Es sábado. Son las ocho cincuenta, y ya llevo 13 minutos viendo rugby union. Es el Seis Naciones 2015, Gales contra Irlanda. Van cuatro penales. Me aburro.
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filler 2015-2-14 a Keep reading…

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Sadowe

31 dic 2014

Se llamaba Sadowe, y si pronunciabas su nombre con acento escocés, realmente la describía. Keep reading…

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La Capitana

29 dic 2014

Dí por llamarla, aunque, ténicamente, ella no tiene rango alguno. Pero, bueno, mientras no haya mucha gente aquí, y la vieja y buena Tierra no nos alcance, en realidad puedo llamarla como quiera. Se parece tanto a Pepper que quizá por eso mismo huí de ella esa noche…

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El capitán

28 dic 2014

Lo llamábamos, pero en realidad su rango era el de almirante. No es que, para él o para nosotros, su rango tuviera mucha importancia. Keep reading…

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El circo se fue…

23 dic 2014

—Cuéntame un cuento.
La lluvia caía con suavidad. La ventana, tenuemente iluminada por una luz de la calle, detenía las gotas, que adoptaban formas caprichosas. Apenas se escuchaba el sonido de tu respiración.
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El viento soplaba. El bosque de pinos, espeso, no era suficiente para detener la nieve que caía, lenta y constante, en ese día. El sol era un pequeño círculo blanco en el cielo color gris. Los escasos rayos que caían sobre las copas llegaban aún más escasos a la cabaña.
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Ella (y 26)

12 nov 2014

Epílogo

Cerró el documento. Aquello era lo más increíble que hubiera podido leer.
—Esto no tiene ningún sentido, amor.
—Nunca dije que lo tuviera —dijo Leopoldo, mientras acariciaba la copa de coñac.
—Conforme avanza la narración se vuelve más incoherente. Nada de eso pasó.
—Lo que leí sí pasó. Lo cuenta de una manera que me hace pensar que realmente estuvo ahí.
—Pero habla del futuro. No puede ser del pasado; recordaría si me hubieran secuestrado y me hubieran hecho una sonrisa de Glasgow. Ada y Kate no cumplirán los catorce hasta dentro de tres años. No hay forma de que esto haya pasado.
—Sí, es cierto. Pero a lo que me refiero es que mi hermana, dentro de su mente herida, imaginó todo ese mundo, como si de verdad hubiera pasado.
—Creo que no me hago explicar.
—No, no es eso. Lo entiendo. Pero también entiendo que para ella, todo esto pasó. Fue un accidente demasiado grave, debes comprenderlo. Fue un auténtico milagro que hubiera conservado la cordura suficiente como para poder escribir esto, y la fuerza para escribirlo.
—Lo comprendo. Créeme que lo comprendo. Pero sigue sin tener ningún sentido. Quiero decir, murió apenas terminó de escribirlo. Deliraba. Pobrecilla.
—Sí. Me asombra que hubiera podido escribirlo.
—¿Lo leíste completo?
—No todo. No creo poder leerlo, no en un buen tiempo. Sería muy doloroso si los recuerdos que tengo de mi hermana cambian.
—Quisiera borrarlo.
—Quizá deberías. Quizá no, No lo sé. Me gustaría enviárselo a mi compadre Guillermo. Él guarda todos los libros. Quizá pueda editarlo un poco. Y en unos años, tal vez… sólo tal vez lo pueda leer completo.
—Como quieras. Ven, vamos a dormir. Mañana tenemos que asistir a un funeral.

Terminaron de vestirse. El funeral sería en unas horas. Charlotte Bhatt había muerto tras perder una enorme batalla contra sus heridas. Su hija, Ekaterina Bhatt, había salvado la vida. Las heridas en la garganta le impedirían hablar otra vez, a pesar de los esfuerzos de su tío Farid por reconstruirle la laringe. Ekaterina y Ada, la hija de Leopoldo, habían quedado huérfanas de madre en el mismo accidente. Lucía y Leopoldo, que todavía no cumplían un año de casados, de pronto se habían enfrentado a la necesidad de criar a dos jovencitas de diez años que no podían hablar.

Pero Lucía no era una mujer a la que le disgustaran los retos. Había aceptado a Ada como si fuera de su carne y sangre, y había acogido a Ekaterina no como la sobrina de su esposo, sino como a la hermana de Ada. Con cariño y con determinación saldrían adelante. Lucía había recibido con beneplácito la noticia de que, en su testamento, Charlotte había solicitado que fueran Polo y ella quienes criaran a su hija; Farid Bhatt se había mostrado de acuerdo; Ivanka Tereshkova había aplaudido la decisión. Los cuatro hijos adoptivos de Charlotte Goldman y Rubén Olmedo siempre habían sido muy unidos, desde que habían llegado al país en calidad de refugiados de guerra.

Llovía. Era una lluvia de noviembre, fría, ligera, persistente. Muy apropiado, pensó Lucía. Ada y Ekaterina iban vestidas de negro, con faldas largas y chaquetas para protegerse de la humedad. Ekaterina llevaba una gargantilla en coral negro, que cumplía con la función de ocultar la cicatriz que le había quedado en el cuello, y resaltaba su belleza extraña. Se volvería una chica muy guapa, predijo Lucía. El cabello blanco, la piel color marfil y los ojos azules no eran, para nada, los mismos de su madre; que había tenido una piel brillante como el nogal, un cabello negro como ala de cuervo, y unos ojos chispeantes como la obsidiana. Ekaterina era tan parecida a su tía adoptiva que incluso habían corrido rumores que Ekaterina era la hija de Ivanka, rumores exacerbados por su nombre ruso; pero a esa edad era evidente que las facciones eran íntegramente las de Charlotte. Su albinismo la había favorecido de una manera increíble.

Ada, en cambio, había heredado las facciones de su padre. No era fea; todo lo contrario. Era, por mucho, totalmente lo opuesto a Ekaterina. Mientras que la morena era activa, apasionada, y segura de sí misma, la blanca era quieta, callada incluso antes de perder la voz, y podría decirse que sumisa, pero sabía muy bien cómo obtener lo que quería. Juntas serían una pareja peligrosa, se dijo Polo, mirándolas. Ada tenía la tez bronceada de quien gusta de pasar mucho tiempo al aire libre; los ojos oscuros y el cabello castaño. Tenía las comisuras de los labios perpetuamente hacia arriba; parecía que siempre estaba sonriendo.

Ada lanzó una rosa blanca y Ekaterina lanzó una rosa negra a la tumba de Charlotte, y se quedaron quietas. Ada derramó una lágrima y se secó los ojos con el dorso de la mano, Ekaterina sólo se quedó mirando, con ojos de intensa melancolía.

Leopoldo estaba vestido íntegramente de negro. Llevaba un clavel blanco. Se veía un poco incómodo, con su aspecto musculoso encerrado dentro de un traje que, hecho especialmente para él, le sentaba como un guante. Nunca había disfrutado usar saco ni corbata. menos en ocasiones como esa. La lluvia lo golpeaba con suavidad al caer. El cabello empapado le cubría la cabeza. No quería que nada detuviera la lluvia; necesitaba sentirla. Era como si el cielo llorara la pérdida de Charlotte. Sentía un nudo en la garganta. Quería llorar, pero no sabía cómo. Los hombres de verdad no lloran; los jugadores de rugby tampoco. Arrojó el clavel.

Ivanka seguía teniendo el cuerpo de muñequita rusa. Nadie hubiera dicho que tenía la misma edad que Leopoldo. Los años habían sido generosos con ella; nadie hubiera dicho que tenía más de 25 años. Iba vestida con un sencillo conjunto negro, con una falda de tubo que realzaba su figura. No llevaba abrigo; sólo un pequeño paraguas. Lloró un poquito, se limpió una lágrima con la rosa roja que traía en la mano, y la arrojó a la tumba.

Farid iba vestido de manera impecable, con un traje hecho a la medida, y una impecable camisa blanca. Tenía el porte aristocrático, con un aire ligeramente italiano. Tampoco él llevaba nada que lo cubriera de la lluvia. Leopoldo tenía razón; necesitaba sentir el agua. Tomó el clavel rojo en el ojal y lo besó antes de lanzarlo a la tumba. Notó que le temblaba un poco la mano. Había amado tanto a su hermana, que se había ido para siempre, a pesar de sus esfuerzos. Todo lo que había intentado hacer para salvarla había fracasado. Los daños en su cuerpo eran demasiado extensos; nada, ninguna de sus nuevas técnicas, la había podido salvar. Quizá si hubiera tenido más tiempo, quizá si hubiera tenido el genio de Charlotte… pero no lo tenía. Él era un cirujano muy habilidoso, pero las prótesis biológicas con las que estaba experimentando requerían más trabajo. Al menos, pensó, se iría entera. Ese accidente había causado tanto daño que no quería pensar en lo que Charlotte tuvo que haber sufrido. Al menos le quedaba de consuelo que había todo lo que pudo.

Lucía traía una falda larga, un abrigo a juego, y una rosa amarilla. Olió la rosa y la arrojó.
—Cuidaré a tu hija como si la hubiera parido yo —dijo mientras la rosa caía para acompañar las otras flores. Suspiró y se colocó detrás de su nueva familia, pasando un brazo por el hombro de cada una de las chiquillas. Se permitió llorar. Ada se giró para mirarla; si Lucía podía llorar sin ocultarlo, ella también. Ekaterina tembló un poco; Lucía la estrechó con más fuerza. Ella también empezó a llorar. Era once años menor que su marido, pero aún así, 18 años mayor que las chicas. Quizá nunca pensaran en ella como una madre, pero haría su mejor trabajo. Se lo debía a Sandra y a Charlotte. Miró la tumba continua. Quizá Sandra hubiera pensado algo similar si estuviera en su lugar. Tenía que ser fuerte. Tenía dos hijas que criar; no, tres. Podía sentirlo. Quizá Charlotte se hubiera ido, pero de cierta manera, no era cierto.

Farid y Leopoldo tenían los ojos rojos, pero no lloraron. Se miraron, asintieron, y tomaron las palas. Las clavaron en la tierra a sus pies.
—Llegaste de un país extraño a un país extraño —dijo Ivanka— y te encontraste conque ese país nuevo te entregó una familia. No eras nuestra carne y nuestra sangre, pero eras nuestra hermana. Nos abandonaste antes de lo que debías, pero sigues viva en nosotros. Mientras tu hija viva, vivirás también.
—Adiós, hermana —dijo Farid.
—Te vamos a extrañar —dijo Polo.
Lanzó una palada de tierra. Farid lanzó la segunda. Ada no pudo más y comenzó a sollozar en silencio. Ekaterina lloraba a lágrima viva. La familia quedó quieta, observando cómo Farid y Leopoldo arrojaban la tierra oscura y húmeda. Cuando terminaron, Farid y Leopoldo cayeron de rodillas al suelo y se abrazaron. Lo que no habían hecho en tantos años lo hicieron ahora, lloraron a lágrima viva por la muerte de su hermana. La lluvia caía. Esa lluvia de pertinaz de noviembre, bajo el cielo gris encapotado.

—¿Cómo era Charlie? —preguntó Lucía, mientras se cepillaba el cabello.
—Era un amor. Mira.
Le mostró la fotografía que guardaba en el buró. El más parecido era Leopoldo, todo músculo, presumiendo músculo, y barba cerrada, enfundado en un traje de hombre fuerte. Sandra estaba sentada en su hombro izquierdo, riendo, un pedacito de gente comparada con Leopoldo, vestida de enfermera. Farid se veía como un actor de Bollywood, moreno, con turbante y capa, de contextura gruesa y con la barba cerrada pero no muy poblada,, con dos chicas a su lado: a la derecha estaba Charlotte, morena, curvilínea y con el cabello en un complicado peinado, envuelta en un sari rojo y dorado que resaltaba sus curvas; Ivanka a su izquierda, como Marilyn Monroe, con la cabellera hasta los pies en una cascada de oro, bella como una estatua de hielo pero capaz de derretirte con una mirada. Leopoldo y Farid estaban casi irreconocibles, aunque los ojos eran los mismos. Ivanka, en cambio, no parecía haber envejecido ni un minuto.
Leopoldo miró con nostalgia la fotografía.
—La tomaron en la fiesta de graduación de la preparatoria. No sé qué nos pasó. Éramos jóvenes y felices, sin preocupaciones, con un futuro brillante por delante. Han pasado veinte años, y dos de nosotros ya murieron. La vida no es justa. —acarició las imágenes de Sandra y Charlie.
—¿Las extrañas?
—Sí. Terriblemente.
—Pobrecillo.
Leopoldo guardó la fotografía.
—¿Extrañas a tu familia, amor?
—No pasa un día sin que piense en ellos —dijo Lucía.
—Deberías visitarlos alguna vez.
—No. Es mejor extrañarlos. Farid y Charlotte lo sabían. Ivanka lo supo después. Prefiero la familia que tenemos aquí. Nosotros, tus hijas y tu sobrina, tus hermanos… es una mejor familia que la mía.
—¿Hijas?
—¿No te lo dije? —sonrió.
Él la miró a los ojos. Su expresión cambió cuando entendió a lo que se refería. La besó.

Apagaron la luz. Mañana sería otro día; un nuevo comienzo. Había mucho qué hacer; Ada iría a las pruebas de la selección de rugby, Ekaterina a la selección de softbol, Ivanka y Leopoldo inaugurarían una nueva escuela de iniciación deportiva, Farid debía presentar a los medios la Fundación Charlotte Bhatt…

Sí, mañana sería otro día.

—Fin.
——Por ahora.

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Ella (25)

11 nov 2014

Capítulo 25.

Debimos ser amigas. No quería que todo terminara de esta manera. Debí haberte conocido antes; quizá de haberte conocido mejor no te hubiera considerado una rival. ¿Recuerdas que mencioné antes que la única cosa que tiene más poder que una mujer enamorada es una madre? Olvidé que tú también lo eres. Quizá más peligrosa que yo, porque no sólo eres una mujer enamorada y madre de una niña: eres la madre de dos. De tres.

Eres la madre de Ekaterina, la madre de Ada, y la madre de Leyli. Estás enamorada completamente de Polo. Aceptaste en tu casa a dos completos extraños. Formaste una familia, sacrificaste tu integridad física y arriesgaste tu vida para salvarlos. A todos. Incluso a mí. Es una lástima que haya pagado tu cariño para los míos de esta manera.

Confío en que puedas comprender por qué lo hice. No tengo otra manera de hacerlo más que contándote toda la historia. Es duro morir. Lo merezco. No hay más remedio. De alguna manera debo expiar mis pecados, y aunque me aseguraras que me perdonarías, yo no puedo perdonarme.

Debimos pasar temporadas al sol juntas. Tus hijas y las mías. Debimos alegrarnos por las mismas cosas, entristecernos por las mismas cosas, ir a los mismos lugares y conocer a la misma gente. Ayudaríamos en los festivales, besaríamos rodillas raspadas y acariciaríamos a quienes fueran nuestras parejas. Debimos ser amigas, y debimos ser hermanas. Pero no lo fuimos.

Lamento que hayas tenido que pasar por todo lo que te hice pasar. Lamento las cicatrices; confío en que Farid pueda hacer algo por ti. Quizá algún día me perdones, Lucía. Ojalá que cuando Leyli conozca mi historia aprenda de mis errores. Ojalá mi gente me recuerde con cariño.

Adiós. Que tengas una buena vida.

———Chandni.

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Ella (24)

11 nov 2014

Capítulo 24

—Suéltala —dijiste—. Métete con quien sí se puede defender.
—No. ¿Crees que soy idiota?
—Sí —respondiste. Eso me agrada. Tienes redaños, Lucía.
Me acerqué paso a paso. Guardé mi arma, pero no el cuchillo. Utilicé el lomo para acariciar la mejilla de Leyli, que lloraba.
—Mira, Lucía. Ella está llorando. ¿Queres saber por qué?
Tomé un bracito. Coloqué el filo contra la piel. Un pequeño corte le daría una razón por la cual llorar. Presioné. Un corte, pero todavía no, si no hacías nada heróico.
—Maldita perra —dijiste.
—Mala elección de palabras —repliqué. Entonces hice el corte. El berrido de Leyli me hizo estremecer, pero no le quedaría ni siquiera una cicatriz. Te acercaste, corriendo. Podía ver el fuego en tu mirada. Te lancé el cuchillo a los pies y desenfundé mi arma. El cuchillo se clavó justo en la punta de tu zapato. Quizá te corté un dedo, quizá no; en cualquier caso no gritaste.
—El juego no se termina mientras dependas de que salga una carta amigable.

Chupé la sangre del bracito de Leyli. Deja de llorar un instante, mientras siente que alguien besa sus heridas. Después reanuda los sollozos. Veo que te intentas arrancar el cuchillo del zapato.
—Ni se te ocurra.
Te tengo donde quería.
Puedo escuchar que se acerca alguien Los veo con el rabillo del ojo. Necesito que estén más cerca.
—Mientras más tiempo pase sin que vayas al hospital es más probable que te queden cicatrices. Quizá un buen cirujano, como Farid, te pueda ayudar. Sería una lástima si algo fallara, ¿no crees?
—¿Por qué haces esto?
—Porque me gusta defender lo que es mío. Ya lo perdí dos veces; nunca más.
—¿A quién?
—A Polo.
Te noto confusa.
—Sí, a Polo. A Polo Montes. Me lo quitaste.
—No te quité a nadie…
—Es mío. Es quien los dioses me enviaron para salvarme. Él debía ser el padre de mi hijo.
—¿Quién eres? ¿Quién eres en realidad?
—Pensé que ya lo habrías deducido.
—No. Pensé que eras una ex psicótica. Eso lo tengo muy en claro. Pero no sé quién eres.
—Soy Chandni.
—No. No hay manera. Ella debe tener casi 50 años.
—La ciencia hace maravillas. Si esto hizo Farid conmigo, imagínate lo que hará por tu cara. Si lo dejo.
Siempre estuvo enamorado de mí. Yo pensé que también estaba enamorada de él. No. Era algo más. Era el único hombre bueno que había conocido, ¿cómo no iba a estar un poquito enamorada? Pero no era amor. El amor fue lo que sentí por Polo cuando lo conocí. Yo lo sabía, él lo sabía. Ambos lo negamos al principio pero no había modo de negarlo.
—Ahí está Farid —te dije—. Puedes preguntarle si dudas de mi palabra.
—¿Esperas que crea esa historia?
—No. Espero que mueras. Como ellos.

Me giré y disparé dos veces. Los guardias de seguridad cayeron; no llevaban armas. Fue un riesgo calculado: dos disparos a corta distancia hacen gran estruendo, sí, pero son muy efectivos para detener atacantes. No alcancé a ver cómo caían: me volví hacia ti y te apunté. No me quería perder la mirada que tendrías. Esperaba que gritaras, que por fin rompieras esos labios. Te admiro por el autocontrol que tienes; yo no hubiera podido resistir tanto por tanto tiempo si no hubiera tenido tanta práctica.

Debí dispararte desde que te vi con el teléfono, pero no lo hice. Puedes sumarla a la lista de errores que cometí. Pero no importaba, al menos no mucho, en ese instante. Yo tenía la tierra alta, la mano ganadora, y la inteligencia necesaria para vencer. Sólo necesitaba hacer un poco de tiempo. ¿Qué son cinco minutos más cuando se disfrutará de un tesoro tan grande como el que quería? Sonreí. A pesar de las variables, todo iba saliendo conforme a mi plan.

—Muy bien. Ahora vamos a hacer negocios. Yo tengo algo que tú quieres; tú tienes algo que yo quiero. Vamos a negociarlo, antes de que escuche la primera sirena, dispare, y me lo quede todo de todos modos. Me arruinaste por última vez los planes, güerita…
—¿Qué quieres?
—A Polo. Dame a Polo y a Ekaterina, y te devolveré a tu hija. Y te puedes quedar con los demás.
—No parece un trato justo.
—Es cierto. Soy yo la que sale perdiendo. Pero voy a ganar de cualquier forma.
—No. Estás perdida, quien quiera que seas.
—Llámame Charlie. Así me conocen ellos.
—Charlie está muerta. Fuimos a su funeral hace dos años.
—Si estoy muerta, ¿cómo es que soy un problema para ti? Los fantasmas no caminan.
—No sé quién eres, pero es tiempo de que esta farsa se termine.
Sonreí.

Te portaste a la altura de las circunstancias, debo admitirlo. Podía escuchar ya las sirenas. El enrejado alrededor del estadio los demoraría un poco: era bajar del vehículo y continuar a pie, o abrir las barreras, y entrar con las camionetas. Nunca entras a un lugar en el que no sabes qué está pasando directamente a pie, a menos que traigas armadura; pero entrar a un estacionamiento subterráneo en auto era prácticamente como condenarte a morir, Lucía. Debía actuar ya. ¿Irme y continuar después, o acabar todo en un instante? La respuesta era obvia, pero tú me facilitaste la decisión. Te inclinaste y arrancaste el cuchillo para lanzármelo; no podía disparar y esquivar el cuchillo al mismo tiempo, así que disparé. Casi esperaba que tu puntería hiriera a tu hija; te lo tendrías merecido. No fue así.

El cuchillo se me encajó en el brazo izquierdo, no muy profundo, en mi biceps. Mi bala te pasó por encima de la cabeza, y se impactó contra la puerta abierta de la camioneta. Solté la pistola y me arranqué el cuchillo; justo en el momento en que te avalanzabas para taclearme, encajé mi cuchillo en tu cuerpo. Sentí que entró hasta la empuñadura, y lo solté. Leyli lloraba amargamente. Estabas en el suelo, caída, con los brazos en la empuñadura. No gritaste. Podía ver tus lagrimones gruesos, pero no gritaste. Leyli sí. Yo ya estaba saboreando mi victoria. Ahora sólo debía huir.

Ya habías hecho mi trabajo, ahora sólo debía hacer el mío. Soy muy buena actriz; imagina la actuación estelar que daría una joven madre que defendía a su familia de una loca asesina que quería secuestrarlos. La única diferencia entre tú y yo, Lucía, es el color de pelo. Lo demás, se necesitaría un experto para distinguirlo; y soy muy buen médico como para no saber cómo simularlo. Además, a eso me dedico. Mi victoria estaba completa. Todavía quedaban unos minutos de anestesia; lo había calculado a la perfección. Y con la cara desfigurada que tenías, no habría ninguna duda sobre quién era quien estaba loca y quién cuerda. El crimen perfecto, ¿no te parece? Sólo tenía que hacer que gritaras. O abrirte la boca con todas mis fuerzas. Diría que te cortaste porque querías estar siempre sonriendo. «Una mujer que ríe es una mujer feliz», diría que me dijiste. Y me creerían. Claro que me creerían.

Escuché los pasos de los policías. Me dí la vuelta para esperarlos; no me decidía sin entre hacerme la heroína valiente y calculadora o la heroína por pura suerte y casualidad. Entonces recordé que no podían verme con Leyli como escudo. Tenía que dejarla en la camioneta y rápido. La puse en la sillita infantil y la aseguré; un poco de anestesia arreglaría todo. Demasiado tarde recordé mi arma. Me giré para buscarla, entre los berridos de Leyli.

No pude entender de inmediato cómo sobreviviste. Luego me dí cuenta: te había herido en el único lugar donde no podía hacer mucho daño con un cuchillo. No pasan venas ni arterias importantes, no está el corazón, no hay nervios, los pulmones no llegan, ya terminaron las costillas, no hay órganos importantes. Una herida de carne, nada más. Puro músculo. Debí haber utilizado una bala más, pero no lo hice. Tú sí pensaste en ese tiro.

Te habías arrastrado hasta mi arma, y me estabas apuntando. Aún tenía yo una carta para jugar. Detrás mío estaba tu hija, y además yo estaba desarmada; las luces de la policía ya nos podían iluminar. Sonreí. Había ganado, a pesar de la adversidad. Casi podía ver la cara de la policía. Aspiré: quise gritar con todas mis fuerzas «¡Auxilio! ¡Tiene un arma!».

No pude. Algo me impedía hablar. Sentí que me estaba ahogando. Unos brazos poderosos. Intenté arañarlos, pero no le importó. Sentía que me iba a desvanecer. Escuché la voz de Polo diciéndome «se acabó» al oído, a ti tirando el arma, a la policía apuntándonos y vociferando, a Leyli llorar, antes de que todo se pusiera negro.

No era justo. Sólo necesitaba un minuto más. Un minuto.

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