Ella (y 26)

12 nov 2014

Epílogo

Cerró el documento. Aquello era lo más increíble que hubiera podido leer.
—Esto no tiene ningún sentido, amor.
—Nunca dije que lo tuviera —dijo Leopoldo, mientras acariciaba la copa de coñac.
—Conforme avanza la narración se vuelve más incoherente. Nada de eso pasó.
—Lo que leí sí pasó. Lo cuenta de una manera que me hace pensar que realmente estuvo ahí.
—Pero habla del futuro. No puede ser del pasado; recordaría si me hubieran secuestrado y me hubieran hecho una sonrisa de Glasgow. Ada y Kate no cumplirán los catorce hasta dentro de tres años. No hay forma de que esto haya pasado.
—Sí, es cierto. Pero a lo que me refiero es que mi hermana, dentro de su mente herida, imaginó todo ese mundo, como si de verdad hubiera pasado.
—Creo que no me hago explicar.
—No, no es eso. Lo entiendo. Pero también entiendo que para ella, todo esto pasó. Fue un accidente demasiado grave, debes comprenderlo. Fue un auténtico milagro que hubiera conservado la cordura suficiente como para poder escribir esto, y la fuerza para escribirlo.
—Lo comprendo. Créeme que lo comprendo. Pero sigue sin tener ningún sentido. Quiero decir, murió apenas terminó de escribirlo. Deliraba. Pobrecilla.
—Sí. Me asombra que hubiera podido escribirlo.
—¿Lo leíste completo?
—No todo. No creo poder leerlo, no en un buen tiempo. Sería muy doloroso si los recuerdos que tengo de mi hermana cambian.
—Quisiera borrarlo.
—Quizá deberías. Quizá no, No lo sé. Me gustaría enviárselo a mi compadre Guillermo. Él guarda todos los libros. Quizá pueda editarlo un poco. Y en unos años, tal vez… sólo tal vez lo pueda leer completo.
—Como quieras. Ven, vamos a dormir. Mañana tenemos que asistir a un funeral.

Terminaron de vestirse. El funeral sería en unas horas. Charlotte Bhatt había muerto tras perder una enorme batalla contra sus heridas. Su hija, Ekaterina Bhatt, había salvado la vida. Las heridas en la garganta le impedirían hablar otra vez, a pesar de los esfuerzos de su tío Farid por reconstruirle la laringe. Ekaterina y Ada, la hija de Leopoldo, habían quedado huérfanas de madre en el mismo accidente. Lucía y Leopoldo, que todavía no cumplían un año de casados, de pronto se habían enfrentado a la necesidad de criar a dos jovencitas de diez años que no podían hablar.

Pero Lucía no era una mujer a la que le disgustaran los retos. Había aceptado a Ada como si fuera de su carne y sangre, y había acogido a Ekaterina no como la sobrina de su esposo, sino como a la hermana de Ada. Con cariño y con determinación saldrían adelante. Lucía había recibido con beneplácito la noticia de que, en su testamento, Charlotte había solicitado que fueran Polo y ella quienes criaran a su hija; Farid Bhatt se había mostrado de acuerdo; Ivanka Tereshkova había aplaudido la decisión. Los cuatro hijos adoptivos de Charlotte Goldman y Rubén Olmedo siempre habían sido muy unidos, desde que habían llegado al país en calidad de refugiados de guerra.

Llovía. Era una lluvia de noviembre, fría, ligera, persistente. Muy apropiado, pensó Lucía. Ada y Ekaterina iban vestidas de negro, con faldas largas y chaquetas para protegerse de la humedad. Ekaterina llevaba una gargantilla en coral negro, que cumplía con la función de ocultar la cicatriz que le había quedado en el cuello, y resaltaba su belleza extraña. Se volvería una chica muy guapa, predijo Lucía. El cabello blanco, la piel color marfil y los ojos azules no eran, para nada, los mismos de su madre; que había tenido una piel brillante como el nogal, un cabello negro como ala de cuervo, y unos ojos chispeantes como la obsidiana. Ekaterina era tan parecida a su tía adoptiva que incluso habían corrido rumores que Ekaterina era la hija de Ivanka, rumores exacerbados por su nombre ruso; pero a esa edad era evidente que las facciones eran íntegramente las de Charlotte. Su albinismo la había favorecido de una manera increíble.

Ada, en cambio, había heredado las facciones de su padre. No era fea; todo lo contrario. Era, por mucho, totalmente lo opuesto a Ekaterina. Mientras que la morena era activa, apasionada, y segura de sí misma, la blanca era quieta, callada incluso antes de perder la voz, y podría decirse que sumisa, pero sabía muy bien cómo obtener lo que quería. Juntas serían una pareja peligrosa, se dijo Polo, mirándolas. Ada tenía la tez bronceada de quien gusta de pasar mucho tiempo al aire libre; los ojos oscuros y el cabello castaño. Tenía las comisuras de los labios perpetuamente hacia arriba; parecía que siempre estaba sonriendo.

Ada lanzó una rosa blanca y Ekaterina lanzó una rosa negra a la tumba de Charlotte, y se quedaron quietas. Ada derramó una lágrima y se secó los ojos con el dorso de la mano, Ekaterina sólo se quedó mirando, con ojos de intensa melancolía.

Leopoldo estaba vestido íntegramente de negro. Llevaba un clavel blanco. Se veía un poco incómodo, con su aspecto musculoso encerrado dentro de un traje que, hecho especialmente para él, le sentaba como un guante. Nunca había disfrutado usar saco ni corbata. menos en ocasiones como esa. La lluvia lo golpeaba con suavidad al caer. El cabello empapado le cubría la cabeza. No quería que nada detuviera la lluvia; necesitaba sentirla. Era como si el cielo llorara la pérdida de Charlotte. Sentía un nudo en la garganta. Quería llorar, pero no sabía cómo. Los hombres de verdad no lloran; los jugadores de rugby tampoco. Arrojó el clavel.

Ivanka seguía teniendo el cuerpo de muñequita rusa. Nadie hubiera dicho que tenía la misma edad que Leopoldo. Los años habían sido generosos con ella; nadie hubiera dicho que tenía más de 25 años. Iba vestida con un sencillo conjunto negro, con una falda de tubo que realzaba su figura. No llevaba abrigo; sólo un pequeño paraguas. Lloró un poquito, se limpió una lágrima con la rosa roja que traía en la mano, y la arrojó a la tumba.

Farid iba vestido de manera impecable, con un traje hecho a la medida, y una impecable camisa blanca. Tenía el porte aristocrático, con un aire ligeramente italiano. Tampoco él llevaba nada que lo cubriera de la lluvia. Leopoldo tenía razón; necesitaba sentir el agua. Tomó el clavel rojo en el ojal y lo besó antes de lanzarlo a la tumba. Notó que le temblaba un poco la mano. Había amado tanto a su hermana, que se había ido para siempre, a pesar de sus esfuerzos. Todo lo que había intentado hacer para salvarla había fracasado. Los daños en su cuerpo eran demasiado extensos; nada, ninguna de sus nuevas técnicas, la había podido salvar. Quizá si hubiera tenido más tiempo, quizá si hubiera tenido el genio de Charlotte… pero no lo tenía. Él era un cirujano muy habilidoso, pero las prótesis biológicas con las que estaba experimentando requerían más trabajo. Al menos, pensó, se iría entera. Ese accidente había causado tanto daño que no quería pensar en lo que Charlotte tuvo que haber sufrido. Al menos le quedaba de consuelo que había todo lo que pudo.

Lucía traía una falda larga, un abrigo a juego, y una rosa amarilla. Olió la rosa y la arrojó.
—Cuidaré a tu hija como si la hubiera parido yo —dijo mientras la rosa caía para acompañar las otras flores. Suspiró y se colocó detrás de su nueva familia, pasando un brazo por el hombro de cada una de las chiquillas. Se permitió llorar. Ada se giró para mirarla; si Lucía podía llorar sin ocultarlo, ella también. Ekaterina tembló un poco; Lucía la estrechó con más fuerza. Ella también empezó a llorar. Era once años menor que su marido, pero aún así, 18 años mayor que las chicas. Quizá nunca pensaran en ella como una madre, pero haría su mejor trabajo. Se lo debía a Sandra y a Charlotte. Miró la tumba continua. Quizá Sandra hubiera pensado algo similar si estuviera en su lugar. Tenía que ser fuerte. Tenía dos hijas que criar; no, tres. Podía sentirlo. Quizá Charlotte se hubiera ido, pero de cierta manera, no era cierto.

Farid y Leopoldo tenían los ojos rojos, pero no lloraron. Se miraron, asintieron, y tomaron las palas. Las clavaron en la tierra a sus pies.
—Llegaste de un país extraño a un país extraño —dijo Ivanka— y te encontraste conque ese país nuevo te entregó una familia. No eras nuestra carne y nuestra sangre, pero eras nuestra hermana. Nos abandonaste antes de lo que debías, pero sigues viva en nosotros. Mientras tu hija viva, vivirás también.
—Adiós, hermana —dijo Farid.
—Te vamos a extrañar —dijo Polo.
Lanzó una palada de tierra. Farid lanzó la segunda. Ada no pudo más y comenzó a sollozar en silencio. Ekaterina lloraba a lágrima viva. La familia quedó quieta, observando cómo Farid y Leopoldo arrojaban la tierra oscura y húmeda. Cuando terminaron, Farid y Leopoldo cayeron de rodillas al suelo y se abrazaron. Lo que no habían hecho en tantos años lo hicieron ahora, lloraron a lágrima viva por la muerte de su hermana. La lluvia caía. Esa lluvia de pertinaz de noviembre, bajo el cielo gris encapotado.

—¿Cómo era Charlie? —preguntó Lucía, mientras se cepillaba el cabello.
—Era un amor. Mira.
Le mostró la fotografía que guardaba en el buró. El más parecido era Leopoldo, todo músculo, presumiendo músculo, y barba cerrada, enfundado en un traje de hombre fuerte. Sandra estaba sentada en su hombro izquierdo, riendo, un pedacito de gente comparada con Leopoldo, vestida de enfermera. Farid se veía como un actor de Bollywood, moreno, con turbante y capa, de contextura gruesa y con la barba cerrada pero no muy poblada,, con dos chicas a su lado: a la derecha estaba Charlotte, morena, curvilínea y con el cabello en un complicado peinado, envuelta en un sari rojo y dorado que resaltaba sus curvas; Ivanka a su izquierda, como Marilyn Monroe, con la cabellera hasta los pies en una cascada de oro, bella como una estatua de hielo pero capaz de derretirte con una mirada. Leopoldo y Farid estaban casi irreconocibles, aunque los ojos eran los mismos. Ivanka, en cambio, no parecía haber envejecido ni un minuto.
Leopoldo miró con nostalgia la fotografía.
—La tomaron en la fiesta de graduación de la preparatoria. No sé qué nos pasó. Éramos jóvenes y felices, sin preocupaciones, con un futuro brillante por delante. Han pasado veinte años, y dos de nosotros ya murieron. La vida no es justa. —acarició las imágenes de Sandra y Charlie.
—¿Las extrañas?
—Sí. Terriblemente.
—Pobrecillo.
Leopoldo guardó la fotografía.
—¿Extrañas a tu familia, amor?
—No pasa un día sin que piense en ellos —dijo Lucía.
—Deberías visitarlos alguna vez.
—No. Es mejor extrañarlos. Farid y Charlotte lo sabían. Ivanka lo supo después. Prefiero la familia que tenemos aquí. Nosotros, tus hijas y tu sobrina, tus hermanos… es una mejor familia que la mía.
—¿Hijas?
—¿No te lo dije? —sonrió.
Él la miró a los ojos. Su expresión cambió cuando entendió a lo que se refería. La besó.

Apagaron la luz. Mañana sería otro día; un nuevo comienzo. Había mucho qué hacer; Ada iría a las pruebas de la selección de rugby, Ekaterina a la selección de softbol, Ivanka y Leopoldo inaugurarían una nueva escuela de iniciación deportiva, Farid debía presentar a los medios la Fundación Charlotte Bhatt…

Sí, mañana sería otro día.

—Fin.
——Por ahora.

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Ella (25)

11 nov 2014

Capítulo 25.

Debimos ser amigas. No quería que todo terminara de esta manera. Debí haberte conocido antes; quizá de haberte conocido mejor no te hubiera considerado una rival. ¿Recuerdas que mencioné antes que la única cosa que tiene más poder que una mujer enamorada es una madre? Olvidé que tú también lo eres. Quizá más peligrosa que yo, porque no sólo eres una mujer enamorada y madre de una niña: eres la madre de dos. De tres.

Eres la madre de Ekaterina, la madre de Ada, y la madre de Leyli. Estás enamorada completamente de Polo. Aceptaste en tu casa a dos completos extraños. Formaste una familia, sacrificaste tu integridad física y arriesgaste tu vida para salvarlos. A todos. Incluso a mí. Es una lástima que haya pagado tu cariño para los míos de esta manera.

Confío en que puedas comprender por qué lo hice. No tengo otra manera de hacerlo más que contándote toda la historia. Es duro morir. Lo merezco. No hay más remedio. De alguna manera debo expiar mis pecados, y aunque me aseguraras que me perdonarías, yo no puedo perdonarme.

Debimos pasar temporadas al sol juntas. Tus hijas y las mías. Debimos alegrarnos por las mismas cosas, entristecernos por las mismas cosas, ir a los mismos lugares y conocer a la misma gente. Ayudaríamos en los festivales, besaríamos rodillas raspadas y acariciaríamos a quienes fueran nuestras parejas. Debimos ser amigas, y debimos ser hermanas. Pero no lo fuimos.

Lamento que hayas tenido que pasar por todo lo que te hice pasar. Lamento las cicatrices; confío en que Farid pueda hacer algo por ti. Quizá algún día me perdones, Lucía. Ojalá que cuando Leyli conozca mi historia aprenda de mis errores. Ojalá mi gente me recuerde con cariño.

Adiós. Que tengas una buena vida.

———Chandni.

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Ella (24)

11 nov 2014

Capítulo 24

—Suéltala —dijiste—. Métete con quien sí se puede defender.
—No. ¿Crees que soy idiota?
—Sí —respondiste. Eso me agrada. Tienes redaños, Lucía.
Me acerqué paso a paso. Guardé mi arma, pero no el cuchillo. Utilicé el lomo para acariciar la mejilla de Leyli, que lloraba.
—Mira, Lucía. Ella está llorando. ¿Queres saber por qué?
Tomé un bracito. Coloqué el filo contra la piel. Un pequeño corte le daría una razón por la cual llorar. Presioné. Un corte, pero todavía no, si no hacías nada heróico.
—Maldita perra —dijiste.
—Mala elección de palabras —repliqué. Entonces hice el corte. El berrido de Leyli me hizo estremecer, pero no le quedaría ni siquiera una cicatriz. Te acercaste, corriendo. Podía ver el fuego en tu mirada. Te lancé el cuchillo a los pies y desenfundé mi arma. El cuchillo se clavó justo en la punta de tu zapato. Quizá te corté un dedo, quizá no; en cualquier caso no gritaste.
—El juego no se termina mientras dependas de que salga una carta amigable.

Chupé la sangre del bracito de Leyli. Deja de llorar un instante, mientras siente que alguien besa sus heridas. Después reanuda los sollozos. Veo que te intentas arrancar el cuchillo del zapato.
—Ni se te ocurra.
Te tengo donde quería.
Puedo escuchar que se acerca alguien Los veo con el rabillo del ojo. Necesito que estén más cerca.
—Mientras más tiempo pase sin que vayas al hospital es más probable que te queden cicatrices. Quizá un buen cirujano, como Farid, te pueda ayudar. Sería una lástima si algo fallara, ¿no crees?
—¿Por qué haces esto?
—Porque me gusta defender lo que es mío. Ya lo perdí dos veces; nunca más.
—¿A quién?
—A Polo.
Te noto confusa.
—Sí, a Polo. A Polo Montes. Me lo quitaste.
—No te quité a nadie…
—Es mío. Es quien los dioses me enviaron para salvarme. Él debía ser el padre de mi hijo.
—¿Quién eres? ¿Quién eres en realidad?
—Pensé que ya lo habrías deducido.
—No. Pensé que eras una ex psicótica. Eso lo tengo muy en claro. Pero no sé quién eres.
—Soy Chandni.
—No. No hay manera. Ella debe tener casi 50 años.
—La ciencia hace maravillas. Si esto hizo Farid conmigo, imagínate lo que hará por tu cara. Si lo dejo.
Siempre estuvo enamorado de mí. Yo pensé que también estaba enamorada de él. No. Era algo más. Era el único hombre bueno que había conocido, ¿cómo no iba a estar un poquito enamorada? Pero no era amor. El amor fue lo que sentí por Polo cuando lo conocí. Yo lo sabía, él lo sabía. Ambos lo negamos al principio pero no había modo de negarlo.
—Ahí está Farid —te dije—. Puedes preguntarle si dudas de mi palabra.
—¿Esperas que crea esa historia?
—No. Espero que mueras. Como ellos.

Me giré y disparé dos veces. Los guardias de seguridad cayeron; no llevaban armas. Fue un riesgo calculado: dos disparos a corta distancia hacen gran estruendo, sí, pero son muy efectivos para detener atacantes. No alcancé a ver cómo caían: me volví hacia ti y te apunté. No me quería perder la mirada que tendrías. Esperaba que gritaras, que por fin rompieras esos labios. Te admiro por el autocontrol que tienes; yo no hubiera podido resistir tanto por tanto tiempo si no hubiera tenido tanta práctica.

Debí dispararte desde que te vi con el teléfono, pero no lo hice. Puedes sumarla a la lista de errores que cometí. Pero no importaba, al menos no mucho, en ese instante. Yo tenía la tierra alta, la mano ganadora, y la inteligencia necesaria para vencer. Sólo necesitaba hacer un poco de tiempo. ¿Qué son cinco minutos más cuando se disfrutará de un tesoro tan grande como el que quería? Sonreí. A pesar de las variables, todo iba saliendo conforme a mi plan.

—Muy bien. Ahora vamos a hacer negocios. Yo tengo algo que tú quieres; tú tienes algo que yo quiero. Vamos a negociarlo, antes de que escuche la primera sirena, dispare, y me lo quede todo de todos modos. Me arruinaste por última vez los planes, güerita…
—¿Qué quieres?
—A Polo. Dame a Polo y a Ekaterina, y te devolveré a tu hija. Y te puedes quedar con los demás.
—No parece un trato justo.
—Es cierto. Soy yo la que sale perdiendo. Pero voy a ganar de cualquier forma.
—No. Estás perdida, quien quiera que seas.
—Llámame Charlie. Así me conocen ellos.
—Charlie está muerta. Fuimos a su funeral hace dos años.
—Si estoy muerta, ¿cómo es que soy un problema para ti? Los fantasmas no caminan.
—No sé quién eres, pero es tiempo de que esta farsa se termine.
Sonreí.

Te portaste a la altura de las circunstancias, debo admitirlo. Podía escuchar ya las sirenas. El enrejado alrededor del estadio los demoraría un poco: era bajar del vehículo y continuar a pie, o abrir las barreras, y entrar con las camionetas. Nunca entras a un lugar en el que no sabes qué está pasando directamente a pie, a menos que traigas armadura; pero entrar a un estacionamiento subterráneo en auto era prácticamente como condenarte a morir, Lucía. Debía actuar ya. ¿Irme y continuar después, o acabar todo en un instante? La respuesta era obvia, pero tú me facilitaste la decisión. Te inclinaste y arrancaste el cuchillo para lanzármelo; no podía disparar y esquivar el cuchillo al mismo tiempo, así que disparé. Casi esperaba que tu puntería hiriera a tu hija; te lo tendrías merecido. No fue así.

El cuchillo se me encajó en el brazo izquierdo, no muy profundo, en mi biceps. Mi bala te pasó por encima de la cabeza, y se impactó contra la puerta abierta de la camioneta. Solté la pistola y me arranqué el cuchillo; justo en el momento en que te avalanzabas para taclearme, encajé mi cuchillo en tu cuerpo. Sentí que entró hasta la empuñadura, y lo solté. Leyli lloraba amargamente. Estabas en el suelo, caída, con los brazos en la empuñadura. No gritaste. Podía ver tus lagrimones gruesos, pero no gritaste. Leyli sí. Yo ya estaba saboreando mi victoria. Ahora sólo debía huir.

Ya habías hecho mi trabajo, ahora sólo debía hacer el mío. Soy muy buena actriz; imagina la actuación estelar que daría una joven madre que defendía a su familia de una loca asesina que quería secuestrarlos. La única diferencia entre tú y yo, Lucía, es el color de pelo. Lo demás, se necesitaría un experto para distinguirlo; y soy muy buen médico como para no saber cómo simularlo. Además, a eso me dedico. Mi victoria estaba completa. Todavía quedaban unos minutos de anestesia; lo había calculado a la perfección. Y con la cara desfigurada que tenías, no habría ninguna duda sobre quién era quien estaba loca y quién cuerda. El crimen perfecto, ¿no te parece? Sólo tenía que hacer que gritaras. O abrirte la boca con todas mis fuerzas. Diría que te cortaste porque querías estar siempre sonriendo. «Una mujer que ríe es una mujer feliz», diría que me dijiste. Y me creerían. Claro que me creerían.

Escuché los pasos de los policías. Me dí la vuelta para esperarlos; no me decidía sin entre hacerme la heroína valiente y calculadora o la heroína por pura suerte y casualidad. Entonces recordé que no podían verme con Leyli como escudo. Tenía que dejarla en la camioneta y rápido. La puse en la sillita infantil y la aseguré; un poco de anestesia arreglaría todo. Demasiado tarde recordé mi arma. Me giré para buscarla, entre los berridos de Leyli.

No pude entender de inmediato cómo sobreviviste. Luego me dí cuenta: te había herido en el único lugar donde no podía hacer mucho daño con un cuchillo. No pasan venas ni arterias importantes, no está el corazón, no hay nervios, los pulmones no llegan, ya terminaron las costillas, no hay órganos importantes. Una herida de carne, nada más. Puro músculo. Debí haber utilizado una bala más, pero no lo hice. Tú sí pensaste en ese tiro.

Te habías arrastrado hasta mi arma, y me estabas apuntando. Aún tenía yo una carta para jugar. Detrás mío estaba tu hija, y además yo estaba desarmada; las luces de la policía ya nos podían iluminar. Sonreí. Había ganado, a pesar de la adversidad. Casi podía ver la cara de la policía. Aspiré: quise gritar con todas mis fuerzas «¡Auxilio! ¡Tiene un arma!».

No pude. Algo me impedía hablar. Sentí que me estaba ahogando. Unos brazos poderosos. Intenté arañarlos, pero no le importó. Sentía que me iba a desvanecer. Escuché la voz de Polo diciéndome «se acabó» al oído, a ti tirando el arma, a la policía apuntándonos y vociferando, a Leyli llorar, antes de que todo se pusiera negro.

No era justo. Sólo necesitaba un minuto más. Un minuto.

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Ella (23)

11 nov 2014

Capítulo 23

Esperaba encontrarte en un charco de sangre, con el corazón perforado. Lo que encontré fue las esposas aún cerradas, y mis comodines en la pared. Mi arma no estaba. ¿Por qué la gente se empeña en no seguir su destino? Sería más fácil para todos, pero no, tienen que buscar la manera difícil de hacerlo. No podías estar muy lejos, de cualquier manera. Ya sabías mi plan, y no podías hacer nada para evitarlo; soy demasiado inteligente para ello. Pero eras una variable, y no me gusta dejar variables ni cabos sueltos.

No tenía tiempo para esto. Te iba a encontrar, y te iba a matar. Lo iba a hacer de cualquier manera, pero esperaba que fuera porque tu marido quisiera hacerse el héroe. Eso me hubiera permitido consolarlo, hacerle ver la falsedad de su matrimonio. Además; yo sería la persona ideal para criar a su hija. Yo había vuelto de entre los muertos, ¿quién mejor que yo para cuidarlo? Me conocía muy bien, y yo lo conocía por dentro y fuera. Y eso haría sentir celos a Farid; sería delicioso tener a dos hombres peleando por mí. Los hombres son unos cerdos; lo tendría controlado por el resto de su vida; lo haría un hombre de bien.

Pero te escapaste. Claro, nada como arruinar mis planes. Pues yo te iba a arruinar los tuyos. Decidí dejar en la bodega, atados, a todos. Excepto a Leyli; ella sería mi seguro de vida; supongo que te habrías dado cuenta de ello. Eres una buena madre: la traías en una cangurera. Me la puse. Leyli empezó a despertar y en cualquier momento querría comer. También traías jugo de frutas. No querríamos que nada le pasara a mi nueva hija, ¿verdad? Leyli me miró a los ojos, y sonrió. Le di el jugo, y ella, inteligente niña, se encargó de beberlo sola. La has criado bien; eso me da gusto. Encendí la lámpara de mano y me dispuse a perseguirte. Sería un cambio interesante: cuarenta años atrás yo era la que había sido perseguida de niña, por un padre violento, con intención de casarme con un hombre mucho mayor, según él, para seguir las viejas costumbres de la India. Juré que nadie volvería a levantar una mano contra mí esa noche. Salí, con Leyli al frente, y con mi arma lista. Era hora de cazar perras.

Dejabas un rastro de gotitas de sangre. Podía verlas con mi lámpara. Las mejillas abiertas no cierran tan fácil si una está corriendo y abre la boca para respirar. Y además el sabor a hierro de la sangre no es agradable. Me bastaría seguir tu rastro para encontrarte y acabar contigo. Sentí emoción, no lo puedo negar. Te cazaría como la perra que eres. Tenía ganas de correr, pero no corrí. No tenía ninguna necesidad. Sé perfectamente lo que sentías; no te irías sin tu familia, ¿verdad? Yo no lo haría, ¿Por qué ibas a hacerlo tú? Las gotitas se espaciaban más y más. No ibas hacia afuera. Ibas hacia adentro. Al laberinto de pasillos y escaleras bajo el estadio. Bodegas, oficinas, capillas, oficinas, lugares dónde esconderse. Eres inteligente, sabías dónde tenías más probabilidades de huir; pero no se te ocurrió salir a buscar ayuda, ¿verdad? Porque si lo hacías no verías viva a tu familia otra vez.

Estaba oscuro desde hacía horas. Debían ser las tres de la madrugada. No llegarías a ver la luz del sol de nuevo, me prometí. Caminé, mi arma en la mano, Leyli quieta en mi pecho, las dos atentas, buscándote. De pronto, no ví nada más. Estabas arriba. No ibas a ser tan estúpida como en las películas, como para saltar desde el techo y pretender sorprenderme cayendo encima, mucho menos si tu hija estaba conmigo. Aún así miré. Habías, subido, sí, sin duda alguna: la mancha en el pilar lo demostraba. También sabía qué había arriba; seguro que tú lo sabías tan bien como yo. Ibas a la enfermería.

Por un momento creí verte cuando abrí la puerta, pero no, no había nadie. Habías subido por la trampilla que lleva de las bodegas de basura al piso superior; hay una que desemboca en la enfermería, para desechos biológico-infecciosos. No sé exactamente cómo te las arreglaste para subir por ahí, pero no importa: yo sé mejor que tú cómo abrir las cerraduras de todo el estadio. Subí al siguiente piso y entré con mi arma cargada y desenfundada. Leyli estaba nerviosa. Habías hecho algo en la enfermería, pude ver los restos de lo que dejaste. Quizá fuiste lo suficientemente tonta y valiente como para coserte tú misma las heridas. Pero sí me habías bloqueado tu rastro, al menos por el momento. Me estaba gustando la emoción de la caza. Y Leyli se había vuelto a dormir.

Me pregunté a dónde más te fuiste. La respuesta llegó de una manera que no hubiera esperado. Por eso no me gustan las variables. Sonó un teléfono de una oficina cercana. Contesté la llamada, sin decir nada.
—Inténtalo —fue lo que escuché. La comunicación se cortó de inmediato.
Sonaba como tu voz. Un poco diferente, pero era tu voz. Sonreí. Al menos yo sí podía hacerlo.
Ahora sabía lo que debía hacer y dónde estabas. En mi escondite. Estabas monitoreando las cámaras. Pero, ¿sabes? Yo hice el sistema. Conozco sus limitaciones. Y sé aprovecharlas.
—Como quieras —dije.
Sé que me estabas viendo a los ojos. Dejé la cámara ahí; quería que me vieras mientras llegaba por detrás tuyo, por sorpresa, y te hacía un pequeño corte en el cuello. Uno pequeño, en la región carotídea. Uno a lo largo. ¿Sabes qué jodidamente difícil es cerrar una arteria cortada así? Y la carótida común es esencial para tu vida: alimenta directamente el cerebro. Sería una pena que algo le pasara a esa arteria… Si te cortara la yugular podrías sobrevivir, con un poco de suerte. No en la carótida.

Sí, me estaba dominando el deseo de venganza. Lo más obvio es que no debí haberte hecho la sonrisa de Glasgow. Debí haberte sacado los ojos. No, pensándolo bien, debí haber hecho ambas cosas. Si al principio no te quería muerta, ahora lo quería. Es duro admitirlo, pero te subestimé. Siempre estuviste detrás de Polo, como la buena esposa; antes estabas como la mesera bonita que lo escuchaba. Nunca quisiste figurar. Lo entendí muy tarde: «quisiste». Hubieras conquistado el mundo de haber querido, pero no querías. Lo que te bastaba era saber que hacías feliz a alguien que te hacía feliz. Sí, me habías quitado lo que amaba, varias veces. Ahora te iba a quitar yo todo. Sería tan fácil: Leyli estaba conmigo.

Pero era demasiado fácil. Y a mí me gustan los retos, ¿sabes? Claro que lo sabes, eres una mujer inteligente. Entonces supe lo que ibas a hacer. Idiota. ¿Por qué no me dí cuenta antes? Porque estaba obsesionada contigo, por eso: Regresé al escondite. No me importaba que me vieras. ¿Por qué? Porque no estabas ahí, ¿me equivoco?

Es obvio, Lucía, que no te ibas a quedar quieta esperándome. Decidí que lidiaría contigo otro día. Lo primero era regresar por Polo. Me lo llevaría, a un lugar donde nadie nos encontraría. Me encargaría de que viera las cosas a mi manera. Y a Leyli también; quizá fuera mejor que Leyli se encargara de ti en unos años. Que la sangre te traicione debe doler más, ¿no es verdad? De los demás me haría cargo después. Se debe de hacer lo que se puede hacer en un momento, claro, y después me encargaría del resto. No se olvida a la familia; sólo se le ignora. Polo es muy bueno ignorando lo que no quiere ver. Yo me haré cargo de que no me ignore. No le volveré a permitir que me ignore.

Abrí la puerta del escondite, y grande fue mi sorpresa cuando Polo ya no estaba ahí. No estaba nadie. Reprimí un grito de rabia. Te habías adelantado, perra. La muerte era demasiado buena para ti. Te las habías arreglado para volver a quitarme, otra vez, lo que más amaba. Pero no podías estar muy lejos; te escuché arrastrando a alguien. Sólo había un lugar hacia dónde llevar a tanta gente. A mi camioneta. Chica lista. Si alcanzabas a salir, podrías huír y podría perderles el rastro. No iba a permitir eso. Por fortuna todavía tenía yo la carta ganadora. Leyli había despertado y se puso a llorar: no necesité verte para saber que tu rostro reflejaba lo que sentías. Sí, tu hija era mía ahora. Estabas llevándote a mi hija y a mi familia; yo me encargaría de llevarme a la tuya, al mismo infierno si era preciso. No pude contener la risa. Quería que me escucharas, riendo mientras tu hija lloraba. Soy la hembra alfa de la manada. ¿Quieres a tu cachorra? Ven por ella. Que se notara el parecido de familia. Una sonrisa de Glasgow a tu niña. Leyli sería un gato risón; la llamaría Chesire en tu honor, Lucía.

Saqué el cuchillo. Leyli dejó de llorar cuando apoyé el filo en su mejilla. Sería tan fácil… pero no. No ahora. No tenía caso hacerlo si no ibas a estar para verlo. Sería un cambio más que razonable. Soy una mujer razonable, después de todo. Tu hija o tu marido. Tu hija natural o tu hija adoptiva. Tu hija, destinada a grandes cosas y quien te daría nietos, o tu marido. Te iba a hacer sufrir con esa decisión. Guardé el cuchillo. Leyli me miró a los ojos.
—No temas, pequeña —le dije—. Mamá no te hará daño.
Claro que todavía no estaba decidido quién sería su madre. No tenía duda del resultado, sólo había dos opciones: si no era mía, no sería de nadie.

Eres rápida, te lo concedo. Claro, no eras tan vieja como tu marido; eras más joven que yo, pero yo había rejuvenecido: tú no. Yo era tan fuerte como una mujer de 25 años; tú tienes 38. La mano ganadora estaba conmigo. Es lo que pasa cuando piensas que todo depende de que la diosa fortuna te favorezca con una carta amable. Esto no es un juego de azar: es estrategia. Fui a buscarte directamente. La mejor defensa es el ataque, después de todo.

Cuando te encontré estabas tratando de llamar a alguien. El sonido de mis pasos te hizo girar. Noté la sangre roja en tus mejillas; un buen trabajo, ¿no crees? Te grité.
—¡¿Crees que voy a dejar que te vayas tan fácilmente?!
Estabas lejos. Deberías haber gritado para que te escuchara. Pero no lo hiciste. Te limitaste a hablar por teléfono.

Recordé demasiado tarde que todavía estaban los vigilantes del estadio en la puerta de la entrada: no había salido la camioneta, después de todo. Ibas ganando la batalla por un punto, pero todavía podía darle la vuelta al marcador.
—Deja eso en paz —dije, sacando el cuchillo.
Leyli comenzó a llorar. Apoyé el cuchillo en su boquita, sin dejar de apuntarte con mi arma. Iba caminando.
—Sería una pena si le pasara algo a la bebita, ¿no es verdad?
Fuiste inteligente. Soltaste lo que fuera que traías en la mano. Eras mía.

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Ella (22)

11 nov 2014

Capítulo 22.

Soy muy cuidadosa. Calculé con cuidado todas las posibilidades de que algo fallara o no. Me había tardado seis horas para darle oportunidad a Polo de buscar una excusa para salir de la fiesta. Supongo que se dio cuenta de que su esposa no estaba, y Leyli sí, cuando quiso celebrar su victoria con toda su familia. Sé que leyó el mensaje que «Lucía» le envió, diciéndole que estaba cansada y le dolía la cabeza, y que prefería esperarlo en las oficinas del estadio, con Leyli. Debió notar que algo estaba mal cuando Leyli estaba en sus brazos y su esposa no aparecía por ningún lado. Eso era suficiente para que una persona normal llamara a la policía; pero no Polo. No querría que el ambiente de celebración se terminara tan pronto. Cuidadosamente, mientras trabajaba, le envié nuevos mensajes indicándole la situación. Lo hice parecer un secuestro. En cierta forma lo es, pero no la clase de secuestro que le hice creer que era.

Separé cuidadosamente a todos los miembros de la familia. Quienes más trabajo me darían serían Ada y Ekaterina; en especial mi hija. A ellas las reservé para el final. Organicé todo de manera tal que pareciera que todo estaba normal. No dije «Lucía no sufrirá daños», debo admitir. El demonio está en los detalles.

Esperé pacientemente en mi escondite hasta ver que las luces de los camiones se encendían tal y como lo había previsto; la fiesta ya estaba por terminar. Todos quienes no eran parte indispensable de la fiesta se habían marchado hacía rato; sólo quedaban un par de bodegueros y los veladores, que también se habían sumado a la celebración. Los jugadores no tienen llenadero, en especial si no tienen que trabajar al día siguiente. Pero la cerveza ya había hecho su trabajo y muchos jugadores estaban más cercanos a quedarse dormidos que a seguir festejando. Entré, saludé a algunos por su nombre, para que me recordaran, y busqué a Leyli, quien era la única que no podría estar donde quisiera. Con mi cabello pintado de otro color y maquillaje que disimulaba la forma real de mis facciones, nadie podría identificarme de inmediato, excepto mi familia. Y tú, pero tú no habías hecho todavía ningún ruido.

Mii plan estaba cuidadosamente trazado. Supe que tendría éxito cuando me encontré a Leyli plácidamente dormida sobre la barriga de Tren. Las cámaras de vigilancia que puse seguían ahí, y mi plan estaba exactamente igual a como lo había trazado. Levanté a Leyli y Tren me tomó de la mano y lanzó un gruñido.
—Tranquilo, Tren —le dije—, soy Lucía.
—Perdón, señora.
—No pasa nada. Gracias por cuidarla.
—Un placer —cerró los ojos y se acomodó para dormir. Alguien intentó levantarlo para que se metiera al camión cuando yo salí de los vestidores hacia la zona de oficinas.

Salí al pasillo. No había nadie, pero Leyli estaba inquietándose. No iba a arriesgarme, así que le inyecté un hipnótico ligero y me introduje en la oficina donde me esperaba Farid.

Farid estaba reclinado en un sillón, con un vaso de cerveza todavía en la mano. Parecía que había estado llorando. Tenía su teléfono en la mano. No necesité ver el mensaje para saber que decía que el hospital donde yo estaba internada había sufrido un incendio y habían encontrado un cadáver calcinado en mi habitación. Claro está que yo era quien había enviado ese mensaje. Toqué a la puerta.
—¿Quién es?
—Soy yo —le respondí, acercándome.
—¿Quién…? Oh, en nombre de todo lo sagrado…
—Amor —le dije—, soy yo.
—Chandni…
Me acerqué a él. Olía a alcohol.
—Te amo, Farid. Nada puede cambiar eso. Dejé que mi perfume lo alcanzara. Estaba medio borracho, y si aún podía hacer que se encendiera la pasión en sus ojos…
—Chandni —titubeó—. Debo estar borracho.
—Mírame, Farid. No es un sueño. Tócame. —me sentía estúpida hablando como en una telenovela. Pero Farid cayó en la trampa. No puedes evitar enamorarte de tu otra mitad.
—Chandni —repitió.
Extendió una mano. La tomé, y la pasé por mi rostro, por mi cuello, hasta mi pecho. Lo besé con pasión. ¡Tenía tantas ganas de hacerlo! Me rodeó con sus brazos, aspiró mi aroma, recorrió mi piel. Me besó. Fue un beso mágico, como aquellos cuando éramos jóvenes… pero él recobró el control. Me miró, los ojos encendidos, no de lujuria, sino de odio.
—¿Qué clase de broma es esta? ¿Quién eres?
—Soy Chandni. De verdad lo soy, Farid —dije, mostrándole una jeringuilla vacía. El anestésico hizo efecto casi de inmediato.

Ivanka llegaría después. Un mensaje de Farid, claro. Le comunicaba que lo habían llamado del hospital; en el transcurso de la tarde yo había tenido problemas respiratorios y había fallecido, sin que nadie hiciera nada, porque todos estaban ocupados viendo el partido. Era estúpidamente obvio que era falso, pero también debía parecer estúpidamente obvio que si Leyli y Lucía habían sido secuestradas, pero Leyli seguía en el estadio, podía tratarse de una broma de mal gusto. Pero conozco a mi hermana, casi como si en verdad fuera sangre de mi sangre. Entró sin tocar, y ver que estaba todo oscuro, encendió la luz.
—О, Боже —dijo Ivanka, al verme.
—Hola, hermana. ¿Me extrañaste?
Extendí los brazos. No llevaba armas. Me acerqué, con paso tranquilo.
—No puedes ser tú. Estás muerta.
—Oh, no. No estoy muerta. Los muertos no pueden abrazar a sus hermanas.
Una persona más inteligente se hubiera retirado. Pero Ivanka estaba en estado de shock. Miró detrás de mí; Farid estaba profundamente sedado, Leyli también. Pude ver cómo su mirada se convirtió en un reflejo del miedo que sentía. Le acaricié la cara.
—Mi querida hermana —le dije, mientras la abrazaba.
—Сука —alcanzó a decirme cuando sintió el pinchazo de la inyección.
—Shh… no dolerá, lo prometo —le dije mientras ella ponía los ojos en blanco y caía al suelo. La sostuve y la coloqué en un sillón. Afuera escuchaba que los jugadores mencionaban que los camiones ya habían llegado.

—¿Viene, coach? —le preguntó Rompecabezas a Polo, quien estaba abriendo la puerta de la oficina.
—No, perdón, pero tengo cosas qué hacer. Mi esposa ya viene para acá.
—Bueno. Que se mejore su hermana.
—Gracias. Dile a Ada que venga, por favor. Nos vemos mañana para desayunar.
—Claro, coach.
Cerró la puerta y encendió la luz. Todavía traía el teléfono en la mano. «Nos vamos a la casa.» Un mensaje sencillo, claro, y contundente, que no levantaba más sospechas. Estoy segura que hizo todo lo posible porque ellos no supieran lo que había pasado. Siempre tuvo un buen corazón.
—Hola, Polo —dije cuando se giró. Le clavé la aguja en el cuello, en un movimiento único y fluido; deliciosamente natural. Era un jugador de rugby de casi cincuenta años, y había demostrado una resistencia física excepcional en la cancha; necesitaría una segunda dosis de anestésico. No dudo que el mismo tratamiento que me devolvió a la vida desde las puertas de la muerte también lo haya beneficiado a él; quizá yo hubiera nacido hace 50 años, pero me veía, y me sentía, como una mujer de la mitad de mi edad. Seguramente que lo era; casi la mitad de lo que soy tiene menos de cuatro años de edad, ¿no es maravilloso? La ciencia logró la fuente de la eterna juventud. Así que Polo intentó detenerme, pero su fuerza renovada y sus reflejos aumentados poco pudieron hacer contra el anestésico: tropezó con su propio pie y cayó al suelo, intentó levantarse, pero su sentido del equilibrio lo había abandonado; con la segunda dosis quedó dormido por completo. Sonreí. Mi victoria estaba casi asegurada. Sólo sería necesario un poco de mi magia para lograr mi éxito completo. Pero me hacían falta dos piezas en mi rompecabezas.

Lidiar con adultos es más fácil. Un adulto está acostumbrado a hacer ciertas cosas; un niño y un adolescente, no. Los adolescentes, en especial, son impredecibles. Ada había estado muy ocupada con Rompecabezas; eso se veía. Estoy seguro que mi sobrina había desarrollado una fuerte atracción al muchacho, mayor que ella por seis años. Para que la relación fuera aceptada ella debería haber sido de mayor edad, claro. La mitad de veinte más siete años, diecisiete. Pero faltaban menos de tres meses para que cumpliera quince años, y eso significaba que sólo necesitaría esperar tres años para hacer lo que quisiera. Y estoy seguro que Rompecabezas también se sentía atraído a la muchacha que era una promisoria estrella del rugby y además, la hija de su mentor. Quizá Polo lo había notado; además, era mejor partido que Jaime. Y quizá después pudieran tener una cantidad razonable de bebés. Yo me encargaría de eso.

Me imaginé a mi sobrina haciendo ojitos de borrego a Rompecabezas. Sólo debía esperar tres años y no habría impedimento. La mitad de veintitrés más siete, dieciocho y medio. Dentro del margen de tolerancia. Y durante ese tiempo, aunque no hubiera arrumacos, sí podrían hacer muchas cosas juntos.

Ada abrió la puerta de la oficina, y Ekaterina venía detrás. Nunca debes hablar con extraños, me dijeron mis padres cuando era pequeña. Fue el único buen consejo que me dieron. Pero al igual que a mí, a las chicas el consejo les entró por un oído y les salió por el otro.
—¿Eres la hija del coach? —le pregunté a Ada, mientras simulaba que estaba revisando unos archivos.
Ella asintió. Me acerqué a ellas, simulando buscar algo.
—Espera, me dejó un recado para ti. ¿Dónde lo puse? Ah, sí, me pidió que te dijera que las estaban esperando en la camioneta para irse a casa.
Creo que quizá Ekaterina sospechó algo, quizá una sombra de duda en sus ojitos de distintos colores. Pero no alcanzó a decir o a hacer nada. Ada siempre fue más confiada. Pero ninguna de las dos era rival inmediato para mí. Con la velocidad de una serpiente las inyecté en el cuello; Ada alcanzó a sujetarme del brazo; pero Ekaterina no. Cayeron al suelo casi de inmediato.

Con cuidado los llevé al escondite. ¿Qué mejor escondite que las bodegas bajas del estadio? Hay un montacargas y una escalera; están vacías porque estamos fuera de temporada; el partido fue una simple excusa para ganar dinero, pero Polo supo convertir esa afrenta para su provecho. Los introduje a todos al montacargas; descendimos con gran cuidado hasta el último piso. No abrí de inmediato la puerta, quería asegurarme primero de que no estuvieras muerta.

Grande fue mi sorpresa cuando no te encontré.

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Ella (21)

10 nov 2014

Capítulo 21.

—¿Qué quieres de mí? —fueron tus primeras palabras cuando despertaste. Eres una chica inteligente. Sabes lo que quiero de ti.
En realidad, de ti no quiero nada. Me dolería, incluso, dejar que Leyli creciera sin su madre. Te saqué del estadio cuando la multitud ya se había dispersado. Si alguien nos vio, éramos un par de mujeres borrachas, una más madura que otra. Supongo que debo agradecer tu involucramiento en mi historia.

Ekaterina acababa de cumplir 9 años cuando decidí que era ya tiempo de volver a trabajar. Habían sido largas, largas horas de meditación, cuando por fin supe lo que debía hacer. Debía acabar con mi primer rival. Si quitaba a Sandra del camino, Ada quedaría sin madre; Polo necesitaría a alguien que ayudara a criarla, ¿y quién mejor que yo para la tarea? ¿No habíamos crecido juntos, acaso? Y yo lo amaba de verdad, y estoy segura que todavía me ama. Sí, era menester quitar primero a Sandra del camino. Ella ya era inestable mentalmente, y no necesité mucho para hacerla destruirse. Unas gotas aquí y allá de medicamentos psicotrópicos… siempre he sido buena para ocultarme, entrar a lugares cerrados, y soy muy ágil. Más desde las operaciones. Farid hacía mucho ruido para subir a la azotea, nuestro lugar favorito; Charlotte siempre me decía que ese muchacho se iba a caer cuando lo veíamos subir. Pero cuando Charlotte se descuidaba, yo también subía, sin hacer ruido, y nos amábamos con pasión y con locura. Charlotte nunca nos descubrió, a pesar de que sospechaba que Farid se veía a escondidas con alguien; siempre fui muy buena ocultando pistas. Así que provoqué que Sandra tuviera una crisis nerviosa. Lo planee con tanto cuidado que cuando le anuncié a Farid que iba a regresar con él a trabajar, los acontecimientos ya se habían precipitado y nadie podría decir que tuve algo que ver con ella. Era un plan tan astuto…

Pero nunca puedes controlar todas las variables de un problema, ¿verdad? El camión de la mudanza que contraté reventó dos llantas y perdió el control. Choqué contra él y me salí del camino. De nueva cuenta fue un milagro que hubiera salido con vida. No me podía mover. Ekaterina estaba también mal herida. Tenía qué hacer algo, pero no podía moverme… y el dolor, era un mundo de dolor que no había experimentado en toda mi vida. Cerré los ojos, pensando que cuando los abriera Polo estaría enfrente de mí, como aquella primera vez, y me salvaría… pero cuando los abrí no había nadie. Estaba sola.

Y Farid llegó después. No podía hacer nada más que mirarlo. Estaba yo muy, muy mal herida. Sabía que no pasaría la noche. Pero me preocupaba más Ekaterina. Te he estado mirando, Lucía. Pudiste ser lo que hubieras querido ser, pero decidiste perseguir un único sueño. Pudiera llegar a respetarte por seguir ese sueño, pero no lo suficiente. Pudiste haber sido lo que quisieras, pero te decidiste a ser madre y esposa. ¿Sabes a cuántas feministas hubieras hecho rabiar si lo hubieras anunciado? Y resultaste ser una muy buena madre y una muy buena esposa. Criaste como tuya a una niña de 10 años; te ganaste su respeto hasta el grado de que te considera ya como su segunda madre. Criaste a mi hija no como si hubiera sido tu sobrina sino como una auténtica hermana de la hija de tu esposo. Aceptaste bajo tu techo a una mujer y a un hombre que no tienen ninguna relación de sangre contigo. Eres el centro de sus vidas, Lucía. Me quitaste a mi familia, ¿te enteras? Me quitaste todo lo que quería, y ni siquiera te esforzaste.

Pero eso no es lo peor. Lo peor fue no poder hacer ni decir nada durante años. Hubiera preferido morir. El dolor sólo cesaba cuando Farid me sumía en estado de coma, y me acostumbraba poco a poco a él. Sé que me utilizó como conejillo de indias. Se lo agradezco. No podía dar mi consentimiento, ¿verdad? Y me salvó la vida. Me volvió a construir. Todo, excepto mi cerebro. Sé que suena a cliché, pero el cerebro es más que un órgano. Yo tenía los diseños de una prótesis cerebral. Un estimulador de crecimiento neuronal. Limpias la parte afectada, colocas células madre, y las estimulas para que crezcan en la forma y cantidad necesaria para reparar la parte afectada. Pero siempre fracasaba. Incluso con Ekaterina, que tenía un daño relativamente menor, fue un fracaso. No importa mucho, porque ella siempre fue callada y taciturna. Como ahora.

Sé que estuvo trabajando con el diseño. ¿Cómo no lo iba a saber, si lo sé todo de ustedes y de su vida? ¿No te lo he estado contando, acaso? No te preocupes, lo que te voy a hacer no te va a doler mucho. Es sólo un castigo por haberte metido en mis asuntos. Recuerdo el día en que Farid me pidió mi consentimiento, por fin, tras tantos años. No podía yo hacer nada más que mover un dedo, un único dedo en mi mano izquierda. Bastó para que pudiera comunicarme con él. Cada noche, antes de irse a descansar, Farid me contaba lo que había pasado. Me contaba todo, y eso era lo que me mantenía cuerda. Es un martirio estar encerrada en un cuerpo que no recibe estimulación. Acepté que probara en mí la nueva prótesis mejorada, y fue como si hubiera eliminado un velo de mi cabeza. Fue, al mismo tiempo un éxito y un fracaso, porque recuperó mis funciones cerebrales, pero no mis nervios. ¿Cómo iba a saber Farid que mi cuello estaba roto? No es neurocirujano; esa posibilidad jamás se le ocurrió. Pero mis preocupaciones no fueron en vano. Cuando me mudó a la casa de recuperación, supe que estaría pronto en posibilidad de volver a valerme por mí misma; cada día que pasaba tenía más sensibilidad, hasta el grado de que debí ocultar mis avances a Farid. Necesitaba tiempo de planear mi siguiente movimiento, uno que eliminara todos los cabos sueltos. Es decir, a ti.

Puedo ver que tienes miedo. No, no vas a morir, al menos no de inmediato. Estos cortes que te estoy haciendo son tu castigo, Sonrisitas. Verás, te corté las mejillas. Tienes puestas un par de cartas, unos comodines. ¿No es eso gracioso? Tienes todavía los labios enteros. Quizá cuando pase el efecto de la anestesia sientas ganas de gritar. Será la única manera de que alguien te escuche. Pero, oh, cuando intentes hablar y abrir la boca, las cartas te cortarán más y más los labios, y te dolerá más y más estar aquí, hasta que sientas ganas de gritar, y entonces serás tú quien termine de cortarse esa boquita. No volverás a besar a los míos, perra, me aseguraré de eso. Así como me aseguré de que nadie supiera lo que hacía en el asilo.

Cuatro meses pasaron antes de que pudiera sentir la punta de mis pies. Empecé a entrenarme desde que comencé a recuperar la sensación. Fue al mismo tiempo desgastante y estimulante. Seis meses y ya podía hacer todo sola, sin ayuda. Conoces esa sensación liberadora, ¿verdad? un día cambiaron a la enfermera que estaba asignada a mi habitación, y noté que mis reflejos habían vuelto. Es lo más complejo que puede hacer un cerebro: funcionar de manera inconsciente. Y el mío podía hacerlo. Dejé de depender de máquinas. Seguí haciéndome la vegetal. Farid continuaba yendo a verme, y siempre me hacía una batería mal aplicada de pruebas neurológicas. ¿No te dije que no es neurocirujano? No puede reconocer las señales adecuadamente. Pero no importó. La prueba más fuerte fue cuando llevó a Polo a verme. Me tomó de la mano y me acarició la cara. Tuve que emplear todo mi control para no lanzarme a sus brazos en ese momento. Ya no tenía salida. Polo tenía que ser mío otra vez.

Las circunstancias han conspirado a mi favor. No sé qué viste en Polo, querida. Yo lo sé, pero no puedo describirlo. ¿Te querrá cuando te vuelva a ver? Quizá lo que más le gusta es tu sonrisa. Le va a dar tanto gusto cuando te vea. Bueno, te dejaré por hoy. Vendré mañana, para ver si no te has muerto. Si te encuentran, no olvides mencionar que si abren la puerta jalarán el cordón que va hacia el gatillo. No se necesitará mucha fuerza: ya amartillé el arma, y está apuntándote directo al corazón. Quizá Farid pueda ponerte uno nuevo. No se necesita mucho tiempo para formar un nuevo corazón, tal vez un par de días. Es más preocupante tu cerebro. Se descompone muy rápido, es muy frágil, y nada garantiza que sea igual al que perdiste.

Yo era una mujer amable, ¿sabes? No solo fue la vida la que me hizo cambiar. En realidad, y si leí bien los reportes de mi hermano, soy tan sólo el cuarenta por ciento de la mujer original que fui. Y la prótesis neuronal me cambió mucho, más de lo que recuerdo. Hay aún muchas lagunas, pero creo que todo estará bien en unos años. Me voy. Quizá en la celebración del tercer tiempo ya se hayan dado cuenta de que no estás. Quizá te estén buscando. No creo que aquí. Tengo que volver a prepara mi muerte, ¿sabes? Un accidente desafortunado en el asilo, y otro aquí, contigo… y tengo que hacer que Polo se enamore de la mujer que soy ahora y no de la que fui. Tanto trabajo y tan poco tiempo para hacerlo.

Bueno. Te dejo. Recuerda que esta puerta, si se abre, te matará. Me marcharé por arriba; te dejo abierto. Si gritas, tal vez puedan escucharte. Y te va a doler. Espero que no te moleste que te deje sola y clavada a esa pared. No es nada personal; es sólo que no me gusta la competencia. Adiós.

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Ella (20)

10 nov 2014

Bestia y Satán sacaron en hombros a Polo, mientras Resto del Mundo y Black and Blues espontáneamente le hacían un pasillo al hombre que, ahora sí, se retiraba en la cumbre de su carrera, y había saboreado una vez más, y por última vez, las mieles de la victoria en la cancha. Pronto en hombros iban también Ada, Armando, y Leyli, que disfrutaba el espectáculo como nunca. Jonathan Long se acercó y Tren y Tanque lo levantaron en hombros, para que saludara a la misma altura al hombre que lo había derrotado. En hombros dieron una vuelta olímpica al estadio, y en hombros salieron a la calle. Era hora del tercer tiempo.

Y yo tenía ahora mi oportunidad para actuar.

¿Recuerdas que mencioné que nunca puedes dudar del poderío que tiene una mujer enamorada? Pues la única cosa que tiene más poder que una mujer enamorada es una madre. Y eso soy yo.

Leyli y tú estaban en la banca, Leyli en su papel de mascota del equipo. Al terminar el partido, cuando levantaron a Polo, a Ada y a Armando, te quité a Leyli de los brazos y se la pasé a Manzanares, que recibió a la niña y la subió en hombros. Me miraste, y si dijiste algo, no se escuchó entre el griterío. Entre la multitud te dí un golpe y te aturdí el tiempo suficiente como para llevarte arastrando al interior del estadio. Una vez adentro, el tiempo apremiaba, así que te llevé hasta un cuarto de limpieza, donde te inyecté con un hipnótico potente y me aseguré de que nadie nos pudiera encontrar. Ya había esperado cuatro años; seis horas más no eran diferencia.

Mentiría si no te dijera que fueron seis horas largas, pero no tan largas como las horas que pasaron desde el accidente. Recuerdo claramente, como si hubiera sido ayer, lo que pasó. Lo recuerdo desde que, siendo niños, Farid y yo comenzamos a experimentar con nuestros cuerpos. Éramos gemelos, él era mi espejo, mi otra mitad. Tuvimos una infancia muy dura; claro que terminamos en brazos del otro. Cuando tuvimos la oportunidad de escapar de casa, en Cachemira, y vinimos aquí, de intercambio, me sentí feliz; era yo otra persona aquí, y él también, podíamos ser libres, sin que nadie nos dijera nada… Si no hubiéramos sido tan jóvenes —llegamos cuando teníamos 14 años— de seguro nos hubiéramos podido presentar como marido y mujer, y no hubiera pasado lo que pasó y esta historia no hubiera sucedido; pero sucedió como pasó.

Fue una noche de octubre. Farid y yo nos amamos bajo la luz de la luna, a escondidas. Y entonces la regla no llegó. Me entró un terror pánico. Vivíamos en la casa de Rubén Olmedo y Charlotte Goldman, a quienes apreciábamos tanto que llegamos a amarlos, como a nuestros padres. Fue precisamente eso lo que me hizo tener miedo. Nuestros padres, ¿cómo decirlo? Eran unos fanáticos. sentí miedo de que mi embarazo y mi relación con Farid terminaría por hacer que nos expulsaran de su casa. Y no era fácil vivir en una tierra extranjera. Sí, debí ser más inteligente, y se me ocurrió una solución. Y no era tan difícil, en realidad. Un par de días después, aprovechamos una fiesta… alguien compró alcohol, y aproveché para que Polo y yo nos amáramos. Toda una semana. No había ya ninguna duda: para quien preguntara, mi bebé sería hijo de Polo. Me sentía tan orgullosa de mi astuto plan… Y entonces cometí un error fatal. Otra fiesta. Más alcohol. Me fui con alguien, no sé quién, de la fiesta, en una motocicleta. Supongo que estaba muy borracha como para saber a dónde me llevaban o qué estaríamos haciendo. Sólo recuerdo que circulábamos a alta velocidad y alguien se nos atravesó.

Salí disparada. Algo se me había introducido al vientre. Tanta sangre… Lo arranqué. Fue un borbotón inmenso de sangre roja y cálida. Me tapé como pude. Pero alguien nos seguía. Lo único que recuerdo es que Polo estaba ahí, se inclinó junto a mí, me reconfortó… y me bloqueó la vista para no ver la desgarradora escena que estaba delante mío; el muchacho con el que había salido de la fiesta estaba muerto en un charco de sangre; una mujer lloraba… Yo sangraba demasiado. Por fortuna para mi vida, los servicios médicos llegaron pronto. No volví a ver a Polo sino hasta mucho tiempo después.

El accidente me desprendió el útero. No solo había perdido a mi bebé; también había perdido la posibilidad de tener otros. Inventé una historia que, por increíble, tenía sentido, y era coherente con lo que había pasado. Fue Polo quien me salvó, pero fue Farid quien se quedó conmigo todo el tiempo que estuve internada. Polo e Ivanka sólo aparecían a ratos… Lloré lágrimas amargas porque algo había cambiado en mi forma de ver el mundo…

Mis padres naturales se enteraron, por supuesto, y sin más, su moralina y chocante actitud hizo que me rechazaran. Farid los rechazó a ellos. Pero mis padres de acogida, ellos no. Charlotte me trató como a una verdadera hija, así que cuando cumplí los requisitos de nacionalización, así que cuando estuve en la capacidad legal de cambiarme el nombre, pasé de ser Chandni a ser Charlotte. De cualquier manera ya me llamaban Charlie.

Supe qué había cambiado cuando Polo conoció a esa mosca muerta que era Sandra. Sentí celos. Estaba enamorada de Polo. ¿Se puede amar a dos personas? Quizá, pero el amor que sentía por Farid se volvió poco a poco menos sexual, más fraterno… en cambio, Polo se volvió el centro de mi mundo. Comencé a competir con Sandra por su amor, pero nunca lo logré. No hasta mucho tiempo después. Sandra y yo manteníamos una competencia feroz por el corazón de Polo, pero él no podía pensar en mí como una mujer. Sólo guardaba un secreto para él, pero Sandra nunca le guardó ninguno, y quizá eso fue lo que lo convenció. Lágrimas amargas, sola otra vez…

Pero Farid estaba ahí para apoyarme. Cuando por fin acepté que Polo jamás sería mío, volqué mi atención a mi carrera. Comenzamos a trabajar de nueva cuenta juntos Farid y yo, y la llama que había quedado casi extinta resurgió con fuerza. Cuando pudimos por fin probar que el crecimiento de órganos era viable, y obtuvimos como respuesta un útero nuevo, el mío, que había perdido hacía tanto tiempo, sentí que tenía una nueva oportunidad. La cirugía fue el primer paso. Volvía a ser una mujer completa, así me sentía yo, y tenía qué agradecerle a quien me había devuelto todo de la mejor manera posible. Fue un arduo año, en el que logré quedarme embarazada, pero el producto siempre terminaba en aborto, como si la naturaleza de lo que Farid y yo hacíamos nos repudiara… hasta que decidí hacer trampa. Como parte de nuestras investigaciones Farid y yo teníamos un banco de óvulos. Ivanka nos había proporcionado unos; y decidí utilizarlos como base de un nuevo embrión, un embrión sano que podría implantarme después. Fertilicé el óvulo con uno de mis cromosomas, y logré que se desarrollara hasta la etapa de blastocisto, cuando me lo injerté. Técnicamente hablando, Ivanka es la madre, dado que las mitocondrias son de ella. Supe de inmediato que había tenido éxito. Una nueva vida se formaba en mi interior, una que sería mi hija, y de nadie más. Decidí llamarla Ekaterina. Ivanka estaba tan emocionada cuando le conté lo que habíamos hecho, exceptuando el origen del óvulo. Ella siempre había querido tener una gran familia, pero no quería tener que pasar por el proceso de embarazarse.

Cuando nació Ekaterina noté de inmediato que había algo raro en ella. Un banco de pruebas reveló que mi hija era casi albina, pero con la suficiente cantidad de pigmento como para que sus ojos estuvieran bien desarrollados. Me miré en ella, y también miraba a Ivanka. No había duda alguna de quién era la madre y yo no estaba dispuesta a perder a mi bebé. También supe que Polo se había casado finalmente y que su hija Ada acababa de nacer. Lo había perdido para siempre. Me volví una solitaria, alejándome de todo y de todos, y me fui de la ciudad.

Si no me hubiera ido, quizá las cosas hubieran sido diferentes. Quise hablar por última vez con Polo, y fui a buscarlo a donde sabía que entrenaba. Estaba hablando con una camarera. La miré. Era mucho más bella que Sandra o que yo. Mi corazón se destrozó cuando él le contó a ella que su matrimonio estaba terminado, y ella lo besó. No tenía oportunidad. Lo había perdido.

No. No lo perdí. Me lo quitaste. Y lo quiero de vuelta.

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Ella (19)

09 nov 2014

capítulo 19.

Llegó el día. Incluso a quienes no les gustaba el rugby estaban hablando de él. El partido había generado tal expectación que incluso se vería en otros países. El estadio estaba a reventar; se habían instalado pantallas gigantes alrededor para que el partido pudiera ser visto por la mayor concentración de aficionados que jamás hubiera tenido el país. Había un impresionante dispositivo de seguridad. No es que nadie, ni siquiera los ladrones, se fueran a perder el partido. No había gente en las calles, no circulaba ningún vehículo; durante al menos dos horas nadie se movería de su lugar si no era imprescindible.

Era la hora.

El árbitro entró primero, acompañado de sus abanderados y del árbitro de video. Sólo lo mejor para el partido. A continuación entró la escuadra del Resto del Mundo, en el uniforme blanco y negro a rayas gruesas tradicional de los equipos invitacionales, con las calcetas de sus respectivos clubes. Todos fueron recibidos con ovaciones. Se colocaron en la media cancha, y asumieron sus posiciones. Acto seguido entraron los Black and Blues. La ovación fue ensordecedora. Entonces, y sólo entonces, entró Leopoldo Montes, enfundado en la camisa con el número uno. Los jugadores iban enfundados en uniformes azul y negro y llevaban calcetas negras. Se acercó a la zona de bancas del equipo visitante y saludó a Long con un abrazo. Se dirigió a la zona de asistencias y saludó a todos y cada uno de los asistentes de mano. Finalmente se dirigió a la zona de banca de su equipo, presentó a Rompecabezas al público, que le aplaudió hasta reventar: presentó a Ada, que recibió la primera de muchas grandes ovaciones en su vida; y presentó a Leyli, alzándola en brazos para que la multitud apreciara a su heredera. Besó, finalmente, a Lucía, y se dirigió al campo rival. Saludó a todos y cada uno de los jugadores de Resto del Mundo antes de dirigirse a su propio lado y saludar a todos y cada uno de sus compañeros. Finalmente, saludó con un abrazo a todos los miembros del cuerpo arbitral, saludó una vez más al público, para darle tiempo a los abanderados y al árbitro de video de que tomara su posición, y se colocó en su lugar.

—¡Capitanes! —gritó el árbitro. Su voz llenó el estadio y acalló a la multitud— ¿Listos?
Se escuchó el silbatazo inicial. Jonás de Resto del Mundo la pateó, y la recibió Tanque de Black and Blues. Tanque avanzó hacia la línea de try contraria, enfrentándose a Fonz y Schumacher, quienes lo detuvieron en su metro 45. Tanque jugó el balón para Ojo Rojo, que pasó para Tren, quien se las arregló para avanzar 20 metros antes de ser tacleado por Seaview y López. Tren jugó el balón, y Lamprea lo pasó a Anguila, quien se escurrió entre Fonz, Charles, Victor y Chacón antes de ser tacleado ferozmente por Michael y Bayern. Anguila tardó unos instantes en levantarse del suelo, habiendo perdido el aire en el tacle, pero jugó el balón para Huesos, quien lo pasó a Polo, quien lo pasó a Manzanares, quien a su vez lo pateó. Maybrick se las arregló para escurrirse entre el Resto del Mundo y recuperó el balón a diez metros de la línea de try, donde fue tacleado por Adrian y Fonz. Maybrick jugó el balón, Ojo Rojo lo pasó hacia Satán, quien no pudo limpiar el camino más que cinco metros antes de caer ante Schumacher, López y Seaview. Satán jugó el balón, Ojo Rojo lo pasó a Polo, y Polo corrió hacia la banda, para pasar el balón a Lamprea instantes antes de ser tacleado. Lamprea anotó el try justo cuando Titus y Corleone intentaban taclearlo. El árbitro central silbó y adjudicó el try. Rompecabezas se puso de pie y alzó los puños al cielo para celebrar junto con todo el estadio, pero Ada estaba muy ocupada como para celebrar. Gesticulaba instrucciones a los jugadores en el código que habían diseñado para ese fin, y organizó la defensa en lo que Valladares pateaba la conversión. Habían pasado apenas tres minutos.

Los Black and Blues se concentraron en el ataque y no cometían errores. Resto del Mundo era todavía un rival muy fuerte al que no había qué descuidar. Conocedores de la forma de ataque de los Black and Blues, el capitán Chacón ordenó a cada jugador que marcara a su contraparte. Rompecabezas y Ada observaban impotentes cómo la estrategia de uno a uno estaba haciendo su trabajo más difícil, hasta que Ada notó que los jugadores estaban dejando huecos en las zonas cercanas a la banda alejada del balón. Cuando se cometió una falta menor, Ada silbó el código a Polo, quien señaló a tres de sus jugadores. Bestia, Tren y Sam asintieron, cobraron la falta, y usando una formación de diamante se las arreglaron para avanzar hasta la línea de try, protegidos por la banda derecha y con constantes pases antes de ser tacleados. Ojo Rojo cobró la conversión. Diez minutos y el juego estaba ya 12 a 0.

Long gritó a sus jugadores y señaló a la zona de Black and Blues. Titus y Victor asintieron y apenas tocar el balón, patearon hacia el área de try rival. Fonz corrió lo más rápido que pudo y trató de recuperar el balón; Ada silbó instrucciones y Short trató de interceptar a su rival, pero aunque lo tacleó, la inercia de Fonz lo llevó hacia el área y el árbitro marcó el try. Corleone pateó la conversión, que fue exitosa. Trece minutos y Resto del Mundo había por fin penetrado la defensa de Black and Blues.

Pero no duraría mucho. En la siguiente oportunidad los Black and Blues no recibieron ningún tacle, utilizando una táctica de pases largos de balón. Aprovechando perfectamente la ventaja y los huecos que generaba Resto del Mundo al intentar taclear a un rival, Black and Blues anotó un try justo debajo de los palos, con Valladares siendo el anotador. La conversión la cobró él mismo, y a los quince minutos del primer tiempo el marcador estaba ya 18-6.

Ada silbó instrucciones tal y como Rompecabezas le decía, y los jugadores se acomodaron sobre la superficie de la cancha. Esta vez sí hubo tacles, Resto del Mundo había decidido que iban a vender cara la derrota y comenzaron a taclear con ferocidad. Ya habían llegado al sexto tacle cuando Polo, en posesión del balón, corrió hacia el área de try y recibió un tacle en el cuello por parte de Seaview. Con más habilidad que fortuna Polo no soltó el balón y lo apoyó en el área de try mientras caía; el árbitro decretó el try, llamó al capitán Chacón y a Seaview, sacó la tarjeta amarilla para Seaview mientras Polo recibía asistencia médica de parte de Farid, y decretó un try de ocho puntos. Sobándose todavía el cuello, Polo se puso de pie y decidió cobrar él mismo la conversión y el penal. Convirtió exitosamente los dos, y al terminar, salió del campo de juego, se tendió al suelo y dejó que le pusieran una venda en la rodilla. Regresó al juego apenas terminaron de vendarlo. Al pasar junto a su banca, hizo un par de señas; Ada retransmitió la información silbando. Durante los 10 minutos que estuvo suspendido Seaview ningún equipo anotó; el marcador continuó en 26-6. Seaview reingresó, y lo primero que hizo fue acercarse a Polo y ofrecer la mano como disculpa; Polo la estrechó y le dio una palmada en el hombro; le debía una cerveza, le dijo, y Seaview aceptó.

Apenas se reintegró el 13 cuando Resto del Mundo cuando el marcador se movió; Schumacher decidió patear a gol desde la línea de 40 metros de Black and Blues, pero Anguila alcanzó a rozar el balón con los dedos en el aire y la trayectoria se alteró; Charles se las arregló entonces para atrapar el balón detrás de la línea de 10 metros y correr para anotar el try en la esquina. La conversión que ejecutó el mismo Charles fue exitosa. En los siguientes tres minutos Resto del Mundo decidió que la mejor estrategia para anotar puntos y recortar la diferencia era hacer goles, así que apenas recibían el balón y estaban en el lado de Black and Blues pateaban. La estrategia fue exitosa y para cuando el árbitro marcó el medio tiempo el partido estaba 26-15. Polo se acercó a su banca con el rostro marcado por el dolor. Se apoyó en Farid y en Rompecabezas para ingresar a los vestidores.

Salió, diez minutos después, con un vendaje mucho más elaborado que el que recibió en el campo de juego. El árbitro le preguntó si estaba bien; Polo contestó que podía jugar sin problemas. El árbitro llamó a Farid y le preguntó si estaba apto para jugar; el médico indicó que sólo era un raspón producido por la bota del rival que lo tacleó; nada grave. El árbitro asintió y reanudó las hostilidades, esta vez pateó Polo, que al golpear hizo un gesto de dolor que el árbitro no notó, pero que Long sí. Llamó a sus jugadores y les dijo que debían marcar a Polo, para disminuirlo. En su último partido no querría salir de la cancha, estaba seguro.

Ada silbó más instrucciones mientras Rompecabezas gesticulaba. Los dos jóvenes se entendían a la perfección. Y lo que era más importante en ese instante, el equipo los entendía a la perfección. Viendo que Polo tenía problemas para seguir jugando a su máximo nivel, el juego se tornó más defensivo, y los Resto del Mundo se comenzaron a apoderar más y más del balón. En un lapso de 10 minutos Resto del mundo hizo tres tries y tres conversiones fáciles, y cuando cayó el último, el estadio estaba en absoluto silencio. 26-33 y faltaba todavía veinte minutos de juego. Long decidió jugarse el todo por el todo y sacó a Jonás, Corleone, López y Victor, para meter a Rodríguez, Oveur, Tribiani y Walton. Desgastados, Tren, Bestia y Satán fueron reemplazados por Tanque, Ruso y Tony. El juego mejoró en calidad, y más cuando Polo se las arregló para interceptar un pase de Fonz y correr hacia la línea de meta, haciendo un espectacular handoff para que Oveur saboreara el pasto por primera vez, y acercándose a la línea de try a velocidad vertiginosa, pero Walton lo detuvo con un tacle alto en la línea de 20 metros. El árbitro marcó penal. Walton vio tarjeta amarilla a escasos tres minutos de haber entrado al juego. Polo se sobó el cuello otra vez y se las arregló para patear el penal, asegurando dos puntos. 28-33. Ahora estaban a apenas un try y un gol de diferencia.

Ada decidió que la diferencia de cinco puntos era excesiva, así que silbó órdenes para que patearan a gol en cuanto pudieran. Los jugadores la obedecieron, y en dos oportunidades Manzanares y Valladares anotaron un gol cada uno. 30-33. Polo recibió un golpe accidental en la cara al disputar un balón que había sido pateado, así que se vio forzado a salir. Casas entró en sustitución de sangre mientras Farid revisaba al capitán, y se las arregló para anotar un gol extra al tratar de pasar el balón por encima de la defensa de Resto del Mundo. 31-33. Dos minutos después, entraron al mismo tiempo Walton y Polo, mientras que Casas se volvía la sustitución permanente de Sam. Faltaban cinco minutos, así que Resto del Mundo decidió combatir fuego con fuego y comenzó a patear a gol. Lo lograron en una ocasión, 31-34 a 4 minutos del final. Lo volvieron a intentar una segunda ocasión, a un minuto del final, y entonces el infierno se desató.

Chacón pateó a gol desde los 30 metros. Pero el ángulo del disparo iba inclinándose ligeramente a la derecha y el resultado fue que el balón golpeó contra el poste. Ada alcanzó a silbar una última instrucción, y Polo se giró, recibió el balón en el rebote, y comenzó a correr hacia el lado contrario. Bayer corrió hacia Polo, pero él lo rechazó con el hombro y lo tumbó. El resto de los Resto del Mundo miró asombrado cómo el kiwi volaba, y cuando se dispusieron a corregir esa afrenta, ya era demasiado tarde. Polo esquivó a Chacón, Tituspor la derecha, luego a Titus por la izquierda; Charles intentó taclearlo por la espalda pero falló miserablemente, Fonz le plantó cara y lo hizo girar hacia la banda en la línea de 30 metros, donde Schumacher ya lo esperaba. Éste se lanzó hacia Polo, que extendió el brazo y sintió un familiar crujido cuando Rodríguez se rompió la nariz contra su mano, sin lograr completar el tacle. La única línea de defensa que quedaba era Michael, que resultó ser demasiado lento para alcanzar a Polo, quien se lanzó por última vez en su carrera hacia la línea de try, deslizándose por el pasto. Con la agilidad de un hombre 30 años menor Polo se puso de pie, tomó el balón y lo lanzó hacia la banca. Ada lo atrapó limpiamente y el árbitro silbó el final del encuentro. 35 a 34.

El estadio entero estalló en júbilo.

· · · ◊ ◊ ◊ · · ·

Ella (18)

09 nov 2014

—No creo haber entendido muy bien —dijo Polo mientras caminaba por la sala. La televisión mostraba a cuatro expertos discutir el anuncio que acababa de hacer el presidente de la Federación Nacional de Rugby League—. ¿Me estás diciendo que, sólo porque ya me operaron y estoy recuperándome de forma satisfactoria, estás haciendo negocio a costa mía? ¿Qué clase de persona eres, cabrón? ¿Por qué tengo que enterarme de estas cosas al final? ¿Mi opinión al respecto no cuenta, carajo? ¿No entendiste ni una mierda?
—El que no ha entendido eres tú. Lo que te estoy diciendo simple y llanamente es que reconozco que tenías razón y es tiempo de dejarte en paz. Te estoy ofreciendo una salida que dejará satisfechos a todos, incluyéndote. Presentaremos a tu muchacho como el entrenador oficial, será el partido final de tu carrera como jugador, y todo lo que se recaude, todo, entradas, venta de recuerdos y vituallas todo, absolutamente todo, lo destinaremos a un fideicomiso a nombre de tu hermana.
—Y lo único que quieres a cambio es mi alma.
—Lo único que quiero de tí es un retiro digno. Jugarás un último partido. Black and Blues contra el resto del mundo. El equipo del que saliste, el original, contra quien tú quieras jugar. Ganes o pierdas, todos ganamos.
—No. Me estás obligando a ganar. Sabes que no puedo jugar; que a mi edad soy un anciano en el mundo del rugby. Mi reputación está en juego aquí y lo sabes. Si pierdo el juego demostraré que estoy acabado y que no merezco estar como jefe de la selección, cargo del que, por cierto, te negaste completa y terminantemente a aceptar mi renuncia de manera unilateral. Y sabes perfectamente que ninguno de los Black and Blues que fueron mis compañeros está en activo, y que los Black and Blues de ahora son un equipo de media tabla. Me estás condenando a perder. Me quieres ver destrozado.
—No. No lo has comprendido. Te estoy dando un regalo fantástico.
—Eres un bastardo. Sabes que no voy a aceptarlo, así que me obligas.
—Eres una de las pocas personas en este mundo que lo tiene todo y no quiere más. Claro que te obligo a aceptarlo. Mañana pasarán por tí para ir a la conferencia de prensa. Toda tu familia estará ahí.
—No voy a jugar.
—Claro que lo harás. Te gustan los retos.
—Me gustan los retos que yo decido enfrentar.
—Y sabes que éste te encanta.
—No.
—Sí. Te veré mañana.
La comunicación se terminó.

—Deberías hacerlo —preguntó Ada.
—¿Et tu quoque, Ada, filia mi?
—Me gustaría verte jugar. Eres una especie de ídolo para el país.
—¿Por qué todo mundo insiste en que soy alguien que hace cosas fuera de lo normal?
—Porque lo hiciste, hermano —dijo Ivanka—. A tu manera revolucionaste el rugby, primero como jugador, luego como entrenador. Y como directivo podrás lograr algo aún mejor.
—Quiero ser un hombre normal. No quiero aparecer por todos lados. Quiero vivir en paz.
—Te casaste a los 35 años, y tuviste una hija a los 36. Diez años después, tu primera esposa murió, y a los 46 años te casaste con una mujer mucho más joven, con quien tienes una hija, y que ha sido como la madre de tu hija mayor, a quien adora. De pronto te reencontraste con tu familia de crianza, eres como el padre que nunca tuvo tu sobrina, y como por arte de magia tus hermanos, tu familia y tú terminan viviendo bajo el mismo techo. Lo único que hace falta para completar un milagro es que Charlie se recupere. Con tu suerte, eso sucederá.
—Tengo casi 50 años. Muchos jugadores de rugby ya piensan en la jubilación a los 25.
—Muchos jugadores de rugby no tuvieron la segunda oportunidad que tú tuviste. No parece que hace cuatro meses ni siquiera te hubieras podido mover sin bastón. Y para tener 50 años, hermano, no los pareces. Si Lucía no te hubiera atrapado primero serías un plato apetecible.
—¿Et tu, soror?
—Te ví jugar cuando era niña —dijo Lucía—. No entiendo qué le ves al rugby, pero yo sé qué te veía a tí. Tenía 14 años cuando te vi jugar por primera vez, y tú tenías 25. Yo era una niña, pero me enamoré de ti al verte salir a la cancha en ese partido. Lo recuerdo. Black and Blues contra Águilas Reales. El único equipo de toda la federación que no representaba a un ser mitológico, un animal, o una cosa física. Un moretón, nada más. Saliste a la cancha con el uniforme clásico, cuartos azul cielo y negro, con short negro y medias azul oscuro. Eras el único con zapatos de color negro. Saliste de la mano de una muchacha muy bonita, lo recuerdo, y me imaginé qué se sentiría si hubiera sido yo la que te tomaba la mano. No me importaba ningún otro equipo: sólo los equipos para los que jugabas. Te vi pasar por Centauros, por Cañones, por Mil Cumbres, y de regreso a Black and Blues. Tenía yo 24 años cuando me enteré que te acababas de casar. Lo vi mientras limpiaba una mesa del bar junto al club, y me tuve que sentar porque sentí que se me iba el alma al suelo. Lloré esa noche, porque supe que te había perdido. Eras mi crush. Y entonces empezaste a venir al bar, y comenzaste a hablar conmigo… me contabas tantas cosas de tu casa y cómo tu familia se desmoronaba. Y yo supe que no te había perdido, que simplemente habías cometido un error. Me convertí en tu amiga. En tu asesora. En tu confidente. En tu cómplice. Tú y yo lo sabíamos todo de ambos. Y cuando te divorciaste, estuve ahí. Y esa noche, cuando te quejaste de que te hubiera gustado que una mujer tomara la iniciativa, aproveché la oportunidad. Deberías hacerlo. Tomar la iniciativa. Eso hacías cuando eras jugador, y eso le has enseñado a todos, excepto a ti. ¿Qué pasa si tomas la iniciativa y haces quedar en ridículo a todos? ¿Te imaginas?
—Me están haciendo bullying…
—¿Y por qué no hacerlo? —dijo Farid.
—¿Et tu, frater?
—Yo me limito a decir que es una oportunidad fantástica para sacar a ese payaso de la Federación.
Polo lo miró a los ojos. Asintió.

La mañana siguiente fue la conferencia de prensa. Ada y Ekaterina, vestidas de negro y azul, lo flanqueaban. Lucía y Leyli acompañaban a Farid y a Ivanka, a un lado, alejados de los micrófonos y apenas al alcance de las cámaras. Villalobos no aparecía por ningún lado.
—Quiero agradecer a todos ustedes que hayan venido, y les ofrezco una disculpa a nombre del presidente Carlos Villalobos, quien no pudo asistir por un asunto intempestivo que me parece tiene algo que ver con una máquina del tiempo y un anticonceptivo.
Los asistentes rieron.
—Comprendo que hayan escuchado ustedes un montón de cosas con respecto al partido que tendremos en unos meses, para conmemorar mi retiro. Aparentemente, los términos del mismo se han confundido un poco, y me gustaría aclararlos, aquí, frente a todos.
»Primero, es cierto que voy a jugar con Black and Blues mi partido de despedida, pero no como entrenador: como dueño. Hace unas horas me convertí en propietario del club que me hizo lo que soy. Entrenaré con ellos y jugaré con ellos una última vez, y nunca más volveré a pisar una cancha en calidad de jugador. Mantendré mi posición habitual de pilar izquierdo, pero después de esto, no volveré a jugar rugby a nivel profesional ni amateur.
»Segundo, no hago esto por ningún motivo que no sea egoísta. Mi hija y mi sobrina, aquí presentes, jamás me vieron jugar. Mi esposa ha sido aficionada no al deporte, sino a un jugador en específico. Ella tampoco me vio jugar jamás en vivo, ocupada ella como estaba de atender a los parroquianos que acudían a la taberna en la que trabajaba, la cual estaba junto a la asociación estatal, a unos pasos de distancia de la cancha en la que mi equipo entrenaba. Mucho me gustaría que me vieran jugar por última vez.
»Tercero, acabo de iniciar un fideicomiso, a nombre de mi hermana Charlie Bhatt, dedicado íntegramente a desarrollar tratamientos para quienes sufren daño cerebral, como mi hermana, resultante de un accidente automovilístico. Me hubiera gustado que fuera nuestro presidente Carlos Villalobos quien hubiera hecho este anuncio: la Federación se ha comprometido a donar íntegro el dinero recaudado de la venta de boletos, alimentos, bebidas y recuerdos del partido que jugaré, vistiendo el uniforme de Black and Blues, junto con los actuales miembros de la selección nacional y bajo la dirección técnica de Armando Máximo, mi brazo derecho.
»Cuarto, deseo anunciar aquí mi postulación para asumir la presidencia de la Federación Nacional de Rugby League en las siguientes elecciones. No dudo que enfrentaré a nuestro amigo Carlos en las elecciones, y no dudo tampoco que el resultado de este partido sea capaz de decidir en las elecciones. Gane o pierda, sigo siendo un hombre de rugby league y seguiré trabajando por el deporte que amo y que me hizo lo que soy.
»Finalmente, y sin importar el resultado del encuentro, apenas suene el silbatazo final renunciaré a mi puesto como seleccionador nacional, de manera irrevocable, y será Armando quien asuma esa posición. Muchos tendrán dudas sobre el desempeño de Máximo como entrenador, siendo que es aún muy joven; a ellos, les recuerdo que yo no estuve entrenando con la selección nacional estos últimos seis meses, por estar convaleciente de las operaciones que me permitirán jugar una última vez, y que fue Máximo quien, como mi suplente en el banquillo de seleccionador, logró que calificáramos en primer lugar del grupo al mundial que se celebrará el próximo año. No tengo ninguna duda de que será Máximo quien llevará a nuestro país a alturas mucho más elevadas que las que yo que yo lograra alcanzar durante mi permanencia como seleccionador nacional.
»Mis estimados amigos, sé que el estadio estará lleno a reventar, y que millones de personas querrán ver si este veterano es capaz de alzarse con la victoria. No tengo ninguna duda de que lo haremos. Pero también deseo recordarles que es por una buena causa, aunque esta causa tenga origen en el egoísmo, la soberbia quizá, de este humilde jugador de rugby. Por eso les ruego a quienes me vieron jugar que no vayan al estadio. Permitan que aquellos que nunca lo hicieron sean quienes asistan. Ustedes, amigos míos y aficionados al deporte, por favor, donen al fideicomiso Charlie Bhatt y permitan que aquellos menos afortunados que ustedes tenga una segunda oportunidad. Me retiro, porque tenemos muchas cosas qué hacer para que este partido sea memorable.
»Muchas gracias.

Polo se retiró, acompañado de su familia. Los reporteros se quedarían esperando que alguien resolviera sus dudas: la especulación sobre el partido se extendería por semanas y no parecía tener visos de disminuir. Incluso quienes no les importaba el deporte se habían subido al tren y compartían sesudas opiniones al respecto. Pero lo más importante de la conferencia de prensa sucedería apenas Polo saliera del auditorio. Carlos Villalobos llegó corriendo tras Polo, sudoroso y cansado, y lo había tomado del brazo para encararlo.
—¿Qué hiciste, hijo de mil putas?
Polo le retiró el brazo.
—Aprendí del maestro. Disfruta lo que te queda de tiempo como presidente.
—Te voy a destruir.
—Inténtalo. Y mucho cuidado con no seguir al pie de la letra lo que dije, si quieres retirarte con dignidad. Busca a los mejores jugadores del mundo. Nos enfrentaremos contra ellos y atraeremos las miradas. Gane o pierda el juego, ahora el que va a perder eres tú.
Polo se alejó, mientras Villalobos gritaba maldiciones.

Polo se volcó completamente al entrenamiento. Lucía se encargó de mantenerlo lo suficientemente cuerdo, al grado de que muchos se preguntaban cómo era posible que hubieran durado tanto casados. Nunca puedes dudar del poderío que tiene una mujer enamorada. Farid se dedicó en cuerpo y alma a monitorear el entrenamiento de Polo, para que ni él ni su equipo se fuera a lesionar antes del juego. Lucía misma se dedicó a supervisar los requerimientos nutricionales; no sólo eso; sino que ella misma se dedicaba a cocinar para todo el equipo. Leyli se había convertido en la mascota del equipo, bien pronto se convirtió en un ritual acariciarle la cabeza a la nena para obtener suerte. Con ella en el campo, los jugadores se sentían más confiados.

Pero si Leyli era la mascota, Ada era la inspiración. Entrenaba al parejo que ellos. Nadie estaba dispuesto a dejar que una chiquilla de 14 años fuera mejor que ellos; con Ada en el campo, todos tenían que dar su mejor esfuerzo. La chica quizá no pudiera hablar, pero tenía una personalidad que lo compensaba. Se había vuelto la entrenadora no oficial del segundo equipo; si los Blacks se enfrentaban a los Blues, los partidos terminaban decididos por unos pocos puntos, y nunca por más de un try. En cambio, en los partidos de preparación que Black and Blues había tenido contra el campeón, subcampeón y el primer lugar del torneo nacional, los había aplastado con victorias contundentes: 78-0, 72-0 y 84-0. Ada había sido entrenadora auxiliar en los tres juegos, y en los tres juegos había sido impecable su desempeño. Se había ganado a pulso su lugar.

Black and Blues funcionaba ya como un motor eficiente. No sólo eran capaces de jugar sin necesidad de hablarse: podían jugar sin necesidad de verse. Los juegos que habían tenido como preparación, a puerta abierta, demostraba que Polo, aunque mucho más lento que antes, todavía estaba en forma. Su posición como 10 no era tan ventajosa para un capitán, pero no lo necesitaba: había entrenado a su equipo para que reaccionara con elegancia a cada situación. La selección del resto del mundo no tendría oportunidad porque jamás habían estado tan compenetrados.

Una semana antes del juego el país se había paralizado. El rugby había pasado de ser un deporte minoritario a un deporte de masas. Lo que pasara después del juego no tenía importancia: antes del juego, hasta los más recalcitrantes se habían sumado al tema, algo que no se veía desde los tiempos en que Nelson Mandela era el presidente de Sudáfrica en el mundial de rugby de 1995. La selección del resto del mundo arribó al Centro de Entrenamiento, y Polo en persona se encargó de recibirlos a todos y a cada uno en el aeropuerto y llevarlos hasta el hotel. El entrenador de Resto del Mundo, Jonathan Long, incluso cenó con su gran rival y amigo la noche en que llegó. Pasara lo que pasara, se decía, el tercer tiempo sería épico.

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Ella (17)

07 nov 2014

Capítulo 17.

Eran las seis y media de la mañana cuando lo despertaron unos insistentes golpes en la puerta de su habitación. Farid se levantó de mala gana, quitó el seguro de la puerta y abrió un poco la hoja.
—¿Qué pasa? —preguntó, bostezando.
—Ven. Nos vamos a correr.
Farid cerró la puerta. Polo la volvió a abrir.
—Nos vamos a correr.
—Ni tú puedes correr ni yo puedo correr.
—Precisamente —dijo Polo, poniéndole una maleta entre las manos—. Zapatos, short, camiseta. Es un día fresco. Comenzaremos caminando, e iremos subiendo de nivel conforme avancen las semanas.
—No.
—Mi techo, mis reglas. Tu techo, mis reglas. Nos vamos a correr.
—Oblígame.
Polo inclinó la cabeza de lado a lado e hizo crujir las vértebras cervicales.
—Como gustes.

Diez minutos después estaban en el marco de la puerta.
—Comenzaremos con unos ligeros ejercicios de calentamiento. Caminaremos dos kilómetros a velocidad moderada, y estiraremos. Será todo por hoy.
—Tengo que llegar temprano a la oficina.
—Y mientras menos tiempo te la pases quejándote, más tiempo tendrás para hacer tus cosas. Comenzaremos por el cuello.
Terminaron de calentar y comenzaron a caminar. Polo iba hablando, contento; Farid con trabajo podía caminar y respirar al mismo tiempo.
—No puedo creer que hayas dejado decaer tu condición física tanto.
—Si…
—Quiero decir, no es que el tenis hubiera sido precisamente una actividad de alto impacto, pero al menos te servía…
—Sí…
—No sé por qué dejaste de jugarlo. Está bien que no eras precisamente el mejor tenista pero te defendías.
—A veces…
—Charlie era muy buena. Debió ser seleccionada olímpica de haber tenido la oportunidad. Quizá incluso pudiera haberse vuelto profesional. Si hubiera sido entrenadora…
—Sí…
—De verdad que no entiendo cómo es que un médico como tú se dejó caer tanto, hermano. Ya casi cumplimos los dos kilómetros, cien metros más…
—Sí…
—Puedo entender cómo es que yo me dejé decaer. No tanto decaer como negarme a ver que estaba jodido. Pero tú, carajo, tú entre todos. Y Charlie. Hablando de Charlie, nunca nos contaste finalmente cómo murió finalmente Charlie. Ahora, detente aquí, vamos a hacer unos ejercicios de enfriamiento y estiramiento, recupera el aliento primero, aspira… contén… exhala…

—No me gusta hablar de eso. Es mi fracaso más grande —dijo Farid un mes después, cuando ya podía trotar cinco kilómetros sin perder el aliento.
—Necesitas sacarlo de tu sistema, hermano.
—No es fácil decirlo. ¿Recuerdas que el rector de la universidad fue a mi clínica? Cuando desconecté a Ekaterina. Charlie estaba en la habitación de al lado. Me había negado a desconectarla… y cuando no estaba con Ekaterina o durmiendo, trabajaba con Charlie. Pero llegó el momento en que me desmoralicé; debía admitir que Charlie no se iba a recuperar. El rector me dijo que debíamos desconectarla. Era lo correcto. Pero no podía. Yo no podía. Me era imposible desconectarla; era mi hermana. Hasta que un día escuché de una chica que necesitaba un trasplante, con carácter de urgente, de riñón.
»Llamé al hospital; si me ayudaban a trasladar el órgano, les donaría el riñón izquierdo de Charlie, que no había sido dañado. Coseché el órgano, pero en lugar de desconectarla, implanté un riñón recién impreso. Y el injerto prendió. Charlie estaba dando vida después de muerta. Anuncié que donaría todos sus órganos y la dejaría morir… y en realidad todos los órganos los reemplacé. Reemplacé todo, excepto el cerebro. Todo funcionó. Documenté todo el proceso. Charlie y Ekaterina habían sobrevivido al proceso, sin secuelas graves.
»No es un proceso perfecto, hermano. Se requiere mucho, pero mucho trabajo, y por alguna razón que no termino de comprender, los órganos y tejidos terminan teniendo una densidad mayor, y se acumula masa. Un riñón, por ejemplo, pasa de pesar menos de 200 gramos a pesar casi 300. Los tendones y los músculos también se vuelven más gruesos y fuertes, que es lo positivo del procedimiento. Pero la mayor densidad se acumula en los huesos. Sigo estudiando el proceso completo, pero en promedio todo lo que reemplazo aumenta de peso entre un 15 y un 35%.
—Eso resuelve la duda de por qué si hago ejercicio y bajo de tallas, peso más.
—Sí, yo también lo noté. ¿Te ha dolido algo?
—No. Al menos, nada a lo que no esté yo acostumbrado. Pero me decías de Charlie…
Se pusieron a estirar los músculos.
—Lo último que hice fue algo de lo que no me siento orgulloso. Fue cuando me decidí a aceptar tu oferta de mudarme contigo. Terminé una última operación con Charlie, con un electroestimulador neuronal. La idea general, sin meterte mucho en los auténticos problemas que representa el concepto, es estimular el cerebro a que trabaje, mientras un ejército de células madre reemplaza las neuronas muertas. Es más que eso, pero es más o menos la idea, ¿comprendes?
—No, pero supongamos que sí. Entonces querías volver a hacer que funcionara el cerebro de Charlie.
—Sí. Sabemos que el cerebro es más que un órgano, pero se lo debía a Charlie. Y a Ekaterina. Quizá el problema de habla con Ekaterina se pudiera solucionar si sabía qué debía cambiar. Pero también sabes que no soy neurocirujano. Me pasé la noche en vela, intentando decidir. Hablé con Charlie; sabía que no me iba a responder, pero también sabía que debía hacerlo, aunque fuera para sentirme mejor.
»Le pregunté qué debía hacer, hermano. Le pregunté, y ella me apretó la mano.

Habían pasado dos años, pero hubiera podido ser ayer; así de fresco estaba el recuerdo. Farid estaba sentado, llorando, asido de la mano de Charlie. Acababa de desconectar todas las máquinas de vida artificial. Continuaba conectada al monitor cardiaco.
—¿Qué debo hacer, hermana? ¿No te he hecho sufrir ya demasiado? ¿Valdría la pena intentarlo? —preguntó.
Farid sintió un apretón ligero en la mano. Abrió los ojos.
—Chandni? Kyā āpa vahāṁ haiṁ? —¿Estás ahi?
Otro apretón. Más fuerte.
—Mujhē kyā karanā cāhi’ē? —¿Qué debo hacer?
No hubo respuesta.
—Maiṁ yaha karanā cāhi’ē? —¿Debo hacerlo?
Un apretón.
—Yaha cōṭa karatā hai? —¿Te duele?
No hubo respuesta.
—Maiṁ yaha karūm̐gā —Lo haré.

Preparó todo. De nueva cuenta hizo todo el trabajo solo. No había una razón para no hacerlo. Volvió a intubar, volvió a conectar las máquinas de soporte vital, volvió a abrir. No hay casi sangrado en la cabeza si no dañas directamente el cerebro. Eliminó todo el tejido que estaba muerto, lenta y penosamente, observando y reemplazando sólo lo mínimamente indispensable. El cerebro es más que un órgano, y es muy flexible. Colocó las prótesis, las mismas prótesis que había diseñado sin probar, el mismo sistema que había utilizado en Ekaterina. Pero no de manera tan extensa. El cerebro es más que un órgano, así como en Ekaterina los implantes funcionaron pero no correctamente, tampoco lo harían en este caso. Pero Farid no tenía manera de saberlo. Fueron casi 40 horas sin dormir, sin comer, sin descansar. Haciendo el trabajo solo. El último paso fue una simple operación plástica: removió todo el cuero cabelludo íntegro y lo reemplazó por piel artificial, con el objetivo de que no quedaran cicatrices tan visibles.

Dos semanas después, volvió a desentubar. Corrió toda la serie de pruebas que esperaba. Salvo el cerebro primitivo, no había respuesta. Respiraba sola, abría los ojos, parpadeaba, todos los reflejos parecían estar ahí… pero no había conciencia. Farid se echó a llorar. Había fracasado…

—La llevé a un asilo, con la esperanza de que los cuidados que le pudieran dar ahí le dieran más tiempo para la recuperación. Es un órgano sumamente complicado, el cerebro. Hay una orden de no resucitación, por ejemplo… No me resigno a dejarla ir.
—¿Ha mejorado?
—Después de nueve meses cambiaron a las enfermeras. Una de ellas no sabía que Charlie necesitaba ser entubada para comer y la alimentó con cuchara. Ella tragó sola. Puede beber también, si llega a cierta cantidad en la boca. No hacía eso cuando estuvo conmigo. Cada mes voy, le hago una batería completa de pruebas neuronales, y noto cierto avance. Muy poco, pero lo noto. Quizá si continúo investigando el cerebro podré dar con una cura. Es mi esperanza. La amo, hermano, la amo como no tienes idea.
—¿Dónde está? ¿Cómo has podido mantener en secreto esto durante tanto tiempo?
—El asilo está cerca de aquí. ¿Quieres visitarla?
—Sí. Quiero convencerme de que dices la verdad.
—Lo haremos después de desayunar.

Era un palacete amplio y bien iluminado, con más aspecto de abadía o convento que de hospital. Cuatro pisos, tres pisos con 100 camas para los pacientes y un piso con departamentos para los residentes, tanto médicos como de enfermería. Polo y Farid estacionaron el auto en una entrada flanqueada por árboles. Era como estar en una casa de campo, pero en el interior de la ciudad. El arquitecto que la había diseñado, consciente de que afuera no habría nada que ver afuera, diseñó todo de manera que mirara al interior. Cuatro enormes patios con jardines bien cuidados completaban el conjunto. No era mal lugar para vivir. Farid ya era conocido por todos, así que de inmediato lo guiaron hacia su paciente.
Y ahí estaba, tendida en la cama, como dormida. La larga cabellera negra caía en una cascada. La enfermera había terminado el aseo diario.
—Los dejo a solas. Llámenme si necesitan algo.
—Gracias, Ana —dijo Farid. Esperó hasta que cerrara la puerta antes de continuar —. Aquí la tienes.
—Mein gott, no ha envejecido un día —dijo, colocándose a la izquierda.
Acercó la mano para depositar una caricia.
—Es como si estuviera dormida. Incluso parece que está sonriendo.
—Y tal vez lo esté haciendo. Ambas cosas —dijo Farid.
Sacó su instrumental del maletín.
—Chandni, Charlie, somos Farid y Polo. ¿Recuerdas a Polo?
Si Polo notó un estremecimiento, no le dijo nada a Farid.
—Cómo me gustaría que pudieras venir con nosotros —Polo colocó una hebra de pelo rebelde detrás de la oreja— y ser otra vez una familia completa, como antes. Ekaterina está tan bonita, y Ada cada día que pasa se parece más a su madre y no a mí…
Farid dejó que Polo hablara y hablara. Él también necesitaba hablar. Comenzó a trabajar.

Pero los dos salieron cabizbajos de la habitación ese día.

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