿qué no le provocará a una rana que cae íntegra y es cubierta por todos lados por óxido de dihidrógeno a elevada temperatura? Me atrevo a decir que la rana, si logra sobrevivir a la inmersión, estará en tan malas condiciones y con horribles heridas que muy probablemente ocasionarán su fallecimiento en un lapso de tiempo muy corto. En términos castizos, me cae de madre si a la rana no se la lleva la chingada.

La segunda parte del mito es un poco más difícil de comprobar, pero
no imposible. Se necesita, claro está, una rana, una olla, agua y fuego. Suponiendo que todos los ingredientes anteriores estén presentes y en las proporciones adecuadas, podremos empezar a experimentar. Se supone que, siendo las ranas vertebrados inferiores de sangre fría, su cuerpo se ajusta a la temperatura exterior y el aumento en la temperatura del agua simplemente hará que se acostumbren a la nueva temperatura, hasta que sea demasiado tarde y la rana muera. Yo no sé ustedes, pero yo he pasado por esa desagradable sensación y no he logrado acostumbrarme. Se llama mañana. En la madrugada hace frío. Sale el sol y la temperatura aumenta. En cambio, hacia medio día yo ya estoy buscando formas de enfriarme, y la  diferencia de temperatura entre el estado inicial y el estado final puede ser tan poca como veinte grados. Si eso lo hacemos nosotros, con mayor razón un animal de sangre fría, que no tiene medios integrados de regular su temperatura corporal. Así, si han visto ustedes a las lagartijas, iguanas y reptiles similares, en la mañana lo primero que hacen es llenar las baterías con energía solar (calentarse, que le dicen) y a medio día buscan sombra o se entierran en la arena (enfriarse, que le dicen). Una rana no es un reptil, sino un anfibio, lo cual no impide que haga lo mismo. Se activa al calentarse y se desactiva al enfriarse. Por tanto, suponer que la rana se va a quedar quietecita mientras el agua a su alrededor aumenta su temperatura es, además de absurdo, francamente estúpido. La rana se pondrá más activa al subir la temperatura de su medio ambiente, esté o no dentro de una olla, y al llegar a un límite la rana buscará la forma de abandonarlo y buscar un lugar más fresco. Si a nuestra pobre rana le permitiéramos saltar de la olla, lo hará, y mucho antes de morir hervida: no llegará ni a los 40 grados de temperatura el agua cuando ya abandonó el fogón. Si empezáramos con el agua congelada, y pusiéramos a nuestra rana ahí, la rana tampoco se va a quedar ahí esperando a que el agua se descongele: sencillamente brinca para buscar otros lugares más cálidos. Digo, tampoco pretendamos que la rana se quede ahí quietecita esperando nuestras órdenes.

Pero no me crean a mí: hagan el experimento. Sin embargo, creo yo que, en aras de hacer un poco más humano el experimento, un cambio de especie será adecuado y mucho más útil. En lugar de un miembro de la familia ranidae utilicen uno de la familia nephropidae: así, sea cual sea el resultado, con un poco de mantequilla a las hierbas finas la langosta será comestible.

Provecho.

Quoth.



5 Responses to “De ranas hervidas y otros mitos”

  1.   TheJab Says:

    ¿Este?

  2.   Quoth, the Raven Says:

    Yep.

  3.   Juan Carlos Bujanda Benitez Says:

    La metáfora en que descansaba toda mi capacidad de automotivación, hecha pedazos. snif!

    Saludos.

  4.   Quoth, the Raven Says:

    Siempre puedes cambiarla por la del monje que cambió su ferrari por un pedazo de queso, o algo por el estilo.

  5.   Christian Says:

    ¡¡¡¿¿¿Pero a qué clase de psicópata se le ocurriría arrojar a un ser vivo en agua hirviendo???!!!…

    Bah, olviden la pregunta… Que ya recordé un ejemplo…

    Estoy de acuerdo con Quoth, la rana saltaría antes de los 40 ºC. Todo organismo responde en forma diferente al medio para preservarse. Por ejemplo hay bacterias que esporulan, es decir, empaquetan su código genético al cambiar las condiciones de acidez o temperatura. Muchos árboles generan resinas que los hacen resistentes al fuego. Los seres vivos que contamos con capacidad motriz, simplemente nos despasamos a otro lado cuando las condiciones ya no son adecuadas, por más gradual que pueda efectuarse el cambio, particularmente si se trata de temperatura.

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