Día de Muertos (y 43)

19 de marzo.

—Se realizaron las transferencias tal y como estaba planeado. Lamentablemente, como las cuentas de los receptores fueron congeladas a raíz de los sucesos de hace dos días, los depósitos no fueron realizados —dijo Chandler.
—No nos tomará ya mucho trabajo limpiar los libros. Los programas de contabilidad ya no redondean, el flujo de efectivo es constante, y la auditoría fue exitosa. Sólo nos falta encontrar a los herederos y podremos terminar el caso con éxito —dijo Anna.
—De esta manera, podemos considerar cerrado el caso —dijo Russell.
—Es correcto, señor.
—Muy bien. Creo que se lo han ganado. Los nombraré socios de la firma. En su caso, señor Lear, será la primera vez en la firma que un ingeniero es nuestro socio, pero dudo que enfrentemos un problema.
—Es muy generoso, señor —dijo Anna—, pero el capital…
—El dinero es lo de menos, señorita Bell. Con las bonificaciones que emitiré en su caso tendrán más que suficiente para cubrir la aportación de capital que se requieren.

4 de abril.

Dexter y Francisco fueron dados de alta el mismo día. Habían sobrevivido exitosamente al ricino y se habían recuperado por completo. Ixchel firmó el alta y las dos familias salieron del hospital con una sonrisa en los labios.
—Me tardé un poco, pero te cumplí lo prometido —dijo Juan, estrechando la mano izquierda de Dexter. La derecha volvía a estar en escayola.
—Ojalá te hubieras tardado un poco menos.
—Eso también te lo puedo compensar. Verás, un amigo mío está buscando alguien que pueda dar clases el próximo semestre. Es la escuela de arquitectura. Estructuras, me parece. Prefieren un ingeniero civil, ya sabes, alguien experto. Creo que serías apropiado para el trabajo. Creo que tu asistente personal y tú podrían coordinar sus agendas para que no interfiera mucho con su trabajo en la planta —sonrió, mirando a Esperanza.
—Creo que algo podremos organizar —dijo ella, abrazando a Dexter.
—Cuida a este hombre, por favor. Le gusta meterse en problemas.
—Lo haré —le dio un beso en la mejilla a manera de despedida.
—En cuanto a usted, caballero —dijo, saludando a Francisco—, tengo entendido que le ofrecieron un empleo con nosotros.
—Aún no sé si lo aceptaré.
—No tiene prisa alguna. No se han abierto las vacantes. No mientras Zazel no empiece a pensar en la jubilación. Cuide y disfrute de su familia, ahora que tiene oportunidad. Nos volveremos a ver antes de diez años, se lo aseguro.
—Siendo así, cuente conmigo —se estrecharon la mano.
—En ese caso, mi trabajo aquí está cumplido. Mis muchachos los llevarán a casa.
Los vio alejarse. Ixchel le pasó una mano por la cintura.
—¿Algún problema con ellos?
—Ninguno. Oh, bueno, tendrán un problema para decidir cómo se llamará su primera hija, pero sobrevivirán. Y ahora, ¿irías conmigo a cenar y a tomar una copa?
—Pensé que nunca me lo pedirías.
Juan sacó un reloj de bolsillo. La leontina destellaba al sol.
—Estaba esperando el momento exacto.


1 de noviembre. Dentro de seis años.

Hazel representaba a Hand y Asociados en la ceremonia de apertura. Normalmente el señor Hand estaría ahí; pero ese día tenía un acto infinitamente más importante que esa licitación, aunque esa licitación fuera para la construcción del nuevo museo que hospedaría el frágil Guernica. Un trabajo impresionante, ya que el Guernica no podía ser movido y cualquier vibración fuerte podría acabar con él. Pero la señorita Nutt había sido parte del equipo que había diseñado el procedimiento constructivo por el cual se remodelaría el museo Reina Sofía sin afectar el valioso cuadro. Nadie más podía hacerlo más que su empresa. Escuchó cómo leían el acta. Una mera formalidad. Levantó la cabeza con orgullo cuando escuchó el nombre de los ganadores de la licitación.

 

 

Amparo todavía no cumplía los dos años de edad, y tenía cierta afinidad por golpearse en todas las esquinas. Dexter era igual a su edad. Pero ahora Amparo estaba muy quieta, mirando el mar de gente delante de ella. Caridad la llevaba en brazos. Papá estaba adelante. Mamá también. Milagros tomaba fotografías y más fotografías de ese momento, mientras las cámaras grababan todo el evento. Luego editaría los mejores momentos. Estaban felices: no todos los días asistían a una graduación.

Esperanza estaba en la primera fila. Todos los honores de esa generación de arquitectos recaían en ella: el mejor promedio de la carrera de arquitectura, el mejor proyecto de graduación, el mejor examen profesional, incluso el tiempo de graduación más corto. Miró al frente. Dexter estaba en la mesa de honor. Fue elegido, unánimemente, como el padrino de la generación. Esperanza había hecho lo imposible por no tomar clases con él; sólo para evitar un posible conflicto de intereses. Ya saben, la vieja historia, profesor joven, alumna bonita, una sonrisa aquí, un guiño por allá… Ni pensar lo que pasaría cuando se enteraran de que estaban casados. Pero no había mejor profesor de diseño estructural en toda la universidad; en eso todos sus compañeros habían estado de acuerdo.

La banda cesó de tocar y el maestro de ceremonias comenzó el discurso inaugural.

 

 

Quintín Kulkán recibió en su despacho a Juan Destino.
—Seré rápido —dijo Kulkán, sirviendo un par de copas de xtabentún—. He revisado su trabajo, y me ha gustado bastante lo que ha hecho. Se ha ganado un ascenso y he querido ser yo quien se lo anuncie —bebió.
Juan hizo lo mismo. El licor le dejó un familiar calor en la garganta. Kulkán rellenó las copas.
—Me convenció su desempeño de hace seis años. Ese que corrigió el error de hace once.
—No hubiera podido hacerlo si usted no hubiera intervenido, señor.
—¿Intervenido? ¿Cómo intervine?
—El Guernika, señor. Si no hubiera usted elegido ese Guernika coloreado para colgar en esa sala, me hubiera costado mucho más trabajo.
Kulkán se sentó en el escritorio.
—Muy bien, joven.
—Todo es parte del plano. Era cuestión de llevar a la práctica el diseño y activar los circuitos apropiados en el momento justo.
—Excelente. No me equivoqué cuando lo escogí. Zurvan me dice que es usted el candidato natural para sucederlo.
—Es un gran honor.
—Empezará a trabajar el próximo lunes directamente con él.
—Claro que sí. Oh, perdón, el lunes no puedo.
—¿Qué? ¿Por qué?
Destino sacó un sobre lacrado del bolsillo interior del abrigo.
—Es el día de nuestra boda, señor. De Ixchel y mía. Confío que pueda asistir con tan corta notificación.
—Creo que podré hacerme tiempo para asistir —Kulkán sonrió. Brindaron con las copas de xtabentún—. Así lo ha dispuesto el Destino.

Día de muertos (42)

17 de marzo.

—¿Cuánto vivirá? —preguntó Zazel, subiendo en la ambulancia. Encendió un cigarrillo.
—Lo suficiente —dijo Ixchel. La puerta se cerró y se pusieron en marcha.
—Ricino —dijo, entregándole la bolsita con la bala. En el pico encontrarían lo mismo. También en el cuchillo. La herida tenía un feo aspecto.
—Casi toda la cera está ahí.
—Le dolerá un rato. Pero no morirá.
—Ninguno morirá. No hoy.
—Me apetecía trabajar con éste.
—Tendrás tu oportunidad mañana. Lo dijo Juan.
—Son cosas del Destino, ¿verdad?
—Sí.
—No sé qué le ves.
—Es impredecible. Eso me gusta. Me gustó también lo que hiciste allá adentro.
—Haremos un poco de papeleo, pero funciona. Era necesario el revuelo.
—¿Por qué no detectaron las armas?
—¿Quién dice que no las detectaron? Fue un simple error que alguien hubiera estado volteando para el otro lado, o que le hubieran hecho una pregunta a destiempo al guardia. Nada grave…
—Tres murieron.
—Me lo debían. Se escaparon hace cinco años, cuatro meses y dieciséis días, y en cambio, tuve que llevarme a seis que no debían estar ahí. Siete, si contamos a la pequeña. Me falta uno para cerrar el expediente.
—Sólo un día más.
—Soy un hombre paciente. Siempre lo he sido. Por eso soy tan bueno en lo que hago.
Se caló la capucha y se reclinó en el asiento, el humo cubriéndole la cara. Ixchel lo miró. En la oscuridad, para cualquier persona cuerda aquella imagen debía ser aterradora.

 

Dolía. Ardía. Francisco pasaría algunos días más en la cama del hospital. El personal estaba atento; el envenenamiento por ricino no era común, pero tampoco desconocido. Electrolitos intravenosos, medicamentos para controlar la presión arterial, anticonvulsivos… Y Mariana junto a él. Se lo debía. Se lo habíá prometido. No moriría. No hoy. Miró al hombre de la capucha con el cigarrillo en la boca, sin encender. Hizo una caravana de despedida, casi imperceptiblemente. Zazel le dejó un paquete antes de retirarse.
—Ábrelo, amor —dijo Francisco. Mariana lo abrió.
Ella sacó un chaquetón de piel con una capucha. Lo extendió. Le quedaría bien, decidió.
—Te protegerá del frío y de la lluvia cuando regrese el invierno. Me gusta.
—Sí. Creo que lo usaré.
Una parka. Apropiado. Sobreviviría. Se lo había dicho Armando Zazel en persona. Y tenía un trabajo para él en su departamento. Era un elemento valioso, paciente, que conservaba la calma y pensaba rápido. Sería muy bueno en su sección. No tenía que aceptar de inmediato. Geráis tendría mucho tiempo para pensarlo y podría ver crecer a sus hijos. Mariana lo tomó de la mano. La herida ardía, pero se pondría bien.

 

Dexter abrió los ojos y miró un techo desconocido. El hombro le dolía horrores. Ningún hueso roto en el hombro, suponía. Conocía el dolor de un hueso roto. La mano estaba rota otra vez, lo sabía. Pero el hombro dolía horrores. Siempre el brazo derecho. Es curioso, se dijo. Había una gran cantidad de líquidos entrando por sus brazos. Parpadeó. Quiso girar un poco la cabeza. El cuerpo entero le dolía. Miró el cielo. Debía ser de noche. Las constelaciones estaban ahí: Casiopeia, Cisne, la Osa Mayor. No. No eran constelaciones. Eran Milagros, Caridad y Esperanza. Quiso hablar. El hombro le dolía y tenía una inmensa sed.

Esperanza despertó. Se acercó presurosa. Él pareció reconocerla.
—Me diste un susto de muerte.
—Nunca más. Te lo prometo.
— Hablé con los médicos. Te pondrás bien.
—¿Y el juicio?
—Ni siquiera comenzó.
—Duele.
—Lo sé. Pero pronto iremos a casa.
Miró su hombro.
—Se supone que yo soy quien debe cuidarlas a ustedes.
—Lo hiciste. Mejor que nadie —comenzó a llorar en silencio.
—¿Y tu padre?
—No lo sé y no me importa. Me importas tú.
Esperanza miró la habitación. Miró a sus hermanas. Miró al hombre que amaba. Tomó una decisión. No se separaría de él bajo ninguna circunstancia. Lo había visto tan claro como su estuviera dibujado en un plano.

Dexter cerró los ojos un instante. Él también había tomado una decisión. Le dolería, pero ya estaba acostumbrado. Abrió los ojos y se apoyó en el brazo derecho. Con el brazo izquierdo atrajo a la joven hacia sí. La besó apasionadamente.
—Deberías correr lejos de mí. Eres muy joven. No eres una mujer sino una bebé. Deberías estar con tu madre.
—Claro que sí, anciano —dijo ella, riendo—. Sólo me llevas 16 años y de cualquier manera quiero un noviazgo de dos años, ¿te enteras?
—Te amo —dijo, cerrando los ojos.
Ella subió a la cama y se acurrucó en su lado izquierdo.
Era un hombre bueno y un hombre inocente. ¿Qué más podía pedir?

 

Despertó. No tenía ni idea de dónde estaba. No era la primera vez que eso pasaba. Había algo mal. Un hombre inteligente como él sabía reconocer cuando algo estaba mal. Levantó el brazo derecho. Faltaba algo…
—Tuvieron que retirar tu mano. De todos modos no la ibas a utilizar más —dijo Zazel.
La capucha de la sudadera ocultaba la cara macilenta, las cortinas echadas ponían todo en penumbra. Había un cigarrillo encendido, y el humo se acumulaba frente a él.
Sintió miedo. Miedo como aquella noche de abril…
—Podemos hacer las cosas fáciles o difíciles. A partir de mañana eres mío, cabrón.
Miró el muñón.
—Te ayudaría. Te hace falta una buena mano. Pero no. Mañana te trasladan al hospital de la cárcel. Un buen amigo tienes ahí, ¿no? Numa Pompilio Baeza, me parece que se llama. Creo recordar que es tu tío. Un tipazo, como tu padre. Y ya sabes, la manzana suele no caer muy lejos del árbol. Me pregunto qué dirá cuando sepa lo que hiciste en el juicio. Te cargaste a tres, ¿sabes? Sólo queda un nombre en mi lista de aquel primero de noviembre de hace 5 años, cuatro meses y… veamos, en diez minutos más, diecisiete días, ya.
Sonrió, la sonrisa mostrando unos dientes blancos y rectos, los ojos hundidos, la nariz chata, la piel macilenta. Se fijó en el nombre de la placa que colgaba de su cuello. A. Zazel.
—Mira nada más la hora que es. Casi es medianoche. Debo marcharme. No hagas locuras; está muy alta la ventana y nadie te vería caer. Te veré en media hora.

 

Cerró la puerta al salir. El guardia apostado estaba en la silla, dormitando. Dio vuelta al seguro. Era inteligente tener el seguro por fuera en esas habitaciones; imposibilitaban que el sospechoso saliera en secreto.

Bajó por la escalera. Tenía tiempo. Miró la escalera de emergencia, y se sentó en los primeros escalones, cerca de la zona marcada como punto de encuentro. Se apoyó en el barandal y encendió un cigarrillo. Fumó tranquilo, sin que nadie lo molestara. Miró su reloj. Aún quedaban unos minutos. Ya lo había dicho el ingeniero que revisó ese hospital: descolgarse por la ventana de la habitación más alejada para alcanzar la salida de emergencia era peligroso; se necesitaban dos buenas manos para asirse y no resbalar. Había que hacer cambios para ajustar ese falla. Un accidente, nada más. Se retiró la manga izquierda, dio la última calada al cigarro y lo apagó en la vieja cicatriz junto al xoloitzcuintle, ese que siempre acompañaba a los muertos en el viaje al Mictlán.

Si gritó, no lo escuchó. Sintió la vibración en el suelo. Se puso de pie y caminó hacia el punto de encuentro. La mirada vacía de Aquiles era casi como la suya.
—Hora de la muerte, veinte minutos pasada la medianoche, 18 de marzo. Al forense no le va a gustar el cagadero que dejaste, muchacho.

Día de Muertos (41)

17 de marzo.

Zazel terminó de fumarse el cigarrillo. Se levantó la manga izquierda de la sudadera y se tocó el viejo tatuaje en forma de xoloitzcuintle. La cicatriz seguía doliendo tras tantos años. Era un buen recordatorio de su trabajo. Miró el reloj, apagó la colilla en la vieja cicatriz y se caló la capucha. Era hora de trabajar y todos los sabían. Se dirigió a la sala de juicios orales. Nadie lo interrumpió en su camino. Era como si no estuviera ahí.

Con la experiencia de los años, Zazel entró sin hacer ruido por la puerta de los jueces. Pudo observar a la izquierda a Dexter, Erwin, Esperanza, Caridad y Milagros. Estaba también el guardia de seguridad, Francisco. Un buen elemento. Quizá lo reclutara en un futuro. A la derecha, Rocco, David, Jonathan y César. Evidentemente, nerviosos. No era fácil estar con aquel hombre. Aquiles estaba apenas tomando asiento. Lo miró. Calvo, gordo, traje barato, una corbata vulgar, la mirada de quien sabe que el mundo lo desea muerto. El área de reporteros estaba vacía. Nadie más atestiguaba el juicio. Mejor. Le gustaba cuando su trabajo era mucho más sencillo. Melchor, Gaspar y Basaltar en el estrado de jueces. Ruy e Ixchel en el estrado de testigo. Juan estaba junto a la puerta, de pie, junto al policía. Zazel lo miró a los ojos, con la mirada vacía característica de su trabajo.

Juan asintió.

Para otra persona hubiera sucedido muy rápido. Incluso con las cámaras grabando aquello requeriría una profunda concentración para observar lo que pasaría. Zazel observó desapasionadamente. Un trabajo sencillo. Había visto miles de esos a lo largo de los años. Todavía estaba en facultades. Kulkán lo sabía, Nubis lo sabía, Akarana lo sabía, Lúgh lo sabía. Lo sabía Ixchel y el Destino también. Era su trabajo y nadie era mejor que él en eso. Su único orgullo, y no era nada para sentirse orgulloso.

Exhaló. El aire se tornaba frío cada segundo que pasaba. Avanzó. El Guernika de colores contrastaba con la gris atmósfera general. Sólo había una salida, y el Destino la bloqueaba. Ahora sólo había que esperar. Era bueno haciendo eso.

 

Rocco se puso de pie. Se veía imponente, como una montaña. Sólo debía decir que la otra parte no había presentado los documentos relevantes del caso y ganaría. No había modo de perder, a menos que Aquiles cometiera un error. Ya bastante enojado estaba, y enojado aquel hombre era incapaz de pensar. Terminaría rápido y se iría de ahí. No volvería a tomar un caso para esos hombres. Nada valía tanto. Había llegado a su límite. Se sentía asqueado. Miró a los jueces, ajustó el micrófono, e intentó agradecer el uso de la palabra. Sus labios se separaron…

Aquiles se puso de pie. ¿Qué clase de broma de mal gusto era aquella? Golpeó con las manos el escritorio. Lanzó un golpe a la izquierda. Era culpa de su abogado. Cayó como una avalancha, rompiendo las patas de la silla en el proceso. Golpeó a la derecha. El agente del ministerio público no supo por qué todo se puso rojo de repente y se encontró en el piso de mármol. Aquello era inadmisible. Lo habían planeado todo. Le habían tendido una trampa. Se giró. Ahí estaban esos desgraciados. David. Jonathan. Cesar. Debió haber acabado con ellos cuando tuvo oportunidad. Debió darles C4 en lugar de plastilina. Sacó su arma. Recién impresa. Balas de plástico endurecido con carga de ricino. Mortal a corta distancia. Ningún detector de metales podría detectarla. No lo hizo hoy, no lo haría nunca. Disparó una, dos, tres, cuatro veces. David recibió la bala en medio de la frente. Jonathan, en la boca. César, en el cuello. La cuarta bala pegó a centímetros de la oreja de Rocco. Quedaban cuatro. Era un hombre inteligente, ¿no era verdad? El diseño era para cuatro balas. Él lo había modificado para ocho. Subió el arma y dio un paso. Sabía dónde estaría Dexter. Se había pasado la noche practicando todos los movimientos necesarios; era un hombre previsor. La mueca que hacía las veces de sonrisa dejó ver unos dientes amarillos y torcidos. Disparó. Pum, Dexter. Pum, Esperanza. Pum. Caridad. Pum. Milagros. Pudo ver cómo la bala viajaba en el aire, y pudo ver cómo Dexter se lanzaba hacia adelante. La bala se desvió. No importaba. Las otras tres pegarían y todavía tenía un as bajo la manga.

 

Francisco se puso en acción en cuanto vio que Baeza se levantaba. No le importaba la vieja herida de la pierna, la del ejército. Sus reflejos eran igual de rápidos que antes. Se lanzó sobre las chicas y las cubrió con su cuerpo. Se lo había pedido su jefe, pero no necesitaba decirlo. Les dolería. Sintió tres ráfagas pasar por encima suyo. Las escuchó. La bala que te preocupa nunca es la que escuchas; esa ya está demasiado lejos para hacerte daño. Deseó haber traído su arma…

 

Dexter sintió el impacto en el hombro derecho. No se giró para mirar. No iba a permitir que aquel hijo de mil putas hiciera más daño. Tiró la mesa al frente y saltó por encima. No tenía más ojos que para Aquiles. No tenía más preocupación que Esperanza. Sintió que alguien lo tomaba de la pierna y lo hacía trastabillar…

 

…Sin duda, él hubiera hecho lo mismo de estar del otro lado. Francisco supo lo que Baeza iba a hacer. Un as bajo la manga, claro. El pico, cuidadosamente balanceado para ser lanzado, del tamaño y del peso ideal. Quizá cubierto con algún veneno. Él lo hubiera hecho. Entrenó para eso en Operaciones Especiales. Sólo tenía una oportunidad. Él también lo hubiera hecho. Pasó la mano por debajo del barandal. Sólo necesitaba hacerlo perder el equilibrio. Que bajara su centro de gravedad. Después podría hacer lo que quisiera. Intentó tomar la pierna del pantalón, pero encontró el tobillo. Empujó con todas sus fuerzas…

 

¿Cómo era posible aquello? ¿Cómo era posible que fallaran tantos elementos de seguridad? Los jueces estaban demasiado atónitos como para reaccionar. Baltazar vio pasar el pico y encajarse en el respaldo del asiento. Melchor vio caer a los tres hombres detrás del agraviado. Gaspar alcanzó a observar cómo el hombre del traje barato se lanzaba contra las tres jóvenes. Ninguno alcanzó a observar más que un borrón negro entre el caos.

 

Soy un hombre inocente, se repetía Aquiles. Un hombre inocente. Merezco respeto. Sacó el cuchillo. Aquello terminaría mano a mano. Se llevaría a las mujeres con él, porque eso terminaría aquí y ahora. Empuñó el cuchillo como había aprendido con Numa Pompilio. Era lo único bueno que había aprendido de ese asqueroso bastardo. Mataría primero a ese inmundo animal que se estaba cogiendo a su hija. Sólo él tenía derecho a hacerlo. Era suya. Gritó. Sintió que algo le quemaba la mano, sintió que algo lo golpeaba en el vientre, sintió que el piso cambiaba de posición, sintió que el pecho le ardía, sintió el dolor en la cabeza, sintió confusión; aquello no sentía sentido. No era eso lo que había planeado. No estaban respetando sus planes. No lo estaban respetando. Un chorro rojo cubrió sus ojos, intentó parpadear para aclararse la vista. Escuchó un chasquido y un rayo de dolor recorrió su cuerpo. Vio un puño rojo desenfocado, pero ya no sintió nada. Giró la cabeza y alcanzó a mirar el Guernica de colores. Ah, se dijo. Ahora lo entiendo. La vida no es en blanco y negro. El Guernica se volvió monocromático. Luego todo se puso negro.

 

Alfredo Mata reaccionó al escuchar el primer disparo, pero no pudo hacer su trabajo sino hasta un par de segundos después, cuando quitó el seguro de la funda, sacó el revólver y dirigió la punta del cañón hacia el frente. No tuvo tiempo de apuntar; pero sabía a dónde debía apuntar. Confió no en sus sentidos sino en su entrenamiento. Como si una mano guiara su bala. Apretó el gatillo. Pudo ver el trazo de fósforo blanco incandescente dirigirse a donde sabía que debía dirigirlo. La bala golpeó la muñeca del atacante. El chorro de sangre, huesos y tendones lo confirmó. El cuchillo cayó. Con el arma al frente, se dirigió al frente de la sala. Si se preguntó por qué aquello no era un caos, no lo externó. Sólo hacía su trabajo. Para eso había entrenado. El hombre estaba en el suelo. Perdía sangre; el otro estaba sobre él, tomándose el hombro derecho. El hombre de la capucha negra se acercó.

 

Miró, satisfecho, el trabajo. En otras circunstancias estaría muy alegre de llevárselos a todos en ese mismo instante. Miró a Juan, aún en la puerta. Movió la cabeza en sentido negativo. Juan asintió. Puso la bota en el brazo derecho del gordo. Había que detener el flujo de sangre. No se lo llevaría hoy. Pero se lo llevaría.
—Eres mío, hijo de mil putas —dijo Zazel por lo bajo. El gordo no podía escucharlo, pero le gustaba oír su voz. Era lo único que hacía tolerable su trabajo.

 

Ixchel tenía prioridades. Baggins primero, Dressing después, Fillmore en tercer lugar. No hubo oportunidad. Baggins se ahogaba en su propia sangre; Dressing trató de contener el chorro con la mano, hasta que perdió las fuerzas; Fillmore miraba el techo con los ojos muy abiertos. Nada qué hacer. Miró a Baeza. Mientras Zazel hiciera presión, tendría tiempo. Francisco trataba de ponerse de pie. Lo obligó a recostarse en el piso y rompió el traje. Una bala había rozado la piel pero no se había alojado. Sospechaba de la bala. Limpió la herida lo mejor que pudo con el kit que siempre llevaba consigo. Necesitaba que el pinche gordo cabrón continuara vivo para interrogarlo. Las chicas estaban sanas. Se preguntó si lo habrían visto todo. Los paramédicos aún estaban a cinco minutos de llegar; los policías llegarían en cualquier momento si el Destino no los detenía. Lo miró. Estaba en la puerta. No se movió. Bien. Se concentró en Dexter. Se cubrió la mano con alcohol y arrancó la tela en el hombro. Hurgó metódicamente en la herida con los largos y afilados dedos, y sacó una pequeña bolita, aún cubierta de cera. Zazel le alargó una bolsita. La revisaría después, pero ya sabía lo que tenía. Era sólo cuestión de saber cuánto había entrado en el sistema. Colocó una compresa. Vio que esperanza se acercaba. Sí, serviría. Tomó la mano de la joven y la colocó sobre la compresa. Sólo mantén presión, le dijo, en lo que terminamos. El pinche gordo cabrón sangraba, pero viviría lo suficiente. No necesitaría esa mano. No con lo que le quedaba de vida. Aguja e hilo. Calculó la longitud. Cortó. Lo había aprendido de Nona, Laquesis, y Aisa. No necesitaba mucho. Completó el trabajo, y puso una compresa en la cabeza, para detener el sangrado. Asintió.

Zazel quitó la bota.

Juan abrió la puerta.

En segundos aquello fue un pandemonio.

Día de Muertos (40)

17 de marzo.

—Esto son los tribunales —dijo David.
—Eso es cierto —confirmó Juan.
Bajaron del auto. El hombre de la sudadera se bajó la capucha y apagó el cigarrillo.
—Los estábamos esperando. Creo que encontrarán más agradable el clima adentro que afuera.
—Hola, Juan. ¿Quienes son tus amigos? No se ven muy bien, parecen demasiado pálidos —comentó Ixchel en la puerta—. Cualquiera diría que vieron un cadáver.
—Debe ser la luz —dijo Juan—. ¿Te vas?
—Buscaré algo de almorzar y regreso. Soy testigo en un juicio dentro de media hora.
—Ah, mira. Qué casualidad, ellos también.

 

Rusty estaba junto con Chandler. Aquello serviría, sí… siempre y cuando tuvieran un caso. Lo preocupaba más el caso de Erwin.
—¿Pruebas?
—Estados de cuenta, contratos, transferencias, y el código relevante insertado en el sistema de contabilidad a plena vista. Tan obvio que por eso nadie se dio cuenta.
—¿Estás completamente seguro?
—Total, completa y absolutamente seguro. No tengo duda. El mejor amigo del hombre no es el perro: es el chivo expiatorio.
Rusty caminó por la pequeña sala.  Estaba nervioso.
—Y la única manera de impedir que se cometa un fraude monumental es…
—No hacer nada —completó Chandler—. Un cien por ciento de nada.
Rusty se secó el sudor con un pañuelo.
—Un cien por ciento de nada —repitió.

 

Erwin y Dexter terminaban la preparación antes de entrar a la sala.
—Ya lo practicamos muchas veces. Ellos tratarán de desacreditarte. Pueden lograrlo. Pero tú y yo los vamos a vencer porque tenemos la razón y nos asiste el derecho, si no la ley. Mantén fija la mirada en los jueces. Responde sin evasivas pero sin explayarte mucho. Si se puede contestar con un monosílabo, mejor: que ellos se esfuercen. No pierdas el control. Como en el rugby. Que te acorralen cerca del in goal, para después pasar el balón y descolgarte por banda.
—¿Y Esperanza?
—Estará bien, muchacho. No has hecho nada de qué avergonzarte.
—Estaría más tranquilo sabiendo que pueden condenarme por estupro antes que por pederastia.
—Nadie te va a condenar, muchacho. Esto es un juicio de patria potestad, y no es como si tu chica estuviera embarazada, ¿verdad?
—No.
—Tenemos pruebas abrumadoras a favor, prácticamente nada en contra. Todo muy casto. Relación entre un hombre joven y su eficiente asistente personal. Alégrate, muchacho. Ellos tienen un caso difícil. Más si las niñas están aquí. Los jueces lo verán y nos marcharemos a casa como una familia contenta.
Dexter tenía los codos apoyados en las rodillas, las manos apoyadas en la boca. Estaba nervioso.
—¿Qué es lo peor que puede pasar?
—Que en este momento caiga un meteorito y barra por completo el tribunal.
—Sabes a lo que me refiero.
—Mírame a los ojos. Sé que preferirías hacerte el mártir. Sé que pasarías la vida en la cárcel si supieras que con eso Esperanza sería una mujer feliz. Es tu decisión, y la respeto. Pero eso no va a pasar hoy. Hoy lo que va a pasar, póntelo muy en claro, es que vamos a ganar la custodia de las chicas. Custodia. Diferente a patria potestad. vamos a anular una patria potestad. Serás un tutor. Y en año y medio, se extingue la responsabilidad de tutor que tienes sobre la mujer a la que amas. Entonces podrás ser un hombre completo, no la piltrafa humana que eres ahora. Mírate. ¿Qué diría Remedios si te viera? Puedo escucharla como si fuera ayer. Eres un buen hombre, Dexter, y eres un hombre bueno. Eres un hombre inocente. No tienes ni la más puta idea de lo difícil que es representar a un hombre inocente.

 

Entró por la puerta del fondo y se dirigió al segundo escritorio de la derecha, tercer asiento. Era la víctima; era su lugar. Estaba ansioso. ¿No tenía derecho a estarlo? Era evidente que iba a ganar. Era un hombre inteligente. Claro que iba a ganar. Se marcharía con sus hijas. Esa misma noche aprenderían a respetarlo. Las tres. Sí, las tres. Y se marcharían al día siguiente, a un lugar que sólo él conocía. No tendría qué salir del país ni siquiera. Y presentaría a la mayor como a su esposa, y lo respetarían. Miró las cámaras. Sonrió. Así podría pasar a la posteridad como un hombre respetable, claro. Rocco se sentó a su lado. No lo necesitaría más. No le pagaría, tampoco. Al contrario, él le debía. Había soportado  a ese asqueroso bribón de Numa Pompilio. Le recordaba a su padre. Él no era como su padre. Él sí era un hombre inteligente. Se palpó el saco. Ahí estaba su seguro de vida. Había sido tan fácil. Y la había armado en el baño. Con los ojos cerrados. Nada era imposible para un hombre tan inteligente como él.

 

Miró la imagen detrás de los jueces. Aquello estaba mal. Era inadmisible. El toro tenía la cabeza roja, no blanca. La mujer es rubia. El niño lo miraba. El niño estaba muerto; no podía mirarlo, ¿o sí? El cielo es de color madera. La luz de la lámpara es amarilla, un amarillo aceitoso, iluminando al caballo, que no es blanco sino alazán. En el suelo el hombre descuartizado tiene galones y estrellas de soldado, es azul, y rosa y negro y verde y rojo. La espada es de color oro, la flor, roja. La mujer de la ventana es morena, la lámpara ilumina con aceite color azul. La mujer envuelta en llamas es de color rojo y oro y plata. Lo hicieron a propósito. Lo hicieron a propósito. Malditos bastardos, lo hicieron a propósito para desconcentrarlo…

17 de agosto. Hace un año.

El señor Kulkán visitaba el edificio. A veces debía visitar el suelo para poder apreciar el cielo en toda su magnitud.
—Quintín. Qué gusto verte por aquí —dijo Nubis.
—Arthur. un gusto.
—Llegas justo a tiempo para dirimir una cuestión de vital importancia. Recordarás el concurso que hicimos hace unos meses, para que los niños en edad escolar iluminaran un Guernica. No podemos decidir al ganador.
—Pensé que eso ya estaba premiado.
—Oh, por supuesto. A lo que me refiero es que tenemos los cuadros listos para ser colgados en las salas de juicios orales, y no podemos decidir cuál colgar en cada una.
—Oh, bueno, siendo así, estaré contento de resolver ese caso —sonrió. Ojalá todo fuera tan fácil.

Lo sabía desde antes de ver los cuadros. La versión con las figuras en color piel, más moderno, iría en la Sala A. El otro, un poco menos policromático, más egipcio, en la sala B. Él mismo cortó el listón que inauguraba las salas. Miró el cuadro. En exactamente 213 días ese cuadro desempeñaría un papel radical, y ni siquiera podían imaginarse las repercusiones. ¡Ah, qué malvado era el mundo que inducía al hombre a pecar! ¡Qué difícil era mantener el buen camino!

Día de Muertos (39)

17 de abril.

Se vistió lenta y meticulosamente. Su mejor traje. La corbata negra y azul a rayas era el único elemento que lo distinguiría en la uniformidad de la sala de juicios orales. Eso y su posición. Miró a Esperanza. Ella también estaba vistiéndose lenta y meticulosamente. No le dijo nada.

Se había puesto el traje color chocolate. Ahora sí le sentaba como un guante. Una cascada de pelo a la derecha, al frente. Otra a la izquierda, atrás. La Osa Mayor destacaba. Estaba hermosa. La protegería hasta el final. Se lo había prometido a Griselda, a Remedios, y a Consuelo. Se lo había prometido a Milagros y a Caridad. Se lo había prometido a Esperanza. Y se lo había prometido a sí mismo. Y nunca había dejado de cumplir una promesa.

Caridad y Milagros se vistieron lo mejor que pudieron. Esperanza les retocó un poco el peinado. Parece su madre, se dijo Dexter. Todos estaban inusualmente en silencio. La casa también. Como si los hubiera abandonado.

Pero no. Él lo sabía. No debía hacer nada. La casa no los distraería. Salieron. Francisco ya los esperaba en la puerta. La camioneta estaba lista. Sus mejores elementos. Miró a Esperanza antes de salir. Ella luchaba por no temblar. Necesitaba un apoyo, pero no sabía cómo darle apoyo.

O sí sabía. La casa se lo dijo. Hacer mucho sin hacer nada. Extendió la mano.

 

Esperanza lo miró. Lo necesitaba tanto, pero todos los hombres le habían hecho daño. No. No todos. No podía ser injusta. No podía generalizar. Sólo los hombres malos le habían hecho daño.

Él no lo era. En el fondo, lo sabía. Sólo era un hombre lastimado. Quería creer en él. Quería tanto creer en él. Había quien corría de una posible pelea. Ella era una de esas personas. Pensaba que no podía ganar nunca. Había aprendido a callar y obedecer. Pero lo conoció y supo que podía haber algo más que dolor y desgracia. Él lo sabía. Sabía que era una pelea que podía perder y a pesar de todo estaba ahí. No tenía por qué hacerlo. O sí: por amor. Supo que era injusto lo que le pedía que hiciera desde el mismo momento en que pronunció las palabras, pero a él no le había importado. Había mantenido sus promesas. Él, realmente, era un hombre inocente.

Sabía que podía herirlo por puro despecho. Había hecho tanto por ella y no se lo había agradecido nunca lo suficiente. Recordó aquella noche en que llegó a su casa. No la conocía. No tenía ningún modo de conocerla. Pudo haberla sacado de ahí, pero no lo hizo. Pudo desentenderse de ella, pero no lo hizo. Le dio lo que nadie le había dado antes. Respeto. Cariño. Y lo hizo porque quiso. Pudo tomar millones de decisiones, pero eligió una. Amor. Estaba segura que eso era amor.

Él extendió la mano. Ella sabía perfectamente lo que debía hacer. Estaba claro. La casa lo sabía. Ella lo sabía. Lo tomó de la mano y sonrió.

 

 

Fillmore tomó la taza de café bajo la cafetera. Introdujo la cápsula con espresso y encendió la máquina. La última gota cayó cuando alguien tocó a la puerta.
—Buen día, David —dijo Juan, tirando la taza en el suelo—. Ups. Ven conmigo. Te compensaré por ese café que te tiré.

 

Baggins tenía hambre. Subió al auto y se encaminó al mismo lugar a donde iba siempre a desayunar. Necesitaba su bagel con queso crema y salmón como otros necesitan alcohol o café. Habitualmente después llegaría a su oficina, llenaría algunos informes, y vería por la ventana cómo molían vidrio y lo mezclaban para hacer el concreto. No ahora. No desde que Hand había regresado. Alguien tocó la ventanilla. Le hizo una seña hacia su llanta delantera. Baggins detuvo la marcha y bajó. La llanta se veía rara. Como si tuviera un tumor, ¿no era cierto? Entonces la llanta explotó. ¿Cómo podía explotar una llanta? Se dio cuenta de que, si hubiera estado circulando, hubiera podido matarse: adelante estaba el puente y si hubiera perdido el control…
—¿Problemas, Jonathan? —dijo la voz de Juan, descendiendo del auto.
—Un neumático reventado.
—Bueno, lo menos que puedo hacer es darte un aventón. Iba a buscarte a donde vas a desayunar todos los días. Sube. Le harás compañía a David.
—¿Estoy detenido?
—Dioses, no. Es una feliz coincidencia que vayamos todos al mismo lugar hoy, ¿no? Tengo entendido que el espresso es muy bueno, y los bagels también.

 

César Dressing era un hombre medio calvo y gordo. Pero podía levantar doscientos kilogramos sin problemas. Le gustaba disimular su fuerza, porque hacía que la gente lo tomara menos en serio, y eso podía significar que bajaban su guardia. Ajustó la pesa. Cien kilogramos de peso para iniciar. Se tendió en el banquillo. Nunca había necesitado a alguien que lo ayudara; no iba a empezar ahora. Cuando llegara a los doscientos quizá. Siempre se corría el riesgo de que al levantar no se pudiera sostener bien el peso. ¿Pero cien kilos? Pfft, ni siquiera necesitaba desayunar para eso.
—Siempre lo olvido. ¿Son libras o kilogramos lo que levantas? —preguntó Juan.
Dejó la pesa en su lugar y se puso de pie.
—Kilogramos. Levantar libras es para mariquitas.
—Así que por eso vas a levantar doscientos kilogramos hoy.
—Doscientos treinta.
—Esa barra no resiste los doscientos kilos. Ni tú —intentó levantar un peso del suelo. Apenas logró moverlo unos centímetros.
—Quita —dijo Dressing.
Colocó la pesa en la barra. El seguro se venció y cayó justo donde debería estar su cuello.
Juan miró a Dressing con ojos desapasionados.
—Te lo dije. Es conveniente que vayamos hoy a los tribunales. Podrías poner una demanda en contra del fabricante. O del gimnasio. O ellos podrían ponerte una por sobrepasar el límite permitido. Aún así es conveniente que vengas con nosotros. David y Jonathan te tienen un batido de proteína, sólo date un baño antes. Hay que estar presentable.

 

—Gaspar, Melchor y Baltazar son los Reyes Magos de la ilusión —cantaba Erwin por lo bajo—; ellos vienen del lejano Oriente a la adoración del Niño Dios.
—¿De qué hablas?
—Son los jueces que revisarán nuestro caso. Gaspar Álvarez, Melchor Bravo y Baltazar Cárdenas.  Fueron compañeros míos en la facultad.
—Temo que vayas a salir con alguna cosa.
—Hey, no pienso hacer nada. Absolutamente nada.
—Eso me tiene más preocupado aún —dijo Russell.
—Mira, estaremos bien. Me preocupa más tu caso que el mío.
—No tengo pruebas de nada.
—¿No? Qué raro. Juraría que te había llegado una copia de esto.
Le tendió el folio. Rusty lo leyó.
—No me ha llegado.
—Quizá deberías estar más al pendiente. Al menos tus muchachos vienen para acá.

 

—Quiero despedir a mi abogado —dijo Aquiles frente al juez de instrucción—. No está defendiéndome como debería.
—En esta etapa del juicio debo recomendarle directamente que no lo haga.
—Quiero defenderme a mí mismo.
—Eso es imposible directamente.
—Conozco mis derechos. Quiero defenderme yo mismo.
—Señor juez, comprendo que el señor Baeza crea que no he hecho lo suficiente. Sin embargo, si observa usted el expediente podrá constatar mi trabajo…
—Que no ha sido suficiente, abogado —dijo Aquiles, mirando directamente a Mountaineer—. No sólo fui injustamente encarcelado, siendo yo un hombre inocente, sino que además el abogado hizo todo lo posible por mantenerme encerrado al no presentar la documentación que me exoneraría, y bloquear directamente mi demanda contra Hand por haberme roto la quijada. Todavía no puedo consumir alimentos sólidos sin dolor.
—Señor Baeza, comprendo lo que dice. Pero necesita ser usted abogado para poder desempeñar cualquier actividad en este tribunal. Lo que sí puedo ofrecerle es que el doctor Mountaineer lo asesore.
—¿Podré presentar yo mismo mi alegato a la corte?
Mountaineer miró al juez y asintió casi imperceptiblemente.
—No veo por qué no habría de hacerlo. Está en su derecho.

 

—Primero será el juicio de patria potestad —explicaba Anna—. El otro caso, por el momento, es secundario.
—¿Qué pasa si ganamos?
—Lo mismo que hasta ahora. Toman sus cosas y se van a casa.
—¿Y si perdemos?
—Eso es más complicado…
—Dímelo.
—La patria potestad recae en el padre. Las pruebas de ADN demuestran que es tu padre. Técnicamente las niñas deberían regresar con él…
—Sabes a lo que me refiero.
—Si el abogado utiliza el alegato de seducción, podemos enfrentarnos a un caso de pederastia. Alegaremos estupro.
—Todo esto fue un error.
—No. Tenemos grandes posibilidades de ganar. Sólo debemos convencer a dos de tres jueces.
—Tengo miedo.
—No pasará nada. Te doy mi palabra.
—Quiero creerte.
Asumió, inconscientemente, su postura defensiva. Tenía tanto miedo…

 

—¿Todo listo? —preguntó Ixchel.
—Sólo faltamos nosotros —dijo Juan.
Le echó una última mirada al plano general. Todo parecía correcto. Armando Zazel los esperaba en la puerta. Seguía como siempre: la sudadera gris y capucha negra, muy delgado y de cara macilenta, la placa dorada colgando sobre el pecho, las manos en los bolsillos.
—Hace mucho que no trabajábamos juntos.
—Departamentos diferentes.
—Siempre lo hemos estado. No nos había impedido trabajar juntos.
—Sí, bueno, ya sabes… corregir errores requiere mucha burocracia o ajustes muy sutiles.
—Lo sé.

Día de Muertos (38)

5 de abril. Hace diecisiete años.

Aquiles estaba afuera. Abrió la puerta. Sabía por lo que había pasado; el muchacho sólo necesitaba una mano amiga, se dijo Griselda.
Aquiles entró, la mirada vacía, desprovista de emoción.
—¿Estás bien?
—Soy un hombre inocente —dijo.
—Si quieres hablar de lo que pasó…
—No. No. No necesito hablar. Te necesito a ti. Eres la única que me puede comprender.
—Aquiles…
—Vamos a celebrar. Porque soy un hombre inocente.
La tomó de la mano y la sacó de la casa. La subió casi a la fuerza al viejo auto.
Los padres de Griselda no estaban, y tardarían en darse cuenta de su ausencia…

15 de marzo.

El único sonido de fondo era de las trituradoras de vidrio. Chandler tecleaba furiosamente mientras Anna miraba asombrada la cantidad de datos que iba obteniendo.
—¿Un hombre inocente? —preguntó Russell.
—Un hombre inocente. Chandler cree que Fillmore está echandole la culpa a alguien más. Es decir, no es un hombre inocente por sí mismo, sólo es inocente de este caso en particular.
—No tiene sentido. Nada de eso tiene sentido.
—Creo que empieza a tenerlo. Parece que es un caso que se remonta a cinco años atrás. Todos los involucrados en ese caso fueron declarados no culpables, excepto el autor material. Todos coincidieron en que el verdadero autor material fue muerto esa noche, pero hubo ciertos indicios, que no se siguieron, de que en realidad seguían las instrucciones de otra persona.
—¿En qué te basas para decir eso?
—En que quien se suponía planeó todo no sabía manejar, a pesar de lo cual huyó en un auto. ¿Eso tiene sentido?
—Un momento. ¿Qué caso?
—Creo que ya puede usted adivinarlo.

 

6 de abril. Hace diecisiete años.

La aterrada chica fue encontrada al día siguiente en las afueras de la ciudad. Temblaba. Se negó a prestar declaración. Sólo quería que la dejaran en paz.
—Dejen a Aquiles en paz. Él es inocente. Es un hombre inocente…
Juan miró al detective Zazel. No creía en coincidencias. Zazel asintió, bajándose la capucha de la sudadera.
—Un hombre inocente. ¿Cómo podremos atrapar a un hombre inocente?
La ambulancia se llevó a la aterrada joven. Quince años,  a punto de cumplir dieciséis. No era justo.
—Algo debemos hacer. Podemos corregir el error.
Zazel tomó a Juan por el hombro.
—Mi trabajo no es ese. Pero el tuyo sí. Ven conmigo.

La habitación parecía enorme, aunque era la más pequeña de todas. Era sólo que la computadora ahí en realidad no estaba ahí. Sólo la terminal. El sistema no era fácil de ver. Ni siquiera de comprender.
—Armando —dijo una voz.
—Zurvan. Él es quien te conté.
—¿Lo sabe?
—Lo dedujo.
Akarana miró al joven.
—¿Qué tanto sabes?
—He tenido tiempo para aprender.
—¿Cómo te llamas?
—Destino. Juan Destino.
—¿Sabes lo que pasará?
—No. Pero sé que puedo modificarlo. Me han faltado los medios para saber si mi intervención es buena o no. Años y años.
—¿Desde cuándo?
—Desde que vi a un hombre de cincuenta años ser baleado en un Gräf & Stift Double Phaeton en Sarajevo, en 1914, y saber que, si alguien hubiera llevado unas tijeras, se hubieran evitado al menos 16 millones de muertes. Quizá 39.
—Te lo dije. Es nuestro muchacho.
—Toma asiento. A partir de ahora estás bajo mi mando.
—Saluda a Kulkán de mi parte.
—Debiste traer a dos.
—Ella vendrá después. Por otro medio.
Akarana asintió. Cerró la puerta.
—Lo primero que debes saber es que buscamos el bien mayor, aunque para ello a veces tengan que sufrir inocentes.
16 de marzo.

Anna dormía, con la cabeza apoyada en las piernas de Chandler, quien seguía tecleando furiosamente. Estaba a punto de descubrirlo, estaba completamente seguro. Revisó una vez más los datos. Revisó el programa. Compiló. Corrió la simulación. Era, sin duda, su mejor trabajo. La noche había caído. Miró la hora. 56 horas. Los datos comenzaron a aparecer en la pantalla. Estaba listo. Necesitaba descansar. Mañana temprano ya tendría los datos. Le apartó el pelo de la cara a la joven. Se veía hermosa. Si tenía razón le propondría matrimonio. Eran un buen equipo. Se reclinó en el asiento y cerró los ojos un instante…

 

Esperanza no podía dormir. Dexter tampoco. Ella miraba la puerta. Él la miraba a ella. Hay personas, se dijo Dexter, que nunca podrán creer en nada. Que sólo la oscuridad les dice la verdad; una verdad que no quieren oír porque ya han escuchado esa verdad antes, pero la confundieron con una mentira. Él conocía bien a la noche. La había abrazado como a una amante cruel durante cinco años; cuando en lugar de ir a dormir se había quedado oteando el horizonte sin más compañía que una botella de vodka. Necesitaba un trago. Necesitaba desesperadamente un trago, a pesar de que odiaba el alcohol. Es más fácil odiar que esperar. Es tan difícil no hacer nada. La espera. La maldita espera. Es más fácil dormir solo que sufrir porque quien está contigo te puede lastimar en un millón de formas. Lo sabía bien. Vaya si lo sabía bien. Lo había sabido bien desde hacía diez años, cuando llegó huyendo de un pasado que no quería buscando un futuro que no necesitaba.

No dijo nada. Necesitaba desesperadamente abrazarla y decirle que todo estaría bien. Pero no podía. No lo estaba. Nada estaría bien si no tenía la certeza de que había terminado todo. Miró una vez más a la joven. Aún en la penumbra era hermosa, como una espiga de trigo ante la luna. Escuchaba la respiración rítmica de la joven. Se preguntó si tenía el derecho de hacer lo que le estaba haciendo. Si no hubiera sido más fácil alejarla de todo y de todos. Sabía que no. Sabía que tenía que enfrentar todos sus temores. Los de él y los de ella. Extrañaba a Remedios. Ella hubiera sabido qué hacer. Extrañaba a Consuelo. Ella también hubiera sabido qué hacer.

El reloj inició la cuenta en ceros. Había pasado ya la media noche.

 

17 de marzo.

Hay gente que huye de una pelea. Él no era de esos. Había calculado todo tan bien. Tan preciso. Tan meticuloso. ¿No era acaso un hombre inteligente? Había cultivado una imagen de un perfecto idiota, pero sabía muy bien cómo obtener lo que deseaba. Se había tragado la falta de respeto de todos. No más. Ese día sabrían quién era él.

Aquiles se vistió con calma y meticulosidad. Su mejor ropa. Se cuidó mucho de que el regalito que tenía para su hija no se notara demasiado. Haría sonar el detector de metales, claro. No el regalo; era demasiado inteligente para eso. Pero sí el reloj y la hebilla. Lo revisarían rápidamente, y lo dejarían pasar. Siempre lo hacían. Conocía hasta el último rincón de aquel lugar. Ya lo había hecho antes. Y no lo habían agarrado nunca. Era demasiado inteligente para eso.

Fillmore debía estar tomando ya su taza de café habitual. Era tan predecible. Seguramente usaría la misma taza de cada día. Sería una lástima que esta vez usara el café del lote contaminado. Un hombre solo hace rituales; por eso él había mantenido cerca a sus hijas, para que el caos le impidiera caer en una rutina tan predecible. Le enseñaría a sus hijas como les había enseñado a sus madres. ¿No había sido siempre un hombre inocente? Justo ahora Baggins debía estar entrando a su auto. Siempre iba al mismo lado a la misma hora a desayunar. Hoy tendría un pequeño problema con una rueda. Quizá lo extrañaran por un par de semanas antes de olvidar que había existido. Dressing. En el gimnasio, seguramente. César siempre se había cuidado. Sería una lástima que ahora su máquina habitual tuviera un pequeño accidente. Simple mecánica de materiales. Fatiga de elementos. Sintió un poco de lastima por la gente que vería afectada su rutina porque el gimnasio se vería obligado a cerrar.

Pronto recuperaría a su hija. También se transferirían unos cuantos millones a esa cuenta que había abierto a su nombre con el seguro de vida de su madre. Pensó en lo cercano que estuvo de perderlo, cuando esa maldita vieja se enamoró del muchacho ese. Pero él era un hombre inteligente. Le hizo una visita esa noche. En el tren. Lo calculó todo tan meticulosamente que su belleza no se vio afectada. Y había salido libre porque era un hombre inocente. No la había empujado. Se había limitado a mirarla. No fue su culpa que ella se tropezara, ¿verdad? Era inocente. Sonrió. Era sólo un hombre inocente. Y podría ahora adquirir lo que era suyo. No era un martir. No lo sería nunca. Pero tendría respeto. Aunque tuviera que hacerle un hijo a esa muchacha. Se humedeció los labios. Le había enseñado respeto a la madre. Lo haría también con la hija.

 

Y nadie sospecharía de él.

Era un hombre inocente.

Todos lo decían.

Un hombre inocente.

Día de Muertos (37)

10 de marzo.

Francisco no hacía nada. No era necesariamente cierto, de alguna forma. Vigilaba. Esperanza se lo había pedido, y Dexter no se había negado. Le hubiera gustado tener un arma de fuego, pero no estaba autorizado. Era demasiado embrollo. No estaba enteramente indefenso. Tenía un buen taser, una buena linterna, y su confiable pistola de aire comprimido. Era completamente legal. No mataba. No si no quería hacerlo. Una pequeña cápsula de ricino era todo lo que se necesitaba; pero Francisco era demasiado inteligente como para caer tan bajo. Sólo debía resistir lo suficiente como para que las verdaderas autoridades hicieran su trabajo. Él era únicamente un guardia industrial.

La escuela estaba tranquila. Nada pasaría mientras las dos niñas estuvieran dentro. Él sólo debía vigilar durante la entrada y recoger a las niñas a la salida. La entrada era fácil. Era el caos de la salida lo que lo preocupaba. Él también tenía una hija. No quería que le pasara nada. Su hija era mucho más joven. Aún no iba a la escuela. Cuando su amigo en la policía le dijo que aquel cerdo probablemente saliera libre, se preocupó. No dudaría en matarlo si le hiciera algo a su hija. Se preguntó si haría lo mismo si atacara a las dos niñas que esperaba.

Estaba atento. No se había tomado la molestia de quitarse el uniforme. Mejor. Que se enteraran que aquella zona estaba protegida. Sería mejor si no hacía nada, le había dicho Juan. Sólo tenía que estar atento. Vigilante. Si el calvo gordo llegaba, debía reportarlo y vigilarlo. No detenerlo. Ningún movimiento, excepto si las ataca, le había dicho Juan. Incluso si se las lleva sólo debes vigilarlo y seguirlo. Reporta cada movimiento. No hará nada si te ve. Eso es suficiente.

Las niñas llegaron. Eran unas niñas raras. Se parecían a Esperanza. Se veían de menor edad de la que realmente tenían. Les abrió la puerta, vigilante. Entrecerró los ojos. Le parecía haber visto a alguien conocido. Cerró la puerta y se llevó la mano, inconscientemente, al bolsillo en el que tenía el taser. El corredor de la sudadera gris y negra pasó sin hacer ruido. Era policía, se veía a lo lejos. Sólo un policía podía llevar ese ritmo y llevar puesta la capucha negra en un día soleado como ése. El tipo al que creyó ver ya no estaba. Bien. Podría regresar con las niñas sin incidentes.  Se preguntó si debía reportar lo que vio. Quizá no. Hay muchos calvos gordos. Subió al auto.

 

14 de marzo.

Esperanza estaba cada día más nerviosa. Dexter lo sabía. Toda la noche estuvo inquieta. Podía sentirlo. Él también se ponía nervioso. Por ella. Las niñas continuaban todo lo normales que podían ser. El miedo se les estaba quitando. Pronto entrarían a la adolescencia…

Esperanza parecía una espiga de trigo recortada contra el sol de la ventana.
—¿En qué piensas?
—En él.
—No tienes nada qué temer.
—Eso quiero creer. No puedo.
—Sé que quieres protegerlas. Yo también. Y a ti. No voy a permitir que nada les pase mientras yo esté vivo —intentó abrazarla. Ella se retiró, adoptando inconscientemente su postura defensiva. Tenía meses sin adoptar la postura defensiva.
—Te creo —pero no lo creía.
El fin de semana se acercaba. Quizá si se fueran de la ciudad… sería fácil. Sólo tomar sus cosas y marcharse. Ya lo había hecho antes.
—Sé lo que piensas. Sé que no quieres escuchar lo que te tengo que decir. No lo hagas. El lunes todo terminará.
Ella lo miró. La mirada húmeda. No podía creerle… Quería, pero no podía creerle… Los hombres le habían dicho tantas mentiras antes… Quería creer que él era diferente. Pero sabía que estaba sólo a un trago de convertirse en lo que más odiaba…
—Vamos a salir de esto. Es hora de irnos. Tus hermanas ya están listas.
Ella tomó su bolso. Caminó en silencio, en postura defensiva todo el camino. Tenía miedo.

 

—No lo encuentran —dijo Erwin, el whisky con soda en la mano. Dioses, necesitaba un trago.
—Se suponía que no lo iban a perder de vista.
—Pero lo hicieron. Salió porque su expediente quedó mal integrado y se violó el debido proceso. A veces odio mi profesión.
—¿Y qué hacemos?
—Nada —dio un trago largo—. Absolutamente nada. No si no queremos que la investigación se vuelque en tu contra.
—¿Por qué?
—Porque, no sé si lo has notado, pero tu novia, con la que estás viviendo en concubinato, sigue siendo menor de edad. Lo tuyo pudiera entrar como estupro, pero también pueden procesarte por pederastia si el juez es lo bastante conservador. Estás con ella por un tecnicismo legal que, en este momento, ya no se sostiene. Por ley debe estar con su padre. El padre es un cerdo, pero es el padre, y es inocente en tanto que no podamos probar lo contrario. Y nadie ha podido probar lo contrario en 17 años que ha estado entrando y saliendo del sistema.
El vaso estaba cerca. La botella también. Un trago. Sólo un trago, y todo estaría bien en su mundo…
Pensó en Esperanza. No podía hacerle eso. Era un hombre inocente.
—Entonces no podemos hacer nada.
—Absolutamente nada —vació el vaso de un trago.
Erwin tomó la botella y se sirvió otra ración. Se dio cuenta de la desesperación de Dexter. Colocó la botella en la cantina y le puso una botella de agua tónica enfrente.
—Lo siento. No es justo. Ni para tí ni para ella. Ella no tiene la culpa de haberse enamorado de un hombre mayor. Ustedes dos son inocentes.
Dexter bebió. Bebió un largo trago. Faltaba el fuego, pero el sabor astringente estaba ahí. Era un hombre inocente…
—Gracias.

 

Esperanza estaba alejada de la puerta, de pie, en postura defensiva, vigilando a sus hermanas. Dexter podía ver que estaba tratando de protegerse. Que estaba pensando en ese alguien que la había lastimado tanto. Estaba atenta a cada sonido detrás de la puerta, como si temiera que en cualquier momento Baeza entraría por la puerta y se las llevaría con alas de murciélago. Tenía miedo incluso de ser tocada. Sabía que no escucharía a nadie, porque así nadie podría mentirle. Nadie podría engañarla nunca si no escuchaba a nadie. Lo sabía porque él había vivido lo mismo hace muchos años. Había huído de sus problemas una vez. Nunca más.

No podía concentrarse tampoco. Ni siquiera porque Francisco y sus hombres montaban guardia. Se preguntó si debía decirles que los necesitaba en casa. Pero estaba seguro que no pasaría nada en casa. No era terreno conocido. Si atacaba, sería en un terreno donde él tuviera la ventaja. Él se protegería, claro estaba. Así como Esperanza protegía a Caridad y a Milagros, así como él protegía a Esperanza. Sólo esperaba que alguien lo protegiera a él.  Se preguntó si todo estaba ya definido. Quiso ser en ese momento un hombre religioso y tener la tranquilidad de quien sabe.

Se veía tan vulnerable…

Pero no podía hacer nada. Era mejor no hacer nada. Limitarse a protegerla. Ayudarla a protegerse. Sería un fin de semana largo. ¿Cómo podía dejar de pensar en ese alguien?

No podía. Si él no podía, ella menos.

 

Chandler estaba muy ocupado trazando circuitos. No sabía muy bien por qué, pero el diagramar lo que sabía le ayudaba a encontrar patrones. Y si él podía encontrar patrones, otros podrían. Así había encontrado las cuentas de Fillmore, pero le faltaba algo. No había movimientos en esas cuentas desde hacía años; no tenía ningún sentido.  Y alguno debía tenerlo. La auditoría estaba por terminar y no habían encontrado nada que permitiera ligar a Fillmore con el desfalco. No había pruebas. El desfalco estaba ahí, pero no había pruebas. Algo debía haber. O alguien.

Era ya tarde. Miró la hora. Era tarde, pero no podía terminar en ese instante; era demasiado temprano para terminar. Se puso de pie y fue al enfriador de agua. Necesitaba un trago. Anna salió de su oficina, con el rostro desencajado. Tanto tiempo desperdiciado…

No. No había sido un desperdicio de tiempo. Sabía que sólo debía encontrar aquella pieza que le hacía falta. El plano general estaba armado; lo que faltaba podría deducirse. Le faltaba algo. Miró a Anna. Ella lo miró. Lo supo. Tiempo. Necesitaba tiempo. No había tomado en cuenta el tiempo. Cuarta dimensión. ¡Era tan obvio! Tiempo. Sonrió. Se acercó a la joven abogada y sin decir ni una palabra, la besó con pasión.
—Lo tengo. No son medidas desesperadas. Es tiempo. Sólo es tiempo. Sólo necesito ver todo a través de los ojos de un viejo.
—¿De qué hablas? No encontramos nada.
—No hay nada qué encontrar. ¿No lo ves? Estamos buscando a un hombre inocente. Por eso no aparece nada. Porque buscamos a un culpable, no a un hombre inocente. Es sólo cuestión de tiempo…
Anna lo miró boquiabierta.

Un hombre inocente. Jamás se le hubiera ocurrido.

 

Día de Muertos (36)

2 de abril. Hace diecisiete años.

Aquiles estaba detrás de la puerta. Alejado de la puerta.  Atento a cualquier ruido. Podía ver la ventana. Sólo un piso de altura. No se rompería nada si salía por ahí. Podría ser libre. Pero el viejo estaba allá abajo. Y estaba enojado. Las cicatrices aún le dolían. El viejo fumaba puros. ¿Qué haría cuando se enterara que había tomado uno? Cuando se diera cuenta que se lo fumó. El viejo sólo apreciaba sus puros. Cubanos, decía. Sabían igual que los cigarros; sólo más grandes. Podía escuchar los pasos del viejo. Había abierto la puerta con rudeza, y lo primero que había hecho era arrojar las llaves. Venía enojado. Siempre estaba enojado. Más cuando venía bebido, que últimamente era todos los días

Escuchó los pasos subir. Gritó algo. Seguramente a la vieja. Siempre estaban peleándose. Podía escucharlo, detrás de la puerta, en el pasillo. Las cicatrices le dolían. La botella. Aún tenía la botella. Escuchó un golpe. La puerta retumbó; las bisagras se quejaron, pero resistió. Tomó la botella. Su respiración se volvió rápida y superficial. La piel se le erizó. Las cicatrices le dolían. La ventana. No quería ver la ventana; debía concentrarse en la puerta. La puerta. La maldita puerta.

Tenía 16 años. ¿Por qué no obedecía? Baeza, medio calvo, con prominente barriga, tirantes para un desgastado pantalón, camisa llena de grasa, golpeó una vez más la puerta. Una última oportunidad le daría al muchacho de abrirla. ¿Por qué la juventud de ahora tenía que ser tan testaruda? El viejo sólo pedía respeto, y no podía obtenerlo ni de su propia familia. La cena no estaba lista, la casa no estaba ordenada, su vieja ni siquiera había puesto a calentar el agua. No podía permitir semejante falta de respeto. Pateó la puerta. Era fuerte como una mula, e igual de testarudo. Golpeó, golpeó, golpeó. El muchacho aprendería a respetar. Su mujer le gritaba. La hizo volar de un golpe. No vio dónde cayó. Golpeó con todas sus fuerzas.

La puerta cayó. Aquiles observaba en cámara lenta. La silueta del soldador apareció recortada contra la luz del pasillo. El puro rojo soltaba una estela de humo. Le pareció ver que el humo le decía que lo hiciera. Le dijo dónde golpear. Se lanzó hacia adelante, como un tigre. Golpeó en la barriga prominente. Lo hizo retroceder. La botella. Alcanzó la botella. Trazó un semicírculo que golpeó justo en la sien. Nunca había escuchado un sonido similar. Ni siquiera cuando lo tomó del brazo y apretó con tanta fuerza que rompió los huesos como si fueran espaguetis secos. La botella se rompió. Los cristales rompieron el hueso y se introdujeron en la masa gris y roja que había delante. El licor barato corrió por el suelo.

Baeza trastabilló. La conciencia ya lo había abandonado. No pudo interpretar que el barandal estaba cercano; el cerebro sólo trataba de mantener de pie el cuerpo, tratando de procesar el daño. Un paso atrás, la rodilla falló, la espalda se arqueó, la gravedad hizo su trabajo. Todavía alcanzó a ver cómo el muchacho estaba en el marco de la puerta, pero ya no supo procesar lo que veía; el suelo giró y por un par de segundos voló libre. El cuello se dobló en un ángulo poco natural cuando impactó con la mesa de la sala. Su mujer estaba ahí, mirándolo con los ojos abiertos y la conciencia desvaneciéndose. Juntos incluso en la muerte, alcanzó a pensar, mientras todo se ponía negro. Incluso muertos vamos a estar juntos. Qué mala suerte.

El muchacho se quedó ahí, riendo. La risa poco a poco se transformó en llanto, y después, en nada. Había dejado de sentir. Se quedó ahí cuando el detective Zazel entró a la casa. Aquiles lo miró con ojos vacíos. El detective se acuclilló junto al muchacho, la placa colgando del cuello. El servicio médico forense llegó poco después. No necesitó decir ni una palabra. Se limitó a señalar a los cuerpos. Un joven oficial llegó. Intentó tocar al muchacho, ayudarlo a ponerse de pie. La mano de Zazel se lo impidió. Lo llevó a un lado, donde  el muchacho no podía escucharlos, pero sí verlos.
—Hay gente, novato, que vive  con temor a ser tocada. Algunos lo superan. Otros no. Este muchacho acaba de vivir una experiencia tan traumática que no lo superará. Eventualmente tendré que venir por él. Está en el plano general. Pero no hoy. Hoy me tengo que llevar a estos.
—¿Qué hago, entonces? —preguntó Juan.
—Lo averiguarás a su debido tiempo, cuando él te lo pida.
El detective bajó las escaleras. Hacía frío. Se puso la capucha de su sudadera negra y se dirigió a la ambulancia.
—Hoy es un hombre inocente. Mañana no lo será —le dijo a Juan. Subió a la ambulancia y cerró la puerta. La ambulancia se perdió en la noche.

Miedo y odio. Aquiles sentía un profundo miedo y un profundo odio. Pero el odio ya no tenía un objetivo. Los miró. A todos los policías que estaban en la casa. Le habían fallado. ¿Qué falta de respeto era esa? Por fin comprendía a su padre. Sólo podía confiar en él mismo. En nadie más. Le habían fallado. Él les enseñaría lo que era ser un hombre. Se puso de pie y bajó las escaleras, seguido de cerca por Juan. Las cicatrices eran evidentes, aún debajo de la camiseta. Se subió a la patrulla. Aprenderían. Aprenderían cómo se hacían las cosas. Nadie más le fallaría porque no escucharía nunca más a nadie. No podrían mentirle nunca más. Así aprenderían. Su padre tenía razón.

3 de marzo.

Aquiles miraba sin ver. Sabía lo que debía hacer. Esa falta de respeto de su hija… Numa Pompilio sabía qué hacer. Su padre lo sabía. Recordó aquel lejano año en que se lo enseñó. El viejo había tenido razón; sólo que no había podido comunicar la idea. Pero él no era el viejo. Aún era joven, aún era inteligente. Y entonces saldría de ahí, y recogería el dinero, y la pistola que estaba oculta donde sólo él sabía. ¿No era acaso él un hombre inteligente? Sólo él sabía. Sabía ser paciente. Pero la paciencia tiene un límite. Numa Pompilio decía algo. Numa Pompilio era un imbécil. Fillmore, Baggins, Dressing… panda de imbéciles. Grant era el único con cerebro del grupo. Con un cerebro capaz de rivalizar con el suyo. No como el imbécil de Warren. Sólo tenía que manejar en línea recta, pero no, el imbécil no sabía manejar y se desvió. Por eso le dieron un tiro. Pero no a él. A él no lo agarraron, porque era muy listo. Supo defenderse. Ya sabría la chica a lo que se refería. Ya debía tener la edad que tenía él cuando lo aprendió. Ella también aprendería. Igual que se lo había enseñado a su madre. Había sido delicioso enseñarle a su madre lo que era la sabiduría. Y tampoco lo agarraron por eso. Esa era la mejor prueba de que era un hombre inteligente. Siempre lo dejaban libre, porque la gente sabía que tenía la razón. Sólo le debían el respeto que merecía. Ya les enseñaría. Miró al imbécil de Numa Pompilio hacer algo en el baño. Idiota. Moonshine. Que se intoxicara. Él no necesitaba el alcohol para funcionar. Aunque lo hacía más rápido en sus reacciones. Le mejoraba el control. Lo ponía a punto, como un motor bien engrasado, como una rueda bien balanceada. Él sabía de eso. De eso vivía. Él les enseñaría, sí. Aprenderían a la mala si era preciso, pero aprenderían.

Día de Muertos (35)

3 de marzo.

Rocco Mountaineer, Doctor en Derecho, estaba detrás de su enorme escritorio de madera pulida, con el codo izquierdo apoyado en el descansabrazos y la mano en la barbilla. Frente a él, David Fillmore y Jonathan Baggins. Los dos hombres lo miraban fijamente. Sin hacer nada.
Un cien por ciento de nada es mucha nada. Mountaineer había llegado a esa conclusión dos semanas antes. Los había sacado de prisión por un tecnicismo legal, pero el caso estaba perdido. El único movimiento válido era no hacer nada y esperar que la fiscalía no hiciera nada.
—Te lo dije antes. Te lo digo ahora. No vamos a hacer nada. Nada de nada.
—No te pago por no hacer nada.
—Te recuerdo que el no hacer nada significó que estás libre.
—Traigo un brazalete de rastreo. No soy exactamente libre.
—Supongo que prefieres estar adentro, con Aquiles.
—Dioses, no.
—Entonces no te quejes.
Continuaron en silencio. Un desesperante silencio.
—Me voy de aquí —dijo Baggins, poniéndose de pie.
—No. Te vas a quedar —dijo Mountaineer.
—Es obvio que no va a venir.
—Y se vería muy bonito en tu trazado que te fueras mientras tu coacusado se queda con su abogado.
—Todo lo que digo es que César no va a venir.
—Me importa un carajo si César viene o no viene. Te vas a quedar aquí y ya.
La puerta se abrió. Un agitado hombre medio calvo y gordo entró y tomó asiento sin decir nada.
—Me siguen —dijo Dressing, al fin.
—Seguro que sí. ¿Qué esperabas? No puedo repetir milagros como el de hace cinco años.
Dressing bufó.
—No se suponía que eso pasara.
—Pero pasó —Mountaineer levantó la voz.
—¡Haz algo!
—NO VAMOS A HACER NADA —tronó Mountaineer—. Ustedes, trío de imbéciles, eligieron a quien no debían de socio para un negocio arriesgado e ilegal, y sabían que podían ser atrapados. Los atraparon, y están libres porque la fiscalía no hizo nada. Nada. Pero ahora su caso se complica, y todos ustedes tienen antecedentes. Si creen que mover las aguas los va a ayudar, están que brillan de pendejos con la fuerza de un millón de supernovas. No. Vamos. A. Hacer. Nada. Sólo necesitan quedarse quietos y ser buenos ciudadanos durante dos semanas más. Dos. Putas. Semanas. Entonces les quitarán los brazaletes y podrán escurrirse como los cerdos grasosos que son. Mientras tanto, NO. HARÁN. NADA. Non faranno nulla. Hai capito?
Los tres hombres se quedaron en su lugar, con odio y desesperación en la mirada.
—Sí —dijo, finalmente, Fillmore.
Mountaneer se puso de pie y fue a la pequeña cantina que tenía en el librero. Sirvió cuatro whiskys con soda y los puso en el escritorio. Tomó uno y bebió un largo trago. Los otros tres hombres hicieron lo mismo.
—Ahora quiero que entiendan por qué no vamos a hacer nada.

 

—¿Sabes lo que me estás pidiendo?
—Sí.
—No. ¿De verdad sabes lo que me estás pidiendo?
—Sí. Sólo te pido que no hagas nada.
—Tengo en esa misma celda a dos bestias. A una la condenaron a quince años. Lleva siete, y no se ha corregido. No lo hará. La otra acaba de entrar, y es más sádico aún. No sabes lo que me pides.
—Créeme —insistió Juan—, lo sé muy bien.
—Si este cabrón sale lo primero que hará es buscar a su hija, y esta vez no va a detenerse por algo tan sencillo como un puño. Ese cabrón está loco.
—¿Alguna vez has visto lo que hacemos allá, en mi sección?
Juan se paró junto a la ventana de la oficina. Se aseguró de que la puerta estuviera cerrada, pero abrió un poco la persiana. Que se viera el interior.
—Nosotros somos los que seguimos a esta escoria. Somos los que nos aseguramos de que hagan el menor daño posible. Pero a veces no podemos evitar que lo hagan. A veces, para evitar que sigan haciendo daño, debemos dejarlos libres y entonces cazarlos.
—Ley fuga, ¿eh? No sabes lo que me estás pidiendo.
—No tienes qué hacer nada fuera de lo normal. Eso es la belleza de este caso. Sólo tienes que archivar todo. Con un código ligeramente equivocado. A cualquiera se le va un dígito. Y en mi sección encontraremos el error, agregaremos el dígito, y lo corregiremos, un poco tarde, pero lo corregiremos, y entonces esa bestia irá a donde pertenece y no va a regresar.
—¿Y por qué estás tan seguro, eh?
—Porque hace cinco años, cuatro meses y dos días que estoy persiguiéndolo. Porque ya tengo el plan perfecto para atraparlo. Porque sé qué movimientos va a hacer. Porque lo tenemos todo trazado hasta el último centímetro del circuito de acuerdo al plano general que tenemos en mi sección, y porque lo único que necesitamos para ganar es que los hombres buenos no hagan nada para detener a los malos. Así de simple.
—No. La decisión está tomada. No.
—Está bien. En tu conciencia pesará, no en la mía.
Tocaron en la puerta de cristal. Juan abrió.
—Capitán, lo buscan de la fiscalía.
—Te dejo trabajar. De cualquier modo —consultó su reloj— ya es muy tarde.
Salió bajo la mirada de Ruy, quien tecleaba su contraseña para bloquear su terminal.  No se dio cuenta, pero en ese momento el sistema solicitaba su código para actualizar el software…
…sin guardar los archivos en los que estaba trabajando. Un error que hubiera cometido cualquiera.

 

 

Día de muertos (34)

2 de febrero.

—A ver si entendí bien —dijo el juez de instrucción, exasperado—, ¿usted, abogado, me dice que no tiene preparado el caso porque la fiscalía no le ha notificado la acusación?
—Así es, señor juez.
—Y usted, señor fiscal, ¿me dice que no ha preparado el caso porque no ha sido ratificado por la parte actora?
—En pocas palabras, sí, señor juez.
—Puedo comprender que el abogado de la defensa no haya preparado el caso. De hecho, le concederé tiempo adicional para prepararse adecuadamente. Pero de la fiscalía no lo comprendo.
—Tecnologías de la Información me informó que, por un error en el sistema, varios casos no fueron notificados a mi oficina, señor juez. Es un error que tratamos de corregir en cuanto supimos, pero este caso en particular se empantanó muy pronto —dijo Juan Destino—. Ya despaché a un grupo de investigadores para destrabar el caso.
El juez de instrucción se quitó los anteojos de la nariz y los limpió. Sentía que un dolor de cabeza llegaría pronto.
—¿Cuánto tiempo necesita para preparar el caso?
—Tres meses, señor juez.
—¿Qué tiene que decir, abogado?
—Señor juez, es evidente que la fiscalía está actuando con dolo en este caso. Cualquier persona le dirá que sólo entorpecen la investigación porque no encuentran indicios contra mis defendidos.
—Señor juez, el problema es que los acusados están involucrados en otro caso que considerábamos aparte, y hay serias irregularidades en un proceso de patria potestad.
—Explíquese.
—Si me permite, señor juez —dijo Rocco—, supongo que el caso se refiere a que dos de las hijas de mi cliente fueron sustraídas de la casa hogar en que se encontraban para ir a vivir con su hermana, quien está viviendo con el demandante del caso que nos atañe. Quien autorizó esa transferencia fue la hija del compañero de celda de mi defendido.
—¿En qué quedamos, abogado? ¿Conocía el caso o no?
—Acabo de atar cabos, señor juez. Ese es un caso que estoy llevando pro bono.
—Muy bien. Le otorgo a la fiscalía un plazo de cuatro semanas para desenmarañar este caso. Si no logran armar un caso mínimamente coherente para entonces, los defendidos quedarán en libertad sin posibilidad de apelación. En cuanto a su caso, abogado, si en dos semanas me puede probar que los casos son completamente independientes, dejaré a sus defendidos en libertad provisional con las reservas de ley. Y ni una palabra más. Fuera.
Cuando los dos hombres salieron, el juez hizo una seña a su secretario. Sacó del cajón del escritorio un frasco con analgésicos. Tomó dos y se quedó con un tercero entre los dedos.
—¿Qué sigue?
—No me lo va a creer, señor juez. Los siguientes cuatro casos son con los mismos caballeros que acaban de salir.
El juez se talló el puente de la nariz con los dedos y se tomó la tercera pastilla.
—A este paso no vamos a avanzar nada.

17 de febrero.

—¿Completamente seguros, señorita Nutt?
Dexter miraba los prototipos. Con trece metros cuadrados de espacio habitable, no era mucho más grande que una celda, pero definitivamente era mucho mas agradable. Las dimensiones eran suficientes como para que cuatro niños o dos adultos habitaran ahí. Un pequeño cuarto de baño con ducha de plato era lo único que tenían en común los diseños. Un área de trabajo, y dos pares de literas para los niños; Dos escritorios, cama en la parte superior, un pequeño armario, espacio de cocina, muebles multiusos para los adultos.
—No podemos estar más seguros. Es lo bastante agradable como para que yo quiera vivir ahí.
—¿Y el costo?
—La unidad se paga a los doce meses de construida, suponiendo  que el propietario sólo gane el salario mínimo y reserve sólo la quinta parte para pagar la unidad.
—¿Modularidad?
—Si lo colocamos con armadura de acero podemos hacer un edificio de departamentos usando la misma grúa de construcción.
—Muy bien, me gusta el proyecto. ¿Pueden hacer un par de prototipos a escala real, para probarlos?
—Justo íbamos a pedirle su autorización, señor —Hazel miró a Dexter. «Diga que sí. Diga que sí. Diga que sí» repetía en silencio.
Dexter escuchó algunos pasos detrás de él. Los reconoció como los de Esperanza. Se giró para verla. La joven señaló su terminal y movió la cabeza casi imperceptiblemente.
—Lo pensaré. Les daré la respuesta mañana. Quiero antes un reporte completo.
—Muy bien, señor —dijo Hazel, dócil.
Le costaba asimilar el fracaso, pero aún tenía esperanzas. Sabía tan bien como todos que la auditoría aún no terminaba y los fondos eran limitados, pero creía que ese proyecto revitalizaría la empresa. Vió cómo Esperanza y Dexter se alejaban. Ella parecía preocupada; se preguntó por qué.
—Ya escucharon al jefe. A trabajar.

 

—¿Estás segura?
Estaban en la oficina. El ventanal de concreto translúcido dejaba pasar apenas una mínima cantidad de luz. Era un día nublado de febrero y Dexter lo sabía.
—Sí. Erwin me lo confirmó.
—¿Y Russell?
—Viene para acá. Anna me mantiene informada.
—Llámale a Francisco.
—Ya lo sabe.
Se dejó caer en el sillón. Se llevó la mano aún en escayola a la boca. Estaba preocupado.
—¿Qué sugieres que hagamos?
—Nada —dijo una voz femenina—. Un cien por ciento de nada mientras no tengas todos los datos.
—Ixchel.
—Dexter. Es tiempo de retirar tu escayola. Y respecto a tu caso, no te preocupes. El secreto siempre es no hacer nada. Las cosas se resolverán por su propio medio.
Esperanza la miró a los ojos.
—Créeme, bonita. Una puntada a tiempo ahorra un remiendo, pero nunca dejes para ayer lo que puedes hacer mañana.
—Es un error capital el teorizar antes de poseer datos. Insensiblemente, uno comienza a deformar los hechos para hacerlos encajar en las teorías en lugar de encajar las teorías en los hechos. Tienes razón. Sherlock Holmes tenía razón y era un personaje de ficción.
—Así es. Ahora, si me permites, quieta esa mano. Esto te va a doler más a ti que a mí.
—No habíamos agendado una cita hoy.
—Es cierto. No agendaste nada. ¿Pensaste que la escayola iba a ser permanente, o qué?
—Estoy tan acostumbrado a ella que la olvidé.
—Tiene sentido, creo. En otros asuntos, has hecho un buen trabajo, querida. Este hombre se ve sano en todos los sentidos. Y tú has crecido. Necesito revisar a tus hermanas, por cierto. ¿Ya se acostumbraron a su nueva vida?
—Les ha tomado un poco de trabajo —dijo Esperanza—. Pero sí.
—¿Y sus cicatrices?
Esperanza se llevó la mano a la cara, inconscientemente.
—Sanaron bien.
—Quizá podamos removerlas. Si quieren. O disfrazarlas. Mira.
Se levantó un poco la blusa. Un tatuaje colorido de una mujer y un conejo disimulaba una cicatriz en forma de media luna.
—Es Ixchel, la diosa maya del amor, de la gestación, de los trabajos textiles, de la luna y la medicina. Básicamente soy yo.
—No creo que haga falta.
—Quizá. Pero siempre es bueno tener opciones. Un plan B. Quieto, te digo.
—Para ser la diosa de la medicina haces que duela mucho.
—Una de mis manifestaciones es la de una vieja que riega los cántaros de la cólera por el mundo. Ahora quédate quieto si no quieres que me enoje.
Empleó la presión justa en las pinzas para separar el plástico con lentitud. Cortó así todas y cada una de las tiras que daban forma a la escayola.
—Ahora cierra los dedos de la mano lo más que puedas.
Se escuchó un chasquido.
—Ow.
—Es normal. Un tendón demasiado rígido. Necesitas hacer un plan de ejercicios para restaurar la movilidad en esa mano. Al menos has estado haciendo ejercicio. Si no fuera porque está tu chica aquí te sabroseaba con la mirada.
Esperanza frunció el ceño.
—Tranquila, gatita. Es todo tuyo. Pero deberás estar atenta. Todo este mes, por lo menos.
Le tocó el hombro a Dexter.
—No vayas a cometer el error de entrenar box en este momento. Aún así, temo a quien se atreva a ponerse delante de este puño. Cuídalo, gatita. Que siga este plan de ejercicios. Este es para tí. Y este para tus hermanas. Ah, y haz una cita para que las pueda ver la próxima semana. Supongo que están muy mejoradas. Ojalá pronto podamos hacer lo mismo por los demás chicos.
Le dio un beso en la mejilla a Dexter.
—Juan te manda saludar. El beso es mío. Nos vemos.
Se alejó ante la mirada fulminante de Esperanza. Dexter la miró de reojo.
—¿Celos? Vaya. Lo que hay que ver.